La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
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La propuesta del abuelo.
Dana sujetó las manos de Estefanía con fuerza.
Sus ojos reflejaban auténtica preocupación.
—Señora… eso es muy grave.
Estefanía soltó una pequeña sonrisa cansada.
—Ya lo sé.
Dana bajó aún más la voz, mirando alrededor como si alguien pudiera escuchar.
—Pero usted es reconocida por los Rosales.
Estefanía negó lentamente.
Y el rostro de Dana cambió por completo.
La mujer se llevó una mano a la boca, verdaderamente sorprendida.
—¿Qué…? Entonces… ¿cómo terminó casándose con el señor Alexander?
La pregunta hizo que Estefanía bajara la mirada unos segundos.
Ni ella misma entendía cómo había terminado ahí.
En una mansión enorme.
Casada con un hombre poderoso.
Durmiendo en una habitación donde cada cosa costaba más de lo que ella había tenido en toda su vida.
Suspiró suavemente.
—No lo sé… solo pasó.
Dana seguía observándola impactada.
—Pero esto puede traerle problemas muy grandes.
Estefanía soltó una pequeña risa sin humor.
—Yo no lo sabía, solo acepté.
Aquellas palabras hicieron que Dana sintiera un pequeño nudo en el pecho.
Porque la muchacha frente a ella no parecía una joven rica.
No actuaba como una.
No hablaba como una.
Ni siquiera sabía recibir ayuda.
Parecía más una niña intentando sobrevivir donde claramente no pertenecía.
—Solo será por un año —continuó Estefanía intentando sonar tranquila—. Después de eso seré libre.
Libre.
La palabra sonó extraña incluso para ella.
Porque nunca había sido realmente libre.
Ni en el convento.
Ni ahora.
Dana la observó con pena.
Quiso decir algo más.
Pero Estefanía ya estaba acomodándose la mochila sobre el hombro.
—Ya me tengo que ir.
Dana asintió lentamente.
La acompañó hasta la entrada mientras seguía pensando en todo lo que acababa de escuchar.
Cuando llegaron a la puerta principal, Estefanía se asomó primero asegurándose de que no hubiera nadie afuera.
Ni chóferes.
Ni empleados de los Rosales.
Ni la esposa de su padre.
Nada.
Entonces salió corriendo.
Literalmente.
Dana se quedó mirando cómo la joven atravesaba la enorme entrada de la mansión hasta llegar al portón principal.
Y cuando finalmente alcanzó la carretera, comenzó a caminar mirando todo a su alrededor con curiosidad.
Como si todavía siguiera sorprendida de poder hacerlo.
Dana suspiró profundamente.
Aquella niña no tenía idea de la clase de familia en la que acababa de entrar.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Alexander llegaba a la empresa junto a José.
El edificio de cristal reflejaba el cielo gris de la mañana.
Normalmente aquello le transmitía control.
Poder.
Pero últimamente solo le provocaba cansancio.
Apenas entró al lobby notó las miradas.
Los empleados bajaban la vista demasiado rápido.
Los ejecutivos susurraban.
El ambiente estaba tenso.
Y eso solo empeoró el humor de Alexander.
José caminó a su lado observando todo.
—Definitivamente algo pasa.
Alexander ni siquiera respondió.
Las puertas del elevador se abrieron y ambos subieron.
El silencio dentro fue incómodo.
Hasta José dejó de bromear al notar el rostro serio de su primo.
Cuando llegaron al último piso, la secretaria se puso de pie rápidamente.
—Señor Castellanos, el señor Gálvez lo está esperando desde hace veinte minutos.
Alexander ni siquiera redujo el paso.
Entró directamente a su oficina.
Y ahí estaba uno de sus principales socios sentado frente al escritorio.
El hombre ni siquiera sonrió.
Eso ya era mala señal.
Alexander dejó el portafolio sobre la mesa.
—¿Qué ocurre?
El sujeto se puso de pie lentamente.
—Retiraré mi porcentaje de inversión.
El silencio cayó pesado dentro de la oficina.
José, que acababa de entrar detrás de Alexander, dejó de moverse.
Alexander sostuvo la mirada del hombre sin cambiar la expresión.
—¿Perdón?
—Ahora puedo hacerlo sin pérdidas grandes. Cuando la empresa caiga… ya no habrá nada que recuperar.
Las palabras fueron directas.
Crueles.
Alexander sintió cómo la mandíbula se le tensaba.
—La empresa no va a caer.
El hombre soltó una risa seca.
—Eso no dicen las cifras.
Alexander avanzó lentamente apoyándose en el bastón.
Y aunque caminaba más despacio que antes del accidente, seguía teniendo una presencia capaz de intimidar a cualquiera.
—Nadie está obligado a quedarse.
La voz le salió fría.
Peligrosa.
—Si quiere irse… váyase.
El socio sostuvo su mirada unos segundos más.
Luego tomó los documentos del escritorio.
—Buena suerte, Castellanos.
Y salió de la oficina.
El silencio que quedó después fue peor.
José soltó el aire lentamente.
—Bueno… eso fue una mierda.
Alexander pasó una mano por su rostro cansado.
No había dormido bien.
La pierna le dolía desde temprano.
Y ahora otro inversionista acababa de retirarse.
José se acercó.
—¿Cuántos más piensan irse?
Alexander no respondió.
Porque la realidad era simple.
Demasiados.
Las cifras empeoraban cada día.
Y aunque seguía teniendo dinero para lo fundamental el problema era otro.
La confianza.
Los socios ya no creían en él y ni en la empresa, y para sostenerla se necesita de socios.
La puerta volvió a abrirse.
Pero esta vez ambos se pusieron serios inmediatamente.
El abuelo de Alexander entró acompañado de uno de sus asistentes.
Elegante.
Impecable.
Intimidante incluso a su edad.
José enderezó la postura automáticamente.
—Abuelo.
El hombre ni siquiera lo miró.
Sus ojos fueron directamente hacia Alexander.
—José, déjanos solos.
José observó a su primo unos segundos.
Luego asintió y salió cerrando la puerta.
El silencio volvió.
Alexander caminó lentamente alrededor de la oficina mientras su abuelo permanecía quieto observándolo.
Como si estuviera evaluándolo.
Midiéndolo.
Esperando el momento exacto para atacar.
—Supe que tu empresa no avanza.
Alexander soltó una risa amarga.
—¿Viniste solo para repetir lo obvio?
El abuelo ignoró el comentario.
Caminó hasta los enormes ventanales detrás del escritorio.
Miró la ciudad unos segundos antes de hablar.
—Puedo ayudarte.
Alexander levantó lentamente la vista.
Y ahí estaba otra vez.
El mismo tono.
El mismo control.
Las mismas cadenas disfrazadas de ayuda.
—No necesito caridad.
—No es caridad. Es una solución, tengo socios que te ayudarán a levantar la empresa.
Alexander apretó el bastón con fuerza.
Porque conocía perfectamente a su abuelo.
Nada de lo que hacía era gratis.
Nunca y ya estaba arto de que cada que el abuelo quisiera moviera los hilos para mover a todo el mundo.
—¿Qué quieres ahora?
El hombre finalmente giró hacia él.
—Divórciate.
Alexander lo miró sin expresión.
—¿Qué?
—Divórciate de Estefanía y cásate con Victoria.
El silencio que siguió fue brutal.
Alexander sintió algo oscuro subirle por el pecho.
Molestia.
Ira.
Cansancio.
—¿Crees que puedes hacerme cambiar de esposa a cada rato?
— Esto nunca fue un matrimonio real.
—Lo sé.
—Entonces no debería importarte, no te entiendo.
Alexander sostuvo la mirada de su abuelo largamente.
—Victoria encaja contigo —continuó el anciano—. Educación, imagen, clase, experiencia. Una mujer que puede darte estabilidad en la empresa y limpiar el apellido Castellanos, pueden unir ambas empresas, es la hija favorita de los Rosales.
Alexander soltó una risa seca.
—¿Y Estefanía qué es entonces?
—Una adolecente que estará feliz de quedar libre. Todo sin que salga a la luz, Estefanía se va lejos y Victoria toma posición en tu casa.
La respuesta salió inmediata, como si hablara de un trapo que deshechas y remplazas.
Pero Alexander recordó una cosa.
“En algunas familias… aunque tengas la misma sangre… nunca perteneces realmente.”
Alexander bajó lentamente la mirada.
El abuelo dio un paso más hacia él.
Alexander levantó nuevamente los ojos. Y respondió serio.
—No me divorciaré de ella.