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El Latido De Tus Silencios.

El Latido De Tus Silencios.

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Malentendidos / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.

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El jardín de los sentidos.

El lunes amaneció radiante. Diego lo supo en cuanto abrió la ventana de su habitación y sintió el sol acariciándole la cara con esa calidez ligera que solo tienen las mañanas de primavera. Los pájaros cantaban en el patio interior del edificio, y el aire traía un olor a tierra húmeda que indicaba que los jardineros habían regado los parterres a primera hora. Un día perfecto para un jardín botánico.

Elena lo encontró en la cocina, preparando café con la cafetera italiana que manejaba con soltura. Max dormitaba en su rincón, ajeno a la revolución emocional de su dueño.

—¿A qué hora has quedado con ella? —preguntó Elena, sirviéndose un vaso de zumo.

—A las once. ¿Cómo sabes que he quedado?

—Porque llevas canturreando desde que te has levantado, y tú nunca canturreas. Además, te has afeitado dos veces. Te he oído pasar la maquinilla, luego un rato de silencio, y luego otra vez la maquinilla.

—No me he afeitado dos veces —protestó Diego—. Me he repasado. Que es distinto.

—Claro. Lo que tú digas. —Elena dio un sorbo a su zumo y Diego notó que sonreía—. Me alegro por ti, enano. De verdad. Hacía mucho que no te veía así.

—¿Así cómo?

—Feliz. Ilusionado. Con ganas de algo.

Diego asintió en silencio. Su hermana tenía razón. Hacía años que no se despertaba con esa energía burbujeante en el estómago, esa impaciencia por que llegara la hora de salir de casa. Su vida se había acomodado en una rutina confortable pero plana: el conservatorio, el café, los paseos con Max, alguna cena con amigos. Y aunque no se quejaba —tenía claro que otras personas en su situación lo pasaban mucho peor—, le faltaba ese plus de emoción, ese horizonte hacia el que caminar.

Ahora, de repente, el horizonte tenía nombre de mujer y olía a jazmín.

—¿Vas a contarme cómo es, o es un secreto de estado? —insistió Elena.

—Es ilustradora. Tiene veintidós años. Trabaja en una floristería. Dibuja a la gente sin que se den cuenta. Y...

—¿Y?

—Y me trata como si mi ceguera fuera lo menos importante de mí. Como si fuera un detalle más, el color de mi pelo o mi forma de andar. No sé explicarlo.

Elena dejó el vaso sobre la encimera y se acercó a su hermano. Le puso una mano en el hombro y la apretó con cariño.

—Pues menuda joya. No la dejes escapar.

—Eso intento.

Diego se vistió con esmero, eligiendo una camiseta de algodón y unos pantalones cómodos que, según Elena, combinaban bien con sus zapatillas azules. Metió en la mochila una botella de agua, el arnés de Max y una bolsita con premios para el perro. Y antes de salir, se pasó la mano por el pelo para asegurarse de que estaba en su sitio.

—Estás perfecto —le aseguró su hermana desde la puerta—. Ahora vete, que vas a llegar tarde.

El jardín botánico quedaba a unos veinte minutos en autobús. Diego y Max hicieron el trayecto con la eficiencia de costumbre, y cuando llegaron a la parada correspondiente, el perfume de Alicia le indicó que ella ya estaba allí, esperándole.

—Has llegado antes —dijo él a modo de saludo.

—Quería darte los buenos días en persona. ¿Has dormido bien?

—Como un tronco. ¿Y tú?

—He soñado con un pianista que tocaba en medio de un bosque —dijo Alicia, y su voz tenía ese deje juguetón que Diego empezaba a adorar—. Creo que le voy pillando el truco a esto de tener un músico en la cabeza.

Entraron juntos al jardín. Alicia pagó las entradas y guio a Diego hacia el interior, donde el bullicio de la ciudad se fue apagando gradualmente, sustituido por el canto de los pájaros y el susurro de las hojas mecidas por el viento. Max caminaba con el paso relajado de quien sabe que no está trabajando, olisqueando el suelo con curiosidad y moviendo la cola como un metrónomo desbocado.

—Vamos a ir primero al jardín de las aromáticas —anunció Alicia—. He leído que tienen más de cincuenta especies distintas. Podemos tocarlas y olerlas sin problema.

El jardín de las aromáticas era un espacio delimitado por setos bajos, con parterres elevados a la altura de las manos para que los visitantes pudieran acercarse a las plantas sin agacharse. Alicia le describió el lugar antes de que llegaran: los macizos de lavanda formando ondas moradas, los romeros arbustivos con sus flores azules diminutas, los tomillos rastreros que se desbordaban sobre los bordes de piedra.

Pero la descripción visual era solo el aperitivo. Lo que realmente importaba empezó cuando Alicia tomó la mano de Diego y la guio hacia la primera planta.

—Esto es hierbabuena —dijo, rozando sus dedos contra las hojas dentadas—. ¿La hueles?

Diego aspiró profundamente. El aroma fresco, intenso y ligeramente picante le llenó los pulmones. Era un olor que le recordaba a los veranos de su infancia, cuando su abuela preparaba té moruno en la terraza.

—Me encanta —dijo—. ¿Qué más hay?

—Aquí tienes salvia. Toca las hojas, son aterciopeladas.

Diego obedeció. Eran suaves como la piel de un melocotón, con una textura ligeramente rugosa en el envés. El aroma era más complejo que el de la hierbabuena, terroso y alcanforado.

—Y esto es lavanda —Alicia cogió un tallo y lo acercó a la nariz de Diego—. Es mi favorita. Me recuerda a los armarios de mi abuela, que siempre ponía saquitos de lavanda entre la ropa.

Pasaron así un buen rato, recorriendo el jardín planta por planta. Romero, tomillo, orégano, melisa, manzanilla, menta piperita. Cada una con su textura, su olor, su personalidad. Alicia no se limitaba a nombrarlas: las describía, le contaba para qué se usaban, compartía anécdotas de su trabajo en la floristería. Y Diego la escuchaba embelesado, fascinado por la pasión con que hablaba de algo tan sencillo como una planta aromática.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —dijo Alicia en un momento dado, sentándose en un banco de piedra cercano.

—Dime.

—Que tú puedes disfrutar de este jardín igual que yo. No necesitas los ojos para oler la lavanda ni para tocar la salvia. Este sitio está hecho para todos los sentidos.

Diego asintió. Era cierto. El jardín botánico era uno de esos lugares donde su ceguera no suponía una limitación real, porque la experiencia sensorial no dependía exclusivamente de la vista. Y sin embargo, nunca antes se le había ocurrido visitarlo. Había asumido —erróneamente, como tantas otras veces— que un jardín era un sitio para personas que podían ver las flores.

—Gracias por traerme —dijo, y su voz sonó un poco ronca por la emoción—. Nunca había pensado en venir.

—Pues tendremos que repetir. Porque aún nos queda la sección de cactus, el invernadero tropical y el estanque de los nenúfares.

—¿Los cactus? ¿Esos no pinchan?

—Justo por eso son divertidos. Vamos, te enseño.

Lo condujo hasta una zona más soleada, donde el aire era más seco y el suelo de gravilla crujía bajo sus pies. Los cactus estaban plantados en grandes macetas de barro, y Alicia fue guiando la mano de Diego para que tocara las diferentes especies con cuidado.

—Este es un cactus barril. Es redondo y tiene las espinas curvas, como pequeños anzuelos. Y este otro es una chumbera, que da higos chumbos. Y este de aquí parece un cojín de alfileres.

Diego se rió al tocar este último, porque la descripción era de lo más acertada: una superficie mullida de la que sobresalían docenas de espinas diminutas y suaves.

—Me encanta tu forma de describir las cosas —dijo—. Haces que todo parezca divertido.

—Es que todo es divertido si sabes cómo mirarlo. O cómo tocarlo, en tu caso.

Siguieron caminando, pasando del soleado jardín de cactus al húmedo invernadero tropical, donde el aire era denso y cálido y olía a musgo y a flores exóticas. Alicia le habló de las orquídeas colgantes, de las bromelias que acumulaban agua en sus hojas, de las enredaderas que trepaban por las columnas de hierro. Y aunque Diego no podía ver los colores vibrantes que ella le describía, podía sentir la humedad en la piel, oler los perfumes embriagadores de las flores y escuchar el goteo constante del sistema de riego.

—Hay una mariposa —anunció Alicia de repente—. Azul. Se ha posado en una hoja enorme, justo delante de ti.

—Descríbemela.

—Es pequeña. Tiene las alas azules con los bordes negros y unos puntitos blancos. Las mueve muy despacio, como si estuviera respirando. Ahora ha echado a volar. Se está acercando a ti... Cuidado, que te va a rozar la mejilla.

Diego sintió un cosquilleo levísimo en el pómulo, tan sutil que bien podría haberlo imaginado. Pero el aleteo junto a su oído era inconfundible: la mariposa había pasado a escasos centímetros de su cara, y ahora se alejaba hacia el fondo del invernadero.

—Te ha dado un beso —dijo Alicia, riendo—. Las mariposas no besan a cualquiera. Debes de tener algo especial.

—O quizás huelo a flores después de tanto tocar plantas.

—No te quites mérito, hombre.

Salieron del invernadero y se dirigieron al estanque de los nenúfares. Alicia le contó que el agua era verde oscuro y que las hojas de los nenúfares flotaban como platos gigantes, algunos con flores rosas y blancas abiertas al sol. Había una fuente en el centro, y el sonido del agua al caer resultaba hipnótico, casi musical.

—Me recuerda a una pieza de Ravel —dijo Diego—. «Jeux d'eau». Juegos de agua.

—¿La has tocado alguna vez?

—Muchas. Es una de mis favoritas. El agua siempre me ha fascinado. Supongo que porque no necesito verla para sentirla.

—Pues algún día tienes que tocarla para mí. Aquí no hay piano, pero podemos improvisar.

—¿Improvisar cómo?

Alicia cogió unas piedrecitas del suelo del camino y las dejó caer sobre la superficie del estanque. Diego oyó el plinc, plinc, plinc de los impactos, cada uno con un tono ligeramente distinto dependiendo del tamaño de la piedra y de la fuerza con que golpeaba el agua.

—Música acuática —dijo ella—. A ver, ahora tú.

Diego sonrió. Aquella chica era un torbellino de creatividad. Buscó a tientas una piedra y la lanzó, escuchando el sonido con atención de músico. Luego otra, y otra más, creando un ritmo improvisado que arrancó una carcajada a Alicia.

—Esto es una tontería —dijo él.

—Las tonterías son lo mejor de la vida. Lo demás es relleno.

Pasaron la tarde entera en el jardín. Comieron unos sándwiches que Alicia había preparado —de pavo y queso, envueltos en papel de aluminio— y compartieron una botella de agua. Max recibió su ración de premios y se echó una siesta a la sombra de un árbol, agotado por tantas emociones botánicas.

Cuando el sol empezó a declinar y el jardín anunció su cierre por megafonía, Diego se dio cuenta de que no quería que el día terminara. Había sido una tarde perfecta, de esas que se guardan en la memoria como un tesoro. Y Alicia, con su entusiasmo contagioso y su naturalidad desarmante, se había colado en su corazón un poco más.

—¿Te apetece que te invite a cenar? —preguntó él, armándose de valor—. No, espera, reformulo la pregunta. Me apetece invitarte a cenar. ¿Quieres?

Alicia se rió.

—Claro que quiero. Pero con una condición: que no sea un restaurante caro. Prefiero un sitio tranquilo donde podamos hablar sin que nos miren raro.

—Conozco un italiano pequeñito cerca de mi casa. Hacen una pizza increíble y la dueña es amiga de mi hermana. ¿Te parece bien?

—Me parece perfecto.

El restaurante italiano se llamaba «Da Roberto» y olía a albahaca, a orégano y a masa de pan horneada. Diego era cliente habitual, así que en cuanto entraron, la dueña —una mujer napolitana llamada Francesca— les guio hasta una mesa apartada junto a la ventana y les prometió una cena memorable.

—Normalmente no vienes acompañado —le susurró a Diego en italiano, pensando quizás que Alicia no la entendía—. La ragazza è speciale?

—Molto speciale —respondió Diego en el mismo idioma, y Alicia soltó una carcajada.

—Que sepas que he pillado lo de «muy especial» —dijo—. He estudiado italiano en el instituto.

—Lo siento, no era mi intención...

—No te disculpes. Me ha gustado.

La cena fue tan perfecta como la tarde. Pizza margarita para ella, cuatro quesos para él. Vino tinto para los dos. Y una conversación que fue derivando desde lo lúdico hacia lo personal, como un río que poco a poco se adentra en aguas más profundas.

Alicia le habló de su madre, Clara, una mujer viuda que trabajaba como administrativa en un hospital y que, según sus palabras, era «una mezcla explosiva de sobreprotección y sentido práctico». Le contó que su madre nunca había entendido del todo su vocación artística, que preferiría verla trabajando en algo estable, y que su relación había sido tensa desde que Alicia decidió estudiar Bellas Artes en lugar de Derecho.

—Pero me quiere —dijo Alicia—. A su manera. Solo que su manera a veces es un poco asfixiante.

—Mi hermana también es muy protectora —confesó Diego—. Pero en mi caso lo entiendo. Cuando perdí la vista, Elena se convirtió en mi ángel de la guarda. Yo tenía quince años y ella diecinueve, y de repente se encontró con un hermano adolescente, ciego y aterrorizado. No sé cómo lo habría superado sin ella.

—¿Cómo fue? —preguntó Alicia con delicadeza—. Perder la vista, digo. Si no te importa hablar de ello.

Diego meditó la respuesta. No era un tema que le gustara abordar, pero con Alicia se sentía extrañamente seguro. Como si supiera que ella no iba a compadecerle ni a hacer preguntas estúpidas.

—Fue progresivo. Al principio solo veía borroso por la noche, o en sitios con poca luz. Los médicos tardaron en diagnosticar la retinosis. Y cuando lo hicieron, me dijeron que no tenía cura, que iría perdiendo visión hasta quedarme completamente ciego. Pasé dos años viendo cómo el mundo se apagaba poco a poco. Fue... angustioso.

—Me lo imagino.

—Pero luego, cuando ya no quedó nada, encontré una extraña paz. Ya no tenía que preocuparme por lo que perdía, porque ya lo había perdido todo. Solo me quedaba adaptarme. Y la música me ayudó muchísimo. El piano fue mi tabla de salvación.

Alicia alargó la mano por encima de la mesa y rozó los nudillos de Diego con las yemas de los dedos. Un gesto mínimo, casi tímido, pero cargado de significado.

—Eres muy fuerte —dijo—. No sé si yo habría sido capaz de superarlo.

—Todo el mundo es capaz de superar lo que le toca. Es cuestión de no tener otra opción.

—Aun así. Me alegro mucho de haber entrado en aquel café el día que llovía. Y me alegro mucho de que me derramaras el chocolate encima. Fue el accidente más afortunado de mi vida.

—El mío también.

Salieron del restaurante pasadas las diez, con el estómago lleno y el corazón igual. La noche era templada y el cielo —le informó Alicia— estaba despejado y lleno de estrellas. Diego no podía verlas, pero podía oler el jazmín de las jardineras cercanas, y sentir el brazo de Alicia entrelazado con el suyo, y escuchar el tintineo de su risa cuando Max se empeñó en perseguir una hoja que el viento arrastraba por la acera.

—¿Me escribirás cuando llegues a casa? —preguntó ella en la parada del autobús—. O bueno, me enviarás un mensaje de voz, que para el caso es lo mismo.

—Te lo prometo.

—Y el miércoles... ¿nos vemos?

—El miércoles —confirmó Diego.

Esta vez, la despedida fue distinta. Hubo un momento de silencio tenso y dulce, una pausa cargada de electricidad. Y luego, sin previo aviso, Alicia se puso de puntillas y depositó un beso en la mejilla de Diego, justo en el pómulo que aquella mañana había rozado la mariposa azul.

—Buenas noches, pianista —susurró.

—Buenas noches, ilustradora —respondió él, con la voz un poco temblorosa.

El autobús se lo llevó, pero el roce de aquellos labios le duró en la piel mucho después de llegar a casa, mucho después de darle las buenas noches a Elena, mucho después de meterse en la cama con Max a los pies. Y antes de dormirse, Diego hizo algo que no hacía desde niño: sonreír en la oscuridad, con la certeza absoluta de que la vida podía ser hermosa incluso sin verla.

1
Yunior Rodríguez García
Megusto mucho esta novela👏
Maria luisa
Excelente trabajo.
Sara
Preciosa . Me gustó
Salma
preciosa🥰
Salma
Muy bonita novela
Salma
Muy linda novela👏
Loba
👏👏👏👏👏👏hermosa
Loba
muy bonita historia de amor.
Loba
Muy bonita historia 👏🥰
Sonia
Excelente 👌
Melody
Qué belleza de novela🥰
Jaly
Espectacular👏
Jaly
Excelente novela 👍👌
Betty
muy bien🥰
Betty
muy bonita la novela promete ser una buena
Liane
me gustó mucho la novela
Liane
super excelente ❤️
Virgo
Me gusta mucho la novela 🤩🤩🤩
Virgo
👏👏👏👏👏
Ceni
Me gustó mucho
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