Dinámica entre un Duque con doble personalidad (Alistair y Vane), el sanador dulce pero fuerte que lo cautiva
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El Velo de la Ternura
Tras la intensa noche donde descubrió la existencia de Vane, Julian despertó en sus aposentos con una extraña mezcla de inquietud y expectación. La frialdad de Cima Blanca ya no le parecía tan hostil; la calidez de Alistair y la pasión feroz de Vane habían dejado un rastro de fuego indeleble en su alma.
Al atardecer, Alistair envió por él. Esta vez no se citaron en el invernadero ni en la biblioteca, sino en el mirador privado de las torres más altas del palacio, un refugio acristalado que dominaba los picos helados del reino под un cielo teñido de violeta y azul profundo.
Cuando Julian entró, encontró a Alistair vistiendo túnicas sencillas de seda gris. Frente a él había una pequeña mesa de té preparado con hierbas aromáticas del sur y pequeños pasteles de miel.
—Julian... —Alistair se puso en pie de inmediato. Su rostro, habitualmente sereno, mostraba un leve rubor de timidez—. Gracias por venir. Temía que después de lo ocurrido la noche anterior prefirieras guardar distancia.
Julian sonrió con dulzura, caminando a paso lento hacia el Duque. Se quitó la capa pesada y dejó que Alistair la tomara para acomodarla en una silla.
—Le dije que comprendía, Alistair. Y no mentía —dijo Julian suavemente, buscando los ojos grises del noble—. Él es parte de ti. No te temo a ti, ni a él.
Las palabras del chico parecieron quitarle un peso enorme de encima a Alistair. Con una devoción casi reverente, tomó la mano de Julian y se la llevó a los labios, depositando un beso tierno en los nudillos, prolongándolo un segundo más de lo dictado por la cortesía.
—Eres un regalo inesperado en este desierto helado, Julian —murmuró Alistair. Sus dedos acariciaron el dorso de la mano del sanador antes de indicarle que se sentara a su lado en el amplio diván junto al ventanal.
Pasaron las horas conversando. Alistair le habló de su infancia, de cómo la estricta etiqueta de la corte y las expectativas militares lo ahogaban hasta que la botánica y el arte se convirtieron en sus únicos refugios. A su vez, Julian le contó sobre la vida en la aldea fronteriza, sobre la sencillez de los campos y las canciones que su madre le cantaba antes de que la guerra destruyera su hogar.
Con cada confesión, la barrera entre la aristocracia y la plebe se desvanecía por completo. Alistair se inclinaba cada vez más hacia Julian, hasta que sus hombros quedaron unidos.
—A veces... desearía no ser el Gran Duque —confesó Alistair en un susurro, mirando los copos de nieve flotar al otro lado del cristal—. Desearía ser solo un hombre común, capaz de llevarte a una casa cerca del bosque, donde nadie nos juzgue, donde solo existamos tú y yo.
—No necesitas dejar de ser Duque para tener esto, Alistair —respondió Julian con el corazón encogido de emoción.
Alistair giró el rostro. La distancia entre sus bocas se redujo a milímetros. El aliento cálido del noble rozó los labios de Julian. Con infinita suavidad, Alistair acunó el rostro de Julian entre sus manos largas y aristocráticas. Fue un beso lento, cargado de una ternura pura y poética que hizo temblar a Julian hasta la médula. No había la prisa voraz de Vane, pero sí una profundidad emocional que prometía amor eterno.
Julian dejó escapar un suspiro contra los labios de Alistair, respondiendo al beso, enredando sus dedos en el cabello plateado del Duque. Alistair se inclinó más, recostando delicadamente a Julian en el diván, continuando el beso mientras sus manos acariciaban con adoración el contorno de sus caderas.
Sin embargo, en medio del dulce intercambio, el flujo de la magia en el pecho de Alistair dio un latido violento. La cicatriz negra bajo su camisa brilló con un destello dorado tenue.
Alistair se separó de golpe, jadeando, con los ojos volviéndose momentáneamente felinos antes de recuperar el gris.
—Él... él quiere salir —dijo Alistair con voz entrecortada, apretando los puños sobre el tapiz del diván—. Vane siente la proximidad y quiere tomar el control... Pero prometí respetarte, Julian. No quiero obligarte a nada.
Julian tomó aire, sintiendo la piel de su cuerpo arder por el deseo contenido. Miró a Alistair con ojos húmedos y carmesíes por la excitación.
—Tal vez... no me estaría obligando —susurró Julian con valentía, rozando el cuello del Duque.
Alistair cerró los ojos, luchando contundentemente contra la transición, sabiendo que si dejaba ir el control esa noche, la posesividad de Vane arrasaría con la delicadeza que acababan de construir.
—Aún no, mi pequeño sanador... —susurró Alistair, besándole la frente con devoción contenido—. Quiero que estés seguro. Quiero que desees a ambos por igual antes de entregarte del todo.
En otra parte de la fortaleza, la tensión se respiraba de manera distinta. En los pasillos subterráneos de la armería, Lady Evelyn se encontró de frente con Marek. El hechicero rebelde la sujetó del brazo y la arrastró detrás de unos tapices antiguos.
—Suéltame, Marek —siseó Evelyn, aunque no hizo ningún esfuerzo real por liberarse.
—Hay conspiraciones en marcha, Evelyn —dijo Marek con tono serio, acorralándola contra la piedra fría—. El consejo real planea envenenar al sanador de tu hermano para forzar una alianza con las Casas del Este.
Evelyn palideció. Sabía lo estricto que era el consejo, pero atentar contra el sanador de Alistair era cruzar una línea suicida.
—Si el sanador muere... Alistair perderá el control de su magia de sangre. Vane tomará el cuerpo permanentemente y masacrará a la corte —murmuró ella con horror.
—Exacto —Marek se acercó a su rostro, rozando sus labios con una sonrisa sombría—. Así que tenemos que decidir, mi fría dama: ¿ayudamos al chico o dejamos que este reino de víboras se consuma en su propio fuego?
—Ayudaremos al chico —decidió Evelyn, sujetando el jubón de Marek y tirando de él para besarlo con desesperación—. Pero si caemos, te juro que te arrastraré al infierno conmigo, hechicero.
—Será un placer arder a tu lado, milady —respondió Marek antes de profundizar el beso en la penumbra.
es mentira