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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:590
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Cap 12: Junta de padres

El primo de Marisol era Mateo Landa.

Llegó con Baltazar, al que todos llamaban el Oso. Mateo miró primero a su prima y después a Lucero, que todavía me sujetaba el suéter.

—¿Me hiciste venir para esto?

—Ella se metió —dijo Marisol, señalándome.

—Pues qué bueno. Vámonos.

Marisol quiso explicarle lo de Sebastián. Mateo la interrumpió y le mostró el teléfono.

—Santiago lo vio desde arriba. Si quieres seguir, buscamos a un prefecto y lo cuentas delante de todos.

Ella miró hacia la azotea. Luego recogió su bolsa y se fue con sus amigas. Yo tardé en soltar el aire. Había esperado una pelea más grande; Mateo había hecho que a su prima le conveniera terminar la que ya había empezado.

El Oso me tendió la mochila que yo había dejado en el banco.

—La iba a pisar uno.

—Gracias.

Él asintió. Lucero no pudo decir nada hasta que llegamos al edificio. Allí empezó a llorar, enojada consigo misma, y tuve que recordarle que no había hecho nada para merecer aquello.

Dos días después, Santiago dejó su mochila en mi pupitre.

—Química. Para mañana.

La abrí, creyendo que quería prestarme un libro. Encontré una tarea sin empezar.

—¿Y yo por qué?

—Porque tú sí entiendes estas cosas.

—Tú también tienes maestro.

Sonrió y se fue antes de que pudiera devolverle la mochila. Me dieron ganas de dejarla ahí. Por la tarde abrí el libro de prepa y me quedé leyendo: había temas que recordaba apenas, otros que nunca había estudiado bien.

Terminé buscando la solución por curiosidad y por orgullo. Al día siguiente le entregué el ejercicio, pero le señalé dónde tenía que explicar el procedimiento.

—Si te preguntan y no sabes, se va a notar.

—Por eso te tengo a ti.

Le cerré el cuaderno sobre la mano antes de que lo guardara.

—Entonces lee.

Protestó, pero se sentó. Desde aquel día me trajo más tareas. Algunas las hice, otras lo obligué a resolverlas conmigo. Estudiar por adelantado me servía; regalarle mis noches no me gustaba tanto como él creía.

En el semestral volví a quedar primera. Esta vez no dejé errores a propósito. Rogelio quedó a pocos puntos y pasó un día entero fingiendo que no le importaba.

A la mañana siguiente dejó mi desayuno sobre la mesa.

—Sin leche —dijo—. Pregunté.

Lucero se lo había explicado cuando alguien repartió pastel en el salón. Me costó tocar la bolsa: no quería deberle agradecimiento a Rogelio por algo que había ganado estudiando.

Cumplió el mes completo. Yo le dije gracias el primer día, por la comida, y no por ninguna otra cosa.

La beca cubría las clases. El apoyo de material que llegó al cerrar el semestre pude apartarlo porque ya tenía los libros que me habían conseguido. Con una parte de mis ganancias de Praga completé lo necesario para reparar el techo del rancho.

Marta llevó el dinero y me trajo una lista de lo que había comprado el albañil. Mi abuela mandó decir que yo gastaba demasiado. Guardé el recibo, contenta de que esa vez su queja significara que tenía algo arreglado.

Después vino la junta de padres.

Genaro no pensaba ir hasta que Aurelio lo llamó desde la empresa para recordarle la fecha. Se puso su camisa buena y me preguntó dónde tenía que sentarse.

Beatriz lo felicitó por mis calificaciones. Él sonrió cuando Fabián Fuentes le dio la mano. Yo estaba junto a la ventana, ordenando material con otros representantes, y lo vi aceptar un orgullo para el que casi no había hecho nada.

La maestra esperó a terminar los avisos generales antes de volver hacia él.

—Señor Serrano, necesito hablar también del material de Daniela. Me comenta que recibe trescientos pesos al mes para todos sus gastos.

Genaro miró hacia donde yo estaba.

—Lo que podemos darle.

—Está caminando más de una hora para venir y le faltan útiles. Usa libros prestados. Necesitamos acordar cómo va a cubrir lo que sigue.

Un padre se apartó para dejarlos hablar, pero los demás oían. Fabián dejó de sonreír. Aurelio preguntó si podían empezar por facilitar el transporte.

Mi papá dijo que lo vería. Beatriz sacó una hoja y anotó lo que faltaba, hasta que aquella promesa tuvo cosas concretas junto a ella: cuadernos, diccionario, pasajes.

Yo había querido que alguien le preguntara por el dinero. Al verlo buscar una explicación delante de sus jefes, me dio miedo volver con él a casa.

Beatriz debió notarlo. Antes de irnos me pidió que pasara a verla al día siguiente, y se lo repitió a Genaro como si fuera un asunto de clase.

Entrando el invierno empezaron los rumores de recortes en la planta.

Lucero me contó lo que había oído a su papá: un pedido había salido mal, varias personas estaban intentando pasarse la responsabilidad y Genaro aparecía entre los puestos que podían desaparecer.

—Dicen que empezó en la oficina de los Fuentes. Rogelio estuvo un sábado ayudándole a su papá con unas hojas. Pero había adultos revisando todo. No sé bien qué pasó.

Miré hacia el pupitre de Rogelio. Era apenas un muchacho, y alguien le había dejado esos papeles. Podía haber cometido un error sin entenderlo, o su nombre podía estar sirviendo para explicar un problema mucho mayor. Yo no tenía cómo saberlo todavía.

Lo que sí sabía era que Genaro no había perdido ese trabajo en la otra vida. Mis recuerdos no incluían esta amenaza ni me decían qué iba a hacer él si se quedaba sin sueldo.

El sábado lo averigüé.

Herminia me mandó cambiarme de ropa. Íbamos a casa de Fabián para que yo pidiera por el empleo de mi papá.

—A ti te estima —dijo—. Hablas bonito y le explicas que dependemos de él.

Me quedé mirando la camisa que me había puesto sobre la cama. Cuando faltaba dinero para mí, era un problema de mi abuela. Cuando faltaba para ellos, yo sí pertenecía a la familia.

Fabián nos recibió en la sala. Genaro empezó a explicar su antigüedad, sus gastos y lo difícil que sería conseguir otra cosa. Herminia me tocó la espalda para que hablara.

—Don Fabián…

Él levantó una mano.

—Daniela, espera.

Se dirigió a mi papá.

—El lunes podemos revisar su situación en la planta. Aquí no. Y no necesita traer a su hija para eso.

Ofelia apareció en la puerta. Fabián no le dio ocasión de intervenir.

—La niña puede venir a estudiar con Rogelio cuando quiera. Pero no para llevar sus peticiones, señor Serrano.

Genaro recogió la gorra que había dejado sobre las rodillas. Salimos poco después.

Yo iba detrás, sin saber si sentir alivio o prepararme para una regañada. Fabián había impedido que me usaran en su sala; al cruzar el portón volvía a estar bajo las órdenes de mi papá.

Necesitaba averiguar qué hacía falta para que eso dejara de ser así también fuera de la casa de los Fuentes.

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