Lyanne Vesper siempre fue considerada la hija dócil de la poderosa Casa Vesper. Dulce, obediente y sin ambición. Una señorita incapaz de hacer daño. Pero todos estaban equivocados.
Lyanne no se volvió mala por culpa del mundo. Nació así. Desde niña aprendió a esconder sus colmillos detrás de una sonrisa inocente y a convertir las debilidades ajenas en armas.
Cuando el heredero Kaelen la toma como esposa mientras continúa obsesionado con Wynne, Lyanne comprende que el amor nunca será su moneda de cambio. Si no puede tener su corazón, tendrá algo mucho más valioso: el poder.
Entre intrigas, traiciones, venenos, guerras entre clanes y una lucha por el Trono de la Luna, Lyanne moverá cada pieza sin que nadie descubra quién está detrás.
Porque cuando todos creen estar jugando contra ella…
ya han perdido.
Y Lyanne solo sonríe.
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LA PREÑEZ DE WYNNE
La noticia estalló en la Ciudadela como un trueno en noche serena.
Apenas diez días después del accidente del caballo, cuando todos aún hablaban de la valentía de Wynne, la sanadora jefe salió de sus aposentos con el rostro iluminado y la voz temblorosa de emoción: la señora Wynne llevaba en su vientre el cachorro del Alfa heredero.
El rumor corrió por los pasillos como fuego entre ramas secas. Los guardias se detuvieron a comentarlo. Las sirvientas cruzaron miradas de asombro. Los ancianos, que antes miraban a la joven con desdén, ahora asentían con gravedad: el linaje estaba asegurado. Kaelen, cuando lo supo, soltó una carcajada de pura alegría, la primera que escuché desde nuestra boda, y corrió hacia ella como si el suelo no pudiera sostenerlo con tanta prisa.
Yo lo supe por Elara, que entró a mi habitación con el pergamino apretado contra el pecho, los ojos muy abiertos, sin saber si alegrarse o temblar.
—Señorita… lleva un hijo. Su hijo. El Alfa está eufórico. Dicen que ya habla de nombrarlo heredero antes de que nazca.
Me quedé sentada junto a la ventana, tejiendo una guirnalda de flores de luna, y no detuve mis manos. Mi voz salió suave, sin rastro de celos ni de rabia:
—¿Ah, sí? Qué buena noticia.
—¿Buena? —repitió ella, incrédula—. Vos sois la esposa legítima. Deberíais ser vos quien lleve al heredero. No ella. No esa…
—Esa es la mujer que él ama —la interrumpí con calma, colocando una flor blanca entre las demás—. Y ahora lleva su sangre. No es su culpa que él la prefiera. Yo soy la esposa del pueblo, la del título y los deberes. Ella es la del corazón. Así han decidido las cosas.
Elara se quedó sin palabras, con la boca entreabierta.
—Pero… ¿no os duele? ¿No haréis nada?
Dejé el tejido sobre la mesa y me puse de pie. Al acercarme a ella, mi expresión cambió. La dulzura se desvaneció, dejando al descubierto una frialdad tan profunda que la hizo retroceder un paso.
—¿Hacer algo? —susurré—. Claro que haré algo. Pero no hoy. No cuando todos tienen los ojos puestos en la bendición de la luna. Si me quejo, si me enfado, si muestro un solo rastro de amargura… seré yo la mala. Seré yo la esposa celosa y cruel que odia al inocente que aún no ha nacido. Y eso… es lo que menos me conviene.
—¿Entonces qué haréis?
—Ir a felicitarla —respondí, tomando la guirnalda recién terminada—. Llevarle un regalo. Sonreírle. Desearle lo mejor. Y que todos vean que la futura Alfa es más grande que sus propios rencores.
Caminé hacia el ala oeste, donde ahora se alojaba Wynne, ya no como una invitada, sino como la reina del momento. Los guardias me abrieron la puerta con respeto, murmurando entre ellos: “Qué noble. Qué corazón tan grande. Ir a felicitar a la rival con una sonrisa.”
Entré. La habitación estaba llena de flores, sedas, regalos de toda la corte. Kaelen estaba sentado junto a la cama, tomándole la mano, con una expresión de felicidad que me partió el pecho… no por amor, sino por lo fácil que era herirlo. Wynne estaba recostada, con una mano sobre su vientre todavía plano, y al verme entrar, sus ojos brillaron de triunfo.
—Lyanne —dijo Kaelen, sin soltarla—. Viniste.
—Cómo no iba a venir —respondí con mi sonrisa más dulce, acercándome y dejando la guirnalda sobre la mesita—. Es una bendición para todo el clan. Para todos nosotros. —Me giré hacia ella, inclinándome levemente—. Que la luna te proteja a ti y al pequeño. Que nazca fuerte y sano.
Wynne soltó una risita suave, acariciándose el vientre:
—Gracias, esposa. Es bueno ver que te alegras por nosotros. Al fin y al cabo, será tu sobrino. O tu sobrina. Lo cuidarás bien, ¿verdad?
El tono era veneno disfrazado de miel. Kaelen no lo notó. Pero yo sí. Cada palabra, una aguja.
—Lo cuidaré como si fuera mío —respondí sin dudar, mirándola a los ojos con una sinceridad que la inquietó un instante—. Porque todo lo que pertenece al Alfa… pertenece a todos nosotros.
Salí de la habitación sin darles tiempo a responder. Al cruzar el umbral, la sonrisa se me borró de golpe. Caminé rápido, sin detenerme, hasta que llegué al jardín trasero, donde nadie solía ir. Allí, entre los árboles viejos, me detuve y apoyé las manos en el tronco rugoso de un roble. Respiré hondo. Una vez. Dos.
Elara me alcanzó poco después, sin aliento.
—Señorita… lo dijisteis con tanta calma. Casi parecía verdad.
—Parte de lo que dije era verdad —murmuré, sin girarme—. Lo cuidaré como si fuera mío. Porque será una pieza muy valiosa en mi tablero. Una vida nueva… y una herramienta excelente.
—¿Qué queréis decir?
Me giré hacia ella, y mi mirada era afilada como una cuchilla recién templada.
—Piensa, Elara. Si el cachorro nace sano y fuerte… todo el poder de Wynne se consolida. Kaelen la pondría por encima de todo. Incluso de la ley. Incluso de mí. Pero si algo le ocurriera… si la bendición se convirtiera en pérdida… —Hice una pausa, dejando que las palabras pesaran en el aire—. Entonces ella caería tan rápido como subió. Y yo… yo sería el hombro donde él llorara. La esposa leal que lo sostiene en la desgracia. La única que no se aprovechó de su dolor.
—¿Pero… no haréis daño a un bebé, verdad? —susurró Elara, aterrada.
—Aún no lo sé —respondí con franqueza, mirando hacia la ventana de Wynne, desde donde se veía la luz cálida de las velas—. Todo depende de ella. Si ella juega limpio… quizás yo también. Pero si ella intenta usar a ese niño para destruirme… entonces tendré que ser más lista. Más rápida. Y más despiadada.
Me acerqué a un arbusto de espinas negras y toqué una flor oscura que crecía entre ellas.
—Recuerda esto, Elara: no elegí este juego. Me lo dieron. Y en este juego, si no matas… te matan. Ella lo sabe. Yo lo aprendí. Y ese niño… por desgracia, nació en medio de una guerra que no empezó él.
—¿Y si lo pierde? —preguntó ella suavemente—. ¿Qué pasará entonces?
—Entonces —dije, apartando la mano de la espina con cuidado—, la anciana Alfa Mara tendrá algo que decir. Ella no aprueba a Wynne. Nunca la aprobó. Y una mujer que ha gobernado durante treinta años no deja que una intrusa de sangre humilde cambie las reglas. —Sonreí, una sonrisa lenta y llena de sombras—. Quizás no tenga que hacer nada. Quizás la propia mano de la luna… o la de la Alfa… haga el trabajo por mí.
Regresé a mis aposentos con paso firme. Al llegar, me senté frente al espejo y me desabroché el cuello del vestido. Mi reflejo me devolvió una mirada serena, sin rastro de tormenta.
—Una vida nueva —susurré a mi propia imagen—. Un rey o una reina en ciernes. Y una madre que cree que con eso lo ha ganado todo. Pobre tonta. Cree que el vientre da poder. No sabe que el poder no se lleva dentro… se toma con las manos. Y yo tengo las manos libres. Y muy, muy pacientes.
Esa noche, mientras la Ciudadela celebraba el milagro que venía en camino, yo escribí en mi cuaderno de cuero, con trazo preciso y frío:
Día del anuncio. Ella lleva su esperanza. Él lleva su alegría. Yo llevo mi plan. Que suba más alto. Que todos la adoren. Porque cuanto más grande sea la caída… más profundo será el agujero donde la enterraré.
Cerré el cuaderno y lo guardé bajo llave. Fuera, la luna brillaba con fuerza, indiferente a las ambiciones de los mortales. Pero yo sabía algo que ella aún no sabía: la luna también tiene fases. Y la oscuridad siempre vuelve antes de la luz.