Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 11
El tintineo de la plata contra la porcelana de Limoges era el único sonido que puntuaba el silencio cargado del gran comedor. Anna se sentó frente a David, manteniendo la columna tan recta que cada vértebra parecía un eslabón de acero. Su mente analítica, tras el colapso inicial en el salón, había reiniciado su sistema operativo con una frialdad quirúrgica. Si él no tiene pruebas, no hay delito. Si mantengo el hielo, la mujer del fuego nunca existió.
David, por el contrario, no había probado bocado. Sostenía una copa de vino tinto, observando a Anna por encima del borde del cristal. Sus ojos grises eran dos escáneres implacables. Buscaba la mirada salvaje, el jadeo entrecortado, la calidez de la piel que había memorizado hacía cuarenta y ocho horas. Pero frente a él solo había una mujer de mármol.
—Anna, querida, apenas has tocado tu consomé —comentó Doña Elena, rompiendo la tensión con una sonrisa de suficiencia—. Deben ser los nervios de reencontrarse con David.
Anna dejó la cuchara con una precisión milimétrica. Ni un solo golpe contra el plato.
—No son nervios, abuela. Es simplemente que el análisis de los últimos informes trimestrales me ha quitado el apetito. Los negocios no esperan, ni siquiera por las reuniones familiares.
David sintió un latigazo de irritación. Esa voz. Era la misma frecuencia, pero el tono era un desierto de indiferencia.
—Los negocios son una excelente excusa para la falta de cortesía —intervino David, su voz áspera, proyectando una sombra de sospecha sobre la mesa—. ¿O es que acaso tienes algo más importante en mente, Anna? Algo que sucedió... recientemente.
Anna levantó la vista. Sostuvo la mirada de David con una neutralidad que rozaba lo insultante. No hubo ni un parpadeo, ni un rictus de culpa.
—Lo más importante en mi mente hoy es la renovación del contrato de suministros logísticos. A menos que te refieras a la planificación de la gala del aniversario, David. En cuyo caso, mi secretaria ya tiene los esquemas listos.
David apretó el tallo de la copa. Esa respuesta era perfecta. Demasiado perfecta. Su mente recordaba a la mujer que se arqueaba bajo su cuerpo, gritando de placer, pero sus ojos veían a una ejecutiva que parecía incapaz de sentir un latido fuera de lugar. La disonancia cognitiva lo estaba volviendo loco.
—Me sorprende tu dedicación —dijo David, inclinándose hacia adelante, invadiendo el espacio personal de ella a través de la mesa.
El aroma de él, ese sándalo posesivo, golpeó a Anna como una ola de calor—. Siempre pensé que mi esposa era una mujer que disfrutaba más de las asignaciones mensuales que de los balances de situación.
—El pensamiento es libre, David —replicó ella, su voz suave pero afilada—. Pero los hechos son sagrados. Y el hecho es que estos tres años he sido la esposa más eficiente que podrías haber pedido: invisible y productiva.
La sensualidad del enfrentamiento era subterránea. Bajo el mantel de lino blanco, Anna sentía que sus piernas temblaban, pero sus manos, visibles para todos, permanecían quietas sobre su regazo. David observaba el cuello alto de su vestido azul. Recordaba haber besado esa misma piel, dejando una marca que ahora, seguramente, estaba oculta bajo la tela. Quería levantarse, rodear la mesa y arrancar esa armadura de seda para encontrar la verdad.
—¿Eficiente? —David soltó una risa seca, sin rastro de humor—. La eficiencia es para las máquinas. Un matrimonio requiere... otros atributos.
—Atributos que no estaban especificados en las cláusulas que ambos firmamos —sentenció Anna.
Beatriz y Elena intercambiaban miradas de deleite. Para ellas, esto no era una guerra fría, sino el "juego previo" de dos intelectos poderosos.
—Es maravilloso ver que tienen tanto fuego —dijo Beatriz, ajena al veneno de las palabras—. Mañana mismo empezarán las sesiones fotográficas para la prensa. Queremos que el mundo vea esta conexión.
David no apartaba los ojos de Anna. Buscaba una grieta. Un tic en el ojo, un leve rubor en las mejillas, el rastro del perfume de jazmín. Pero Anna había sido astuta: el aroma amaderado que desprendía ahora era una barrera infranqueable.
—Dime, Anna —dijo David, bajando la voz hasta un susurro que solo ella podía sentir como una caricia física—, ¿alguna vez sales de tu zona de análisis? ¿Alguna vez haces algo... impulsivo?
Anna sintió que el aire se le escapaba, pero su máscara de hielo no se movió.
—Lo impulsivo suele ser el preludio del error, David. Y yo no me permito errores.
David sintió una punzada de duda. ¿Podía haber dos mujeres tan parecidas? La mujer de la discoteca era puro instinto, puro fuego. Esta Anna era nitrógeno líquido. Pero su instinto posesivo le decía que el cuerpo no miente. Necesitaba tocarla. Necesitaba comprobar si su piel reaccionaba a su cercanía de la misma manera que la noche del cristal.
—Mañana en la sesión de fotos —dijo David, su mirada volviéndose oscura y prometedora—, veremos cuánta "disciplina" puedes mantener cuando estemos frente a las cámaras. Como un matrimonio sólido, por supuesto.
—Estaré a la altura de las circunstancias, como siempre —respondió ella, poniéndose de pie al terminar la cena—. Con su permiso, abuelas. Ha sido una velada... reveladora. David.
Ella hizo una leve inclinación de cabeza y salió del comedor con paso firme. David se quedó sentado, observando el lugar vacío de su esposa. En su bolsillo, sus dedos acariciaron la perla de platino.
—Puedes usar todas las máscaras que quieras, Anna —pensó David, sintiendo cómo la obsesión cobraba una nueva forma—. Pero yo conozco el sabor de tu piel. Y voy a encontrar a la mujer que escondes bajo ese hielo, aunque tenga que quemar tu mundo entero para lograrlo.
Anna, al llegar a su habitación en el ala de invitados, cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, dejando que el aire saliera de sus pulmones en un sollozo ahogado. Su corazón latía con una violencia aterradora. Había ganado el primer asalto, pero sabía que David Bianchi no se rendiría. Él no buscaba una esposa; buscaba a su presa. Y ella, por primera vez, no estaba segura de si su lógica sería suficiente para mantenerse a salvo de un hombre que ahora conocía su mayor vulnerabilidad: el deseo que solo él era capaz de despertar.