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DE SUPER AGENTE A MARIDO MANTENIDO

DE SUPER AGENTE A MARIDO MANTENIDO

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Fantasía épica / Aventura
Popularitas:417
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Ups... Lo siento

La presentación del Chip Fénix era el evento del año. El auditorio de Hale Tech estaba lleno de inversores, periodistas y políticos, todos sentados en filas de butacas de cuero negro, bebiendo agua mineral y fingiendo entender la mitad de lo que se decía. El aire olía a colonia cara, expectación y nerviosismo contenido. En primera fila esperaban la junta directiva, los socios del gobierno y, escondido en la esquina más oscura, Miller. Observándolo todo. Observándome a mí, sin apartar la vista ni un segundo, como si esperara el momento exacto en que todo se viniera abajo, con la calma de quien ya cree tener la victoria asegurada.

Victoria estaba en el escenario, impecable, hablando con voz firme sobre innovación, futuro y progreso. Su postura era perfecta, su sonrisa medida, cada gesto calculado para transmitir seguridad absoluta a una sala llena de personas que esperaban cualquier señal de debilidad para retirar su apoyo. Pero yo la conocía lo suficiente para notar el temblor casi imperceptible en sus dedos al sostener el control remoto, la respiración acelerada, la mandíbula tensa que no lograba relajar. Sabía que el chip podía fallar. Sabía que si fallaba, todo se derrumbaba. Y lo que era peor: sabía que alguien quería que fallara, que había estado trabajando desde adentro para asegurarse de que ese momento fuera su ruina pública, el final de todo lo que su familia había construido.

Yo estaba en el rincón más alejado del escenario, con la corbata ligeramente torcida y una expresión de aburrimiento tan convincente que nadie dudaba de ella. Si alguien me miraba, veía al esposo decorativo, sin nada que aportar, sin nada que entender. Perfecto. Que subestimen al mueble. Los muebles suelen estar en el lugar exacto donde cae todo, y nadie se fija en ellos hasta que es demasiado tarde. Me mantuve inmóvil, las manos en los bolsillos, escaneando cada pantalla, cada cable, cada movimiento de los técnicos, consciente de que cualquier descuido podría costarnos todo.

—Y ahora —dijo Victoria, con la voz tensa, como si estuviera a punto de cruzar un abismo sin red—, demostraremos el funcionamiento del Chip Fénix en tiempo real.

Presionó el botón. La pantalla gigante se iluminó con el logotipo azul brillante. Un murmullo de aprobación recorrió la sala. El chip funcionaba. Por ahora.

—Como pueden ver, la estabilidad es perfecta. La eficiencia energética supera en un veinticinco por ciento las proyecciones iniciales, lo que lo convierte en el salto tecnológico más importante de la década.

Cambió de diapositiva. Y entonces, sucedió. La imagen parpadeó. El azul brillante se tornó rojo sangre. Una alarma silenciosa destelló en la esquina, acompañada de un contador numérico que bajaba vertiginoso. El sistema no se había roto… se estaba autodestruyendo, ejecutando un protocolo oculto que nadie había programado oficialmente, diseñado para activarse justo cuando más ojos estuvieran puestos en él.

Victoria se detuvo en seco. Su mirada buscó desesperadamente al técnico detrás de la consola, que tecleaba frenéticamente sin lograr detener la cuenta regresiva. El público empezó a murmurar, las voces creciendo en volumen e incertidumbre. Miller sonrió apenas, un gesto breve y cruel que desapareció tan rápido como apareció. Sabía. Él lo sabía. Había puesto una segunda trampa, una capa de sabotaje profunda que ni siquiera yo había detectado la primera vez. El chip estaba programado para colapsar en el momento exacto de su demostración pública, cuando la vergüenza fuera total e irreversible.

No pensé. Actué. Di un paso hacia la consola, tropecé deliberadamente con un cable de alimentación secundaria, caí hacia adelante y mi cuerpo chocó contra el panel de control principal. No fue suerte. Fue cálculo milimétrico. El impacto desconectó el módulo de ejecución justo antes de que el virus interno se propagara y quemara el núcleo. Las pantallas se apagaron de golpe. El auditorio quedó en penumbra, solo iluminado por las luces de emergencia. Un silencio atónito cayó sobre todos, denso y pesado, cargado de la expectativa de un desastre inminente.

—¡Lo siento! —grité desde el suelo, con la voz de alguien avergonzado de su propia torpeza—. ¡Resbalé! El suelo está demasiado pulido. ¡Qué torpe soy, de verdad!

Me levanté sacudiéndome la ropa. En la oscuridad, aprovechando que todos parpadeaban para acostumbrarse a la penumbra, mis dedos se movieron sobre la consola con velocidad y precisión quirúrgica. Desactivé el protocolo de autodestrucción, restablecí los parámetros de seguridad, reescribí la sección comprometida y eliminé la traza del código malicioso para que nadie pudiera reproducirlo. Todo en menos de diez segundos. Nadie lo vio. Nadie lo entendió. Para todos ellos, había sido un golpe de suerte estúpida, un accidente sin importancia que por casualidad había salvado el día.

Las luces volvieron a encenderse. La pantalla mostraba el Chip Fénix funcionando, no solo estable, sino con una capa de seguridad nueva, invisible y prácticamente impenetrable. Los gráficos eran más limpios, los datos más sólidos. Era mejor que antes. Mucho mejor. Como si el tropiezo hubiera forzado una actualización que ningún equipo habría logrado en meses.

—¿Qué… qué pasó? —preguntó uno de los inversores, confundido, mirando la pantalla y luego a mí.

—Un… ajuste de última generación —dije con una sonrisa tímida, encogiéndome de hombros—. Tropecé y… bueno, parece que se reconfiguró solo. Qué cosas tiene la tecnología moderna, ¿verdad? A veces solo necesita un empujoncito.

Victoria me miró. No había reproche en sus ojos. Había asombro. Y alivio puro, desnudo, que no pudo ocultar. Se giró hacia el público con una sonrisa renovada, más firme y segura que antes, como si el contratiempo hubiera sido parte del guion todo el tiempo.

—Como decía, el sistema cuenta con protocolos de seguridad adaptativos que responden en tiempo real ante cualquier interferencia externa. Acaban de verlo en acción. Es una característica que decidimos mantener en reserva hasta comprobar su eficacia en directo.

El aplauso estalló. Fuerte, entusiasta, aliviado. Los periodistas escribieron furiosamente, reinterpretando el incidente como una demostración de resistencia innovadora. Los inversores asintieron satisfechos. Miller apretó los puños, su sonrisa borrada por la frustración y una creciente sospecha que no lograba explicar. Había fallado. Y no entendía por qué. Nadie entendía por qué. Excepto ella. Y yo.

Al terminar, nos retiramos al camarín. Victoria se apoyó contra la madera y soltó el aire que había estado conteniendo. Sus piernas temblaban levemente, y por primera vez en mucho tiempo se dejó caer en un sofá, sin mantener la postura, sin fingir fuerza infinita.

—Podría habernos destruido —susurró, mirándome como si viera algo imposible—. Diez segundos más y el sistema se habría quemado por completo. Y tú… tú caíste justo en el momento exacto.

—Suelo caer donde hace falta —dije, sentándome en el borde de la mesa—. Es un don. O una maldición. Aún no lo decido.

Se acercó despacio, olvidando por un instante las barreras que siempre mantenía.

—No fue un tropiezo, Adrian. Lo sé. Tus manos… tecleaste. Rápido. Seguro. Sin dudar. Como alguien que sabe exactamente qué buscar.

—Tal vez tengo memoria muscular —bromeé—. De cuando era actor. Aprendes cosas y no sabes de dónde salen. El cuerpo recuerda lo que la mente olvida.

—Tres veces —dijo ella, bajando la voz—. El servidor, el chip, y ahora esto. Tres veces salvas mi empresa sin que nadie sepa cómo. ¿Por qué ocultarlo?

—Porque si la gente sabe que soy útil, empiezan a esperar cosas de mí. Y las expectativas… suelen doler cuando se rompen. Mejor que piensen que soy un accidente con suerte. Así nadie se decepciona si fallo.

Ella me miró largamente, buscando la verdad detrás de la fachada. Y al final, asintió.

—Está bien. Por ahora. Pero te advierto: seguiré buscando. No me conformo con la suerte. No creo en ella.

—Y yo no creo en los milagros —respondí—. Solo en caerse y levantarse. A veces mejor que antes.

Se dio la vuelta para irse, pero se detuvo en la puerta.

—Gracias, Adrian. De verdad. No sé qué haría sin tu… torpeza. Suena ridículo, pero es la verdad.

—De nada. Pero no te acostumbres. Mis tropiezos no son baratos. Algún día te cobraré la factura.

Cuando se fue, saqué el teléfono y rastreé la conexión que había enviado la orden de autodestrucción. Miller había estado presente. Había visto todo. Y ahora sabía que yo era un problema. No un inútil. Un obstáculo. Eso significaba que el siguiente paso sería más peligroso. Más directo. Ya no habría errores técnicos casuales. Ahora serían errores humanos.

—Vaya —murmuré—. Ya no puedo ser el mueble tranquilo. Qué lástima. Me gustaba ser invisible.

Salí al pasillo. Alice me esperaba en la esquina, junto a una puerta de emergencia. Vestía de negro, con gafas oscuras, tensa como una cuerda a punto de romperse.

—Lo hiciste —susurró—. Pero ahora saben que estás despierto. Prepárate. Lo que viene no será un fallo técnico. Será personal. Irán por ti. Y si no pueden contigo… irán por ella.

Se marchó antes de que pudiera responder. Me quedé solo en el pasillo, sintiendo el peso de sus palabras. La partida había cambiado. Ya no se trataba de esconderse. Se trataba de sobrevivir. Y de proteger a la única persona que había empezado a creer en mí cuando nadie más lo hacía.

—Que vengan —dije al pasillo vacío, bajito pero firme—. Ahora sé jugar. Y no suelo perder.

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