Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.
Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.
Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.
Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.
Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.
Pero ya es demasiado tarde.
Seraf ha decidido llevársela a casa.
La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.
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El camino sin vuelta atrás
El sol terminó de ocultarse y la noche cayó rápida, fría y profunda, envolviendo todo en sombras. Estrella no se detuvo. Corrió hasta que los pulmones le ardieron y las piernas le pesaron como plomo, y cuando ya no pudo correr más, caminó, apoyándose en troncos y piedras, obligándose a seguir adelante paso a paso. Cada latido le recordaba que no estaba sola: llevaba una vida dentro, pequeña y frágil, dependiendo de ella. Ese pensamiento le daba fuerzas que no sabía que tenía.
—No te haré daño —susurró posando una mano sobre su vientre—. Te protegeré. Lejos de allí, lejos de él.
Avanzó por un sendero estrecho entre bosques oscuros, sin saber hacia dónde iba, solo sabiendo que cada paso la alejaba del castillo, de sus muros, de su voz, de ese fuego que la consumía y la abrigaba a la vez. El cansancio la deshacía; el viento helado le calaba los huesos, y el hambre empezaba a punzarle el estómago. Pero no volvería. No. Antes dormiría bajo la lluvia, antes comería hierbas y raíces, antes dormiría en la tierra… que volver a ser posesión de nadie.
Mientras ella luchaba por avanzar, en el castillo Serafín recorría los pasillos con paso veloz, cada vez más firme, cada vez más impaciente. El dolor del golpe se transformaba en fuego puro en sus venas. Sus ojos dorados brillaban con una luz inquieta y peligrosa. Reunió a sus hombres en la entrada principal; su voz, baja y cortante, no admitía réplica:
—Se fue por la puerta del oeste. La han visto tomar el camino del valle. No dejéis rastro sin seguir, ni cabaña sin preguntar, ni camino sin recorrer. Quien la encuentre no la detenga, no la obligue, no la asuste… avisadme de inmediato. Y si alguien la toca con malas intenciones —hizo una pausa, y su voz se volvió gélida—, que se prepare para desaparecer del mapa.
Los guardias asintieron con respeto y temor, y partieron de inmediato. Cuando quedó solo, Serafín salió al exterior, miró el horizonte oscuro y apretó los dientes. La confusión había dado paso a una determinación absoluta. No estaba solo furioso… estaba profundamente impresionado.
—Corres bien, Estrella —murmuró al viento—. Más rápido de lo que creía posible. Más lejos de lo que nadie se atrevió jamás. Pero no importa cuánto corras… yo llevo fuego en la sangre y tú llevas mi marca. No puedes ocultarte de mí.
A la mañana siguiente, Estrella despertó con el sol apenas asomando, sobre un lecho de hojas secas junto a un arroyo. Se sentía débil, con náuseas renovadas y el cuerpo entero dolorido, pero al abrir los ojos y ver el cielo amplio y libre sobre ella, sonrió. No había muros. No había guardias. No había nadie que le dijera qué hacer. Bebió agua fresca del arroyo, se lavó el rostro, y con esfuerzo se puso de pie.
—Hacia el norte —se dijo a sí misma—. Dicen que allí hay tierras lejanas donde nadie nos conoce.
Pero el camino era más duro de lo que imaginaba. A mediodía, el cansancio la venció de nuevo. Se sentó bajo la sombra de un árbol, respirando con dificultad, y por un instante la duda la asaltó: ¿podría sobrevivir así? ¿con el embarazo, sin recursos, sin conocer el mundo fuera del templo y del castillo? Y entonces, como si su mente lo llamara, lo vio en su pensamiento: Serafín, su rostro, su voz, la promesa de encontrarla. Un escalofrío la recorrió entera. Sabía que no descansaría. Sabía que la buscaría hasta el fin del mundo.
Se levantó con esfuerzo, sacudió la ropa y siguió caminando. No podía detenerse. No ahora.
Y lejos, en lo alto de una colina, Serafín detuvo su caballo y miró hacia el valle. Sus hombres se extendían a lo lejos, pero él no los necesitaba. Cerró los ojos y dejó que su instinto hablara, ese lazo antiguo que lo unía a ella, invisible pero indisoluble. Y sonrió, una sonrisa mitad determinación y mitad ternura oscura.
—Sé dónde estás —susurró—. Y estás más cerca de lo que crees.
Espoleó al caballo y partió a galope tendido. La distancia entre ellos se acortaba minuto a minuto. La huida era hermosa, valiente, casi perfecta… pero un dragón nunca pierde el rastro de lo que es suyo. Y esta vez, cuando la alcance, nada será igual. Ella lo había herido; él la haría comprender que pertenecerse duele, pero separarse mata.