En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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CAPÍTULO 3: Nuestro mundo perfecto
A veces, cuando miro hacia atrás, me parece que esos días duraron mucho más de lo que realmente fueron.
Fue una etapa en la que todo encajaba, en la que no existían problemas ni dudas, y en la que creíamos que esa calma nos acompañaría para siempre.
Hoy sé que nada es eterno, pero en ese momento, con catorce años recién cumplidos, no había motivo para pensar que algo pudiera salir mal.
Nuestra casa en Maipú se había convertido en el lugar más seguro del mundo para los dos.
Era amplia, bien iluminada y con todo lo que podíamos necesitar.
El comedor, con sus muebles de madera pulida y las ventanas grandes que daban al jardín, nos servía para desayunar, almorzar y compartir las cenas con tranquilidad.
La cocina, espaciosa y equipada con todo lo necesario, olía siempre a lo que Nicole preparaba con tanto cariño; le gustaba probar recetas nuevas y yo me sentaba a observarla mientras se movía entre los fogones, con su delantal claro y alguna cinta rosa en el pelo.
Teníamos también un escritorio grande, con estantes llenos de libros y cuadernos, donde pasábamos las tardes después de volver del colegio.
Allí nos sentábamos uno al lado del otro, ella con sus lápices de colores y yo con mis apuntes, y de vez en cuando nos deteníamos solo para mirarnos y sonreír, sin necesidad de decir nada.
Nuestra habitación era espaciosa y cómoda, con una cama amplia, armarios amplios para guardar nuestra ropa y cortinas que filtraban la luz suavemente al atardecer.
El baño era otro de nuestros rincones favoritos: tenía un jacuzzi amplio, y muchas veces, al terminar el día, nos metíamos allí con agua tibia y espuma, hablando de lo que queríamos ser en el futuro, de los viajes que haríamos y de todo lo que nos faltaba por vivir.
Nos complementábamos en todo, incluso en lo que nos gustaba.
Nicole llenaba cada rincón con su color favorito: cojines, manteles, cuadros pequeños y adornos en tonos rosa, que le daban una calidez especial a cada habitación.
Yo, por mi parte, elegía los muebles más sólidos, los marcos de las puertas y los detalles en negro, que me transmitían la sensación de firmeza y protección que quería tener para ella.
Juntos logramos que ese lugar no fuera solo una casa, sino un hogar de verdad.
Además, contábamos con la tranquilidad de saber que nuestras familias estaban cerca y nos respaldaban en todo.
Cada cierto tiempo nos visitaban, nos preguntaban cómo nos iba, nos traían lo que hacía falta y nos recordaban que podíamos recurrir a ellos ante cualquier cosa.
No nos faltaba nada: ni dinero, ni comodidades, ni cariño, ni confianza.
Cada mañana al despertar, lo primero que veía era su cabello rubio desparramado sobre la almohada y sus ojos verdes que me recibían con una sonrisa, y sentía que era el chico más afortunado del mundo.
Caminábamos por las calles del barrio con la cabeza en alto, sin ocultarnos de nadie.
Íbamos juntos al colegio, salíamos a pasear por las plazas más arboladas y nos sentábamos en los bancos a ver pasar la tarde.
La gente nos miraba y decía que hacíamos una linda pareja, que se notaba que nos queríamos de verdad.
Nosotros lo sentíamos así: nuestra confianza era absoluta, no teníamos secretos el uno con el otro y creíamos que nada ni nadie podría romper lo que habíamos construido con tanto cuidado.
Esos días de paz y felicidad quedaron grabados en mi memoria para siempre.
Eran momentos sencillos, sin grandes acontecimientos, pero llenos de un amor puro y tranquilo.
No imaginábamos que detrás de esa calma se estaba gestando ya la envidia de quienes no soportaban vernos tan bien.
Ni siquiera se nos ocurría pensar que existían personas capaces de inventar historias falsas solo para ver sufrir a los demás.
Por ahora, vivíamos en nuestra burbuja perfecta, sin saber que pronto algo llegaría para romperla en pedazos.