Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 8: La noche y el secreto
Esa noche no me fui a casa.
Llamé a mi madre, le expliqué lo que había pasado, y ella no dijo nada. Solo me pidió que tuviera cuidado y que la llamara si necesitaba algo. Su voz sonaba cansada, como si hubiera estado esperando esa llamada toda su vida.
—Cuídate, hija —dijo antes de colgar.
—Lo haré.
—Y cuídalo a él.
Colgué el teléfono y me senté en la silla junto a la cama de Nicolás. Él dormía, con el pecho subiendo y bajando débilmente, y los dedos enredados en los míos. Su respiración era entrecortada, como si cada inspiración le costara un esfuerzo sobrehumano.
Pero estaba vivo.
Y mientras estuviera vivo, yo estaría allí.
—Valeria... —murmuró, sin abrir los ojos.
—Estoy aquí.
—No te vayas.
—No pienso irme.
Sonrió, apenas un movimiento de sus labios, y volvió a dormirse.
Pasaron las horas. Las enfermeras entraron y salieron, revisaron los monitores, cambiaron las pastillas. Yo me quedé en la silla, mirándolo dormir, escuchando su respiración, contando cada segundo como si fuera un tesoro.
A las dos de la madrugada, Nicolás se despertó.
—¿Todavía estás aquí? —preguntó, con la voz ronca por el sueño.
—Te dije que no me iba a ir.
—Pero pensé que te habrías cansado.
—Nunca me canso de ti.
Sonrió. Su sonrisa era débil, cansada, pero auténtica.
—Ven aquí —dijo, señalando la cama. —Siéntate conmigo.
—No debería.
—¿Por qué no?
—Porque... —No encontré una buena excusa. —Porque las enfermeras pueden enfadarse.
—Las enfermeras están durmiendo. —Se incorporó y apartó las sábanas. —Ven. Solo un rato.
Me levanté de la silla y me senté en el borde de la cama. Él se movió para hacerme sitio y yo me tumbé a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro y el cuerpo pegado al suyo.
—Esto es mejor —dijo, rodeándome con el brazo.
—Es más cómodo.
—Y más cálido. —Apretó su brazo alrededor de mí. —Siempre tienes frío, ¿lo sabes?
—Siempre tengo frío.
—Pues yo siempre tengo calor. —Apoyó su mejilla contra mi cabeza. —Encajamos.
—Como un mandala.
—Exacto. —Sonrió. —Dos piezas que se complementan.
El silencio se instaló entre nosotros. Un silencio cálido, íntimo, como si el mundo exterior no existiera.
—Valeria, tengo que decirte algo —dijo al final.
—Dime.
—Algo que no te he contado antes.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué es?
Nicolás se incorporó ligeramente para mirarme a los ojos. Los suyos brillaban en la penumbra, llenos de algo que no sabía nombrar. Miedo, quizás. O arrepentimiento.
—Yo sabía lo de tu maldición —dijo.
El mundo se detuvo.
—¿Qué?
—Antes de conocerte. Antes de que entraras en mi habitación. Ya sabía lo que te pasaba.
—¿Cómo?
—Una enfermera me lo contó. —Su voz era baja, casi un susurro. —Dijo que la voluntaria de la biblioteca tenía una historia extraña. Que la gente que se enamoraba de ella dejaba de respirar. Que su padre había muerto por eso.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque no me importaba.
—¿Cómo que no te importaba?
Nicolás tomó mi cara entre sus manos.
—Cuando supe lo de tu maldición, no sentí miedo. Sentí curiosidad. Porque si alguien era capaz de amar tan fuerte que podía quitarle el aliento a la gente, esa persona tenía que ser especial. Y quería conocerte.
—Eso es una locura.
—Es la verdad. —Sonrió. —Y cuando entraste en mi habitación, cuando vi tus ojos y oí tu voz, supe que había tenido razón. No eras un monstruo. Eras una persona que había sido castigada por amar demasiado.
—Pero si sabías lo que pasaba, ¿por qué te acercaste a mí?
—Porque no tengo miedo a la muerte, Valeria. —Su pulgar acarició mi mejilla. —Llevo toda mi vida a punto de morir. La muerte es mi vecina constante. Pero el amor... el amor era algo que nunca había conocido. Y cuando te vi, supe que valía la pena arriesgarlo todo.
—Podrías haber muerto.
—Lo sé. —Su sonrisa se suavizó. —Y aún así, elegí quedarme.
—Eres un idiota.
—Un idiota enamorado.
Y entonces, sin poder evitarlo, me reí. Una risa nerviosa, entre lágrimas y sorpresa.
—¿Sabes una cosa? —dije.
—¿Qué?
—Eres la persona más valiente que he conocido.
—No soy valiente. Solo soy un chico que no tiene nada que perder.
—Eso es lo que te hace valiente. —Apoyé mi mano sobre su pecho, sintiendo el latido débil de su corazón. —Tienes todo que perder y aún así te quedas.
Nicolás me besó en la frente.
—Porque tú vales la pena —susurró. —Tú siempre has valido la pena.
Y entonces, con su brazo alrededor de mí y el latido de su corazón contra mi oído, cerré los ojos.
Por primera vez en tres años, no soñé con la muerte.
Soñé con él.