Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 1: una firma que cambia todo
El documento descansaba sobre la mesa de caoba tallada, en el despacho más amplio de nuestra mansión, rodeado de cortinas de seda y muebles que valían más que lo que muchas personas ganaban en toda una vida.
Las letras eran elegantes, firmadas por las cabezas de dos de las familias más poderosas y adineradas de Chile.
Eluney Torres, heredera de la fortuna y el prestigio de nuestra familia, contraerá matrimonio con el señor que hemos elegido para unir nuestros caminos y nuestros bienes.
Lo leí una y otra vez, y cada vez sentía que el aire se me escapaba de los pulmones, a pesar de estar rodeada de toda esta riqueza que parecía tener respuesta para todo.
—No tengo opción, ¿verdad? —pregunté con la voz casi un susurro, sin levantar la vista del papel.
Mi padre me miró con esa mezcla de cariño y firmeza que siempre lo caracterizaba:
—Es por el bien de nuestra familia, hija.
Es un acuerdo que nos dará aún más estabilidad, protección y un futuro seguro para ti y para los pequeños.
Él viene de una familia con gran prestigio y recursos, y aceptó la condición de cuidar de vosotros dos como si fueran suyos.
Asentí lentamente.
¿Qué más podía hacer?
Desde que Cristian se fue a los quince años, mi vida había dejado de ser mía en muchos sentidos.
Todo lo que hacía, todo lo que decidía, tenía que ver con cuidar su recuerdo y proteger a Cristian y Alana, que hoy cumplían cinco años y llenaban de vida cada rincón de esta enorme casa.
Si este matrimonio era el precio para que ellos estuvieran a salvo y heredaran lo que les corresponde, entonces lo pagaría.
Levanté la pluma de oro, la sumergí en la tinta y firmé.
Ese trazo seco y definitivo significaba que mi vida ya no era mía.
Que me casaría con un desconocido, elegido por sus apellidos y su fortuna.
Que compartiría días, noches y un hogar entero con alguien que no conocía, que no sabía quién era yo, ni cuánto llevaba esperando un amor que creí perdido para siempre.
Mientras lo hacía, miré hacia la repisa de cristal del fondo.
Allí estaban las dos esferas de cristal, brillando con su luz suave entre objetos de valor incalculable.
Y por un instante, me pareció que brillaban con más fuerza que de costumbre, como si supieran algo que yo todavía no entendía.
Me mantuve en la sombra del gran pasillo, escuchando cada palabra, viendo cómo su mano se movía con una lentitud que me dolía en el alma. Había vuelto, tal como prometí.
Había regresado con veinte años, la misma edad que ella, con el rostro cambiado, el nombre distinto, pero con el mismo corazón que se fue hace cinco años.
Y ahora, el destino me ponía frente a ella de la forma más extraña posible:
como el pretendiente rico y respetado con el que debía casarse, elegido por las familias para unir sus fortunas.
Vi cómo firmaba, resignada, aceptando un deber que no quería.
No sabía quién era yo.
No sospechaba que el hombre rico y desconocido que había aceptado por obligación era el muchacho que le juró amor eterno.
Que esos ojos verdes que la mirarían desde ahora con cariño, eran los mismos que la miraban con admiración cuando éramos niños, sin importarnos nada más que nosotros dos.
Salí de las sombras despacio, con paso firme, y me acerqué a la mesa que nos separaba.
Mi corazón latía tan fuerte que temí que ella pudiera escucharlo por encima de todo el silencio de la casa.
—Buenos días —dije con voz tranquila, tratando de ocultar la emoción que me recorría por dentro—.
Soy yo.
El hombre con el que te vas a casar.
Ella levantó la vista despacio, y al encontrar mis ojos, se quedó helada.
Por un segundo vi algo cruzar su mirada:
un destello de reconocimiento, una sensación extraña, como si algo en su alma le dijera que yo no era un extraño.
Pero luego negó levemente con la cabeza, pensando que solo era su imaginación, confundida por todo lo que estaba pasando.
—Mucho gusto —respondió ella, bajando la mirada de nuevo—.
Soy Eluney Torres.
Espero que podamos llevarnos bien.
—Así será —le prometí, sabiendo que mis palabras tenían un significado que ella no podía entender todavía—.
Te lo aseguro.
Y mientras le extendía la mano para sellar aquel saludo, supe que este matrimonio no era un trato de dinero ni de apellidos.
Era la forma que encontró la promesa para cumplirse al fin.