Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Elena
Capítulo 23 – Elena
El viaje de regreso siempre es más difícil que la ida. Porque cuando te alejas de algo, el dolor se queda atrás. Pero cuando regresas, ese dolor viaja contigo, se instala en el asiento de al lado y te susurra al oído que nada volverá a ser igual.
El coche avanzaba por la carretera de vuelta a Punta Brava, y yo sentía que el encuentro con Sofía había abierto una herida que creía cerrada. No era odio lo que sentía hacia ella. Era algo más complejo, más difícil de nombrar. Era la comprensión de que el miedo, el mismo miedo que yo había sentido durante diez años al odiar a Mateo, había sido el motor de sus acciones. Sofía no había actuado por maldad. Había actuado por desesperación, por cobardía, por la necesidad desesperada de ser amada por alguien que nunca la miraría de esa manera. Y yo, que había pasado una década envenenada por el rencor, entendía perfectamente esa necesidad., ¿Estás bien? , preguntó Mateo, rompiendo el silencio que nos envolvía.
Su mano buscó la mía sobre el reposabrazos, y yo la dejé hacer. Necesitaba su calor, su presencia, la certeza de que no estaba sola en este viaje hacia el interior de mí misma. No lo sé, respondí, y mi voz era un susurro. Siento que he estado toda mi vida odiando a las personas equivocadas. Primero a ti, ahora a Sofía. Pero el odio no me ha llevado a ningún lado. Solo me ha hecho más pequeña. El odio es una trampa dijo Mateo, y sus dedos se entrelazaron con los míos. Te hace creer que tienes el control, cuando en realidad te está controlando a ti. ¿Y cómo se sale de esa trampa?, pregunté, mirándolo. Perdonando. No a ellos, sino a ti misma. Por haber necesitado el odio para sobrevivir. Sus palabras resonaron en mi pecho como una campanada. Perdonarme a mí misma. Nunca había considerado esa posibilidad. Siempre había pensado que el perdón era para los demás, para los que habían cometido errores.
Pero ¿y si el error más grande había sido el mío? ¿Y si mi error había sido dejar que el odio me definiera durante tanto tiempo?.
No sé cómo hacerlo, admití, con lágrimas en los ojos. No tienes que saberlo ahora, respondió, levantando mi mano y besándola. Solo tienes que intentarlo. Día a día. Paso a paso. Yo estaré aquí para ayudarte.
Llegamos a Punta Brava al anochecer. La casa nos recibió con sus ventanas iluminadas y el aroma a cena casera que Isabel había preparado. Lucía salió corriendo a recibirnos, con Valeria en brazos de Rosario, y por un momento, el peso del viaje se disipó. Verlas a ellas, a mi familia, me recordó por qué había decidido seguir adelante. Porque el futuro no estaba en el pasado. No estaba en Sofía, ni en el incendio, ni en los años de odio. El futuro estaba allí, en esos brazos pequeños que se abrían para abrazarme, en esa sonrisa de Mateo que me decía que todo iba a estar bien. Esa noche, después de cenar, me senté en la terraza con Mateo. El mar estaba en calma, y la luna se reflejaba en el agua como un espejo plateado.
Necesito hablarte de algo dije, y mi voz era firme. De las reglas. ¿Las reglas? preguntó, con una ceja levantada. Sí. Necesito que establezcamos límites. No porque no confíe en ti, sino porque necesito aprender a estar conmigo misma antes de poder estar contigo. Mateo me miró durante un largo instante. En sus ojos vi una mezcla de comprensión y de dolor, pero también de respeto. Dime cuáles son respondió, y su voz era suave.
Primero: dormiré en mi propia habitación. Necesito espacio para pensar, para procesar todo lo que ha pasado. Segundo: no hablaremos del pasado. Ni del incendio, ni de Sofía, ni de los años de odio. Quiero construir un futuro contigo, no revivir un pasado que nos hizo daño. Tercero: no habrá contacto físico. Necesito aprender a estar contigo sin que el deseo nuble mi juicio. Necesito saber que te quiero por quien eres, no por lo que me haces sentir. Mateo asintió lentamente. No discutió, no protestó. Solo tomó mi mano y la besó con una suavidad que me hizo temblar.
Acepto tus reglas dijo. Pero quiero que sepas una cosa: pase lo que pase, pase el tiempo que pase, yo te esperaré. Porque tú eres la única persona que quiero en mi vida, y puedo esperar toda la eternidad si es necesario. Las lágrimas rodaron por mis mejillas. No era tristeza. Era gratitud. Gratitud por tener a un hombre que entendía mis miedos, que respetaba mis límites, que estaba dispuesto a esperar hasta que yo estuviera lista.
Te quiero, Mateo susurré. Y quiero aprender a quererte bien. Y yo quiero aprender a quererte como te mereces respondió. Juntos. Y mientras la luna brillaba sobre el mar, supe que aquel era el comienzo de algo nuevo. No perfecto, pero real. No fácil, pero verdadero. No sin dolor, pero lleno de esperanza.