Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
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Capitulo 20
Pasaron los días y ninguno nombró lo que había pasado. No hubo conversaciones, ni explicaciones, ni promesas en voz alta. Pero el aire entre ellos ya no era el mismo: cada movimiento, cada cruce de miradas, cada roce accidental llevaba un peso nuevo, cargado de lo que habían callado.
Una mañana, mientras preparaban el desayuno casi en silencio, Omar extendió la mantequilla en una tostada y se la ofreció. Cuando ella la tomó, sus dedos se rozaron un instante. Ambos retiraron la mano de golpe, como si el contacto quemara, y desviaron la mirada al mismo tiempo.
—Gracias —murmuró ella, fijándose en el plato como si fuera lo más interesante del mundo.
—De nada —respondió él, mirando por la ventana, aunque no viera nada fuera.
Más tarde, Annie ordenaba los libros de la estantería y él se acercó para ayudarla. Al alcanzar un ejemplar alto, su brazo rozó el hombro de ella. Se quedó inmóvil unos segundos, respirando el mismo aire, sintiendo el calor del otro a través de la ropa.
—¿Te ayudo con ese? —preguntó él con voz ronca, rompiendo el silencio al fin.
—Sí… gracias —respondió ella sin girarse todavía—. No alcanzo bien.
Él tomó el libro y se lo entregó muy despacio. Sus ojos se encontraron entonces, y por un instante ninguno pudo apartar la vista. En esa mirada había todo lo que no decían: la memoria del beso, el miedo, las ganas, la certeza de que nada volvería a ser como antes.
—Annie —empezó él, pero se detuvo, tragando las palabras antes de soltarlas.
—No —le cortó ella suavemente, aunque no apartó la mirada—. No hables. Si lo decimos en voz alta, quizás se rompa. Por ahora… déjalo así.
Omar asintió lentamente, bajando la mano pero sin irse.
—¿Así está bien? —preguntó bajito—. ¿Sin decir nada, sabiendo que todo ha cambiado?
—Así está bien —confirmó ella con una media sonrisa—. Porque ahora, cuando me miras, sé que no ves solo a la chica que te dio alojamiento. Y cuando yo te miro… sé que no eres solo el idiota que desordena mi casa.
—Soy mucho más, ¿verdad? —susurró él dando un paso pequeño hacia ella.
—Mucho más —respondió ella, y esta vez no se apartó cuando él se acercó.
No hubo más palabras. Siguieron con sus días, con sus reglas rotas y sus risas compartidas, pero ahora cada gesto tenía un sentido oculto, cada silencio era un acuerdo entre los dos. Sabían que tarde o temprano tendrían que hablarlo todo, pero por ahora les bastaba con saber que el otro lo sentía igual.
Esa noche, mientras cenaban bajo la luz tenue de la lámpara, la tensión flotaba entre ellos como una brisa cálida que no se iba. Omar la observaba de reojo cada pocos segundos, y cada vez que ella levantaba la vista, él desviaba la mirada con las mejillas ligeramente sonrosadas, como si hubiera sido descubierto haciendo algo prohibido.
—Sabes —dijo ella al fin, dejando el tenedor sobre el plato muy despacio—, antes me molestaba que me miraras tanto. Siempre parecías estar juzgando si mi forma de hacer las cosas era la correcta.
Omar soltó una risa baja, nerviosa.
—Antes te miraba porque me desesperabas. Ahora… ahora no puedo dejar de mirarte. Porque cada vez que lo hago, recuerdo cómo te brillaban los ojos antes de que te besara. Recuerdo que tu respiración se aceleró igual que la mía. Y no sé cómo hablar de ello sin que se me rompa la voz.
Annie sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Yo también recuerdo todo. Cada segundo. Incluso el miedo que sentí después. Porque supe en ese instante que ya no podía fingir que solo me caías mal. Que fingir era mentirme a mí misma.
—¿Y te asusta? —preguntó él, inclinándose un poco hacia adelante, con la expresión llena de incertidumbre—. ¿Te asusta que todo haya cambiado tanto, tan rápido?
—Me asusta que sea tan real —admitió ella con sinceridad—. Me asusta que no pueda volver a ver mi casa sin verte a ti en cada rincón. Me asusta que mi día no tenga sentido si no cruzo una palabra contigo. Pero más me asusta imaginar que nunca hubiera pasado ese beso.
Omar se levantó despacio de la silla, dio la vuelta a la mesa y se detuvo justo a su lado. No la tocó, pero su presencia llenó todo el espacio.
—Yo no quiero volver a la forma en que éramos antes —dijo él muy bajito—. No quiero los gritos sin sentido, ni las paredes entre nosotros, ni los apodos que esconden lo que sentimos. Quiero esto. Quiero el silencio que nos entiende. Quiero las miradas que no necesitan palabras. ¿Tú sí?
Ella levantó la vista y lo miró con toda la verdad en los ojos.
—Yo también quiero esto. Aunque no sepamos aún cómo llamarlo. Aunque nos equivoquemos al caminar.
Él le acarició suavemente el pelo, rozando apenas la oreja, un gesto lleno de respeto y ternura.
—No tenemos que ponerle nombre todavía —susurró—. Solo tenemos que dejar que siga creciendo. Sin prisas. Sin miedos.
Annie asintió, y por primera vez en días, respiró con total calma. Ya no había secretos entre ellos, ni silencios incómodos: solo dos personas que sabían que su vida nunca volvería a ser la misma, y que por fin, estaban dispuestos a caminar juntos hacia lo que viniera.