El Patrón mata sin pestañear. Pero no pudo con el tamplin de Catalina. Ahora la cuida desde lejos, y ella ni sabe que el hombre más temido de la ciudad daría su imperio por otro plato de su comida.
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EL SACO
Catalina no durmió bien.
No porque tuviera miedo. Sino porque el saco de Damián seguía colgado en su cuarto, en un gancho improvisado con un clavo.
Olía a él. A perfume caro y a algo que ella no sabía nombrar. Poder, tal vez. O soledad.
Cada vez que pasaba por el cuarto, se detenía un segundo. Solo para olerlo de lejos. Era ridículo, lo sabía.
"Lo tengo que devolver hoy" se dijo mientras se ponía el delantal negro, el mismo de siempre, ya desteñido en los bordes. "No puedo quedarme con esto. La gente va a hablar."
A las 6 pm, con el saco doblado perfectamente en una bolsa de tela que usaba para las compras, Catalina montó su puesto en el mercado.
El frío de julio en Quilmes calaba hasta los huesos. Pero ella no se puso un abrigo. Tenía el saco de Damián y eso la hacía sentir tonta si se ponía otro encima.
Las manos le temblaban mientras picaba la papa. ¿Y si Damián se enojaba porque lo tocó? ¿Y si pensaba que se lo quería robar? ¿Y si le cobraba?
El corazón le latía rápido. No era normal. Nunca le había dado tanto nervio devolverle algo a un cliente.
A las 7:15 pm, como un reloj, la camioneta negra apareció doblando en la esquina. Los faros iluminaron el puesto medio vacío.
Damián bajó. Como siempre: traje negro impecable, cara seria, guardaespaldas dos pasos atrás mirando a todos lados.
Pero hoy había algo diferente. Antes de saludar, sus ojos se fueron directo a la bolsa que Catalina tenía en las manos, apretada contra el pecho.
"Sacó" dijo él. Voz grave. Directo.
Catalina tragó saliva. La boca se le secó. "Sí. Se lo... se lo traje. Gracias por prestármelo anoche."
Le extendió la bolsa con las dos manos, como si fuera algo sagrado.
Damián no la agarró. Se quedó mirándola. Mirándola a ella, no a la bolsa. Como estudiándola.
"¿Lo lavaste?" preguntó al fin.
"¡No!" Catalina se apuró, asustada. "No, no. No me atreví. Solo lo sacudí. Está... está igual. Se lo juro."
Mentira. Lo había olido 20 veces. Y una vez se lo puso 5 minutos antes de dormir solo para sentir el calor.
Damián suspiró. Era un suspiro chiquito, casi imperceptible. Agarró la bolsa. La abrió despacio. Sacó el saco negro y se lo puso encima del traje sin apuro.
Le quedaba perfecto. Obvio. Todo le quedaba perfecto a él.
"Gracias" dijo. Y se sentó en la silla de plástico como si fuera un trono.
Silencio.
Catalina empezó a servir tamplin como todos los días. Pero hoy sus manos temblaban más. Se le cayó una cucharada al piso.
"Perdón" murmuró, agachándose a limpiar.
"Déjalo" dijo Damián. "Siéntate."
"¿Eh?"
"Siéntate 2 minutos. No estás vendiendo ahora."
Catalina obedeció. Se sentó frente a él. El frío le subía por las piernas.
"¿Dormiste bien?" preguntó Damián de repente, revolviendo el tamplin sin comerlo.
A Catalina casi se le cae el alma. "¿Eh?"
"Dormiste bien" repitió. Sin mirarla. Mirando el caldo. "Con mi saco encima."
Catalina se puso roja hasta las orejas. El calor le subió al rostro. "¿Cómo... cómo sabe?"
"Porque olía a ti cuando me lo devolviste" dijo él, simple. Como si hablara del clima. "Y anoche olía a mí."
Catalina quiso que se la tragara la tierra. Se tapó la cara con las manos un segundo.
Le sirvió el tamplin. Él comió. Como siempre, en silencio. Pero hoy el silencio pesaba diferente. Era denso. Eléctrico.
A mitad del plato, Damián habló otra vez. Sin levantar la vista.
"¿Por qué lo devolviste tan rápido?"
"¿Qué?"
"Mi saco. Pudiste quedártelo 2 días más. Hace frío en las noches. Te vi tiritar ayer."
Catalina se quedó quieta. La cuchara a medio camino de la boca. "No... no es mío, señor. No puedo..."
"Señor" Damián dejó la cuchara. El ruido del metal contra el plato sonó fuerte. "Otra vez señor."
"Es que usted es..." Catalina buscó palabras. "Importante. Peligroso. Rico. Y yo soy..."
"¿Y tú qué eres?"
"Nadie."
Damián se recostó en la silla de plástico. Se veía fuera de lugar ahí, pero a la vez como si perteneciera. Como si pudiera hacer que cualquier lugar fuera suyo.
"Y tú" dijo. Y la señaló con la cuchara. "Eres terca. Trabajadora. Te levantas a las 4 am. Y cocinas el mejor tamplin de esta ciudad. Eso no es nadie."
Catalina no supo qué decir. Se le hizo un nudo en la garganta.
"Quédate con el saco" dijo él de repente.
"¿Qué?"
"Te dije que te lo quedaras. El frío está fuerte y tú sales a las 10 pm sola. No me gusta."
"Pero es caro... debe costar miles..."
"Para mí no." La cortó. "Para mí cuesta menos que ver cómo te congelas."
Catalina lo miró. En serio lo decía. No era burla. No era trampa. En sus ojos negros no había nada. Solo decisión.
"Gracias" susurró. La voz le salió chiquita.
Damián asintió. Terminó de comer. Pagó el doble de siempre, como siempre. Y antes de irse se quedó parado un segundo más.
"Mañana trae el saco puesto." No fue pregunta. Fue orden. "Quiero ver si te abriga."
Y se fue. La camioneta se perdió en la esquina.
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Catalina se quedó parada 5 minutos después de que se fuera. Con la bolsa vacía en las manos.
"Trae el saco puesto"
¿Eso qué significaba? ¿Que le importaba? ¿O solo era control?
Esa noche llegó a casa y no guardó el saco. Lo sacó de la bolsa y se lo puso.
Le quedaba gigante. Le llegaba a las rodillas. Las mangas le tapaban las manos. Y olía a él. Intenso.
Se miró al espejo rajado que tenía. Por primera vez en años se vio... protegida. Arropada.
Durmió con él puesto. Y soñó que alguien le tapaba con una manta.
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Al día siguiente, Catalina fue al puesto con el saco negro puesto encima delantal.
Le quedaba ridículo. Enorme. Parecía una niña jugando a ser grande. Pero calentito. Tan calentito.
La gente del mercado la miró raro. "¿Te lo regalaron, Cata?"
"Me lo prestaron" mintió.
A las 7 pm en punto llegó Damián.
La vio desde lejos. Y por primera vez, Catalina juró que vio algo en su cara.
No era seriedad. No era molestia.
Era... satisfacción. Como si hubiera ganado algo.
"Así" dijo él, sentándose. "Mejor."
Catalina sirvió el tamplin. Hoy le había puesto más ají. No sabía por qué. Tal vez para ver si él hacía una cara.
Comieron.
El frío estaba peor hoy. Se le veía en el aliento.
"¿Frío?" preguntó Damián, notándolo.
"Un poco." Mintió. Tenía mucho frío.
Sin decir nada, Damián se quitó el saco que traía puesto y se levantó. Rodeó la mesita y se lo puso a ella encima del otro saco. Le acomodó el cuello con las manos. Despacio.
Ahora Catalina tenía 2 sacos encima. Parecía un oso polar. No podía mover los brazos.
Damián la miró y algo en su boca se movió. Casi una sonrisa. Casi.
"Ya" dijo. "Ahora sí no tienes frío."
Catalina sintió que el corazón se le iba a salir. El olor de él la envolvió doble. "Gracias... Damián."
Él levantó la cabeza al oír su nombre en su boca. Como si le hubiera dado un golpe.
"Dilo otra vez."
"¿Qué?"
"Mi nombre. Dilo."
"Damián." Lo dijo bajito.
Él cerró los ojos medio segundo. Aspiró. "Bien."
Terminaron de comer. El guardaespaldas se acercó y tosió.
"Señor, tenemos que irnos. Hay reunión."
Damián se levantó. Pero antes de irse se inclinó un poco hacia Catalina. Tanto que ella pudo sentir su perfume.
"El saco te queda bien" dijo bajito. Solo para ella. "Póntelo todos los días. ¿Entendiste?"
Catalina asintió. No podía hablar.
Y se fue.
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Esa noche Catalina llegó a casa con 2 sacos.
Se quitó uno. El de Damián se lo quedó puesto. Se metió en la cama y se tapó con el otro.
Se sentó y pensó mirando al techo:
Primero me invitó a cenar.
Ahora me presta 2 sacos.
Me ordenó que lo use.
Y me dijo que diga su nombre.
Algo estaba cambiando. Algo se estaba rompiendo entre ellos.
Y le daba miedo. Mucho miedo. Porque los hombres como Damián no prestan sacos por amabilidad.
Y a la vez no.
Porque por primera vez en mucho tiempo, alguien se preocupaba si tenía frío. Si comía. Si dormía.
Y eso, viniendo de un jefe mafioso, daba más miedo todavía.
**FIN CAPÍTULO 5**