Ella renace en un nuevo mundo, muy distinto a todo lo que conocía y decide crear su propia historia.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Entre libros 2
Los días comenzaron a adquirir una rutina tan tranquila que Melody, en ocasiones, olvidaba que aquella vida había comenzado con una reencarnación.
Todo parecía fluir con una naturalidad inesperada.
Como si la mansión Fletcher siempre hubiera tenido un lugar reservado para ella.
Las mañanas comenzaban temprano.
Melody ya había adquirido la costumbre de levantarse antes de que saliera completamente el sol para contemplar, desde los ventanales de su habitación, cómo el cielo se teñía lentamente de tonos rosados sobre el inmenso océano de nubes.
Después se preparaba con calma.
Y bajaba al comedor.
Francis casi siempre llegaba unos minutos después.
—Buenos días.
—Buenos días.
Aquellas dos palabras bastaban para que ambos sonrieran.
Desayunaban tranquilamente.
Hablaban de los libros que Melody había leído la noche anterior.
De alguna carta comercial interesante que Francis había recibido.
De las noticias llegadas desde otros reinos.
O simplemente contemplaban el paisaje mientras compartían el desayuno.
No necesitaban llenar todos los silencios.
Aunque a veces se llenaban con caricias y besos.
Con el tiempo descubrieron que también era agradable compartirlos.
Cuando terminaban de desayunar, cada uno comenzaba sus responsabilidades.
Francis regresaba a su despacho.
Lo esperaban administradores, comerciantes, documentos y reuniones.
Ser conde significaba tomar decisiones durante casi todo el día.
Melody lo acompañaba hasta la puerta del despacho.
—No trabaje demasiado.
Le recordaba.. Él sonreía.
—Solo si usted promete comer a la hora.
Ella hacía una expresión pensativa.
—Eso será más difícil.
Francis soltaba una pequeña risa.
—Lo suponía.
Después cada uno seguía su camino.
Melody regresaba a la biblioteca.
Las horas transcurrían entre enormes mapas, tratados de historia, novelas antiguas y manuscritos de Forest.
A veces descubría datos curiosos y corría hasta el despacho para anotarlos y preguntárselos más tarde a Francis.
Otras simplemente se perdía entre las estanterías durante toda la mañana.
Al mediodía, la doncella iba siempre a buscarla.
—Señorita. Es hora del almuerzo.
Melody levantaba la vista del libro con resignación.
—Cinco páginas más...
La doncella sonreía.
—El conde dijo que respondería exactamente eso.
Melody suspiraba.
—Ya ni siquiera tengo derecho a intentar negociar...
El almuerzo casi siempre se servía en los jardines.
Era una costumbre que Francis decidió mantener después de la reunión con los invitados.
Las mesas se instalaban bajo los árboles.
Desde allí podían contemplar las nubes moviéndose lentamente bajo la montaña.
Melody terminaba contando alguna anécdota divertida que había encontrado en un libro.
Francis respondía con otra historia relacionada.
Muchas veces discutían amistosamente sobre acontecimientos históricos.
—Ese autor exagera.
Decía Melody.
—Solo un poco.
Respondía Francis.
—Muchísimo.
—Está bien.
—Muchísimo.
Y ambos terminaban riéndose.
Después del almuerzo, sus caminos volvían a separarse.
Francis regresaba nuevamente al trabajo.
Melody, como era de esperar, volvía a la biblioteca.
Ya conocía cada rincón.
Cada escalera.
Cada sección.
Los sirvientes incluso habían preparado un pequeño escritorio junto a uno de los ventanales porque sabían que pasaba allí gran parte del día.
La biblioteca comenzaba a sentirse un poco como suya.
Cuando la tarde empezaba a caer...
Francis aparecía.
Nunca hacía ruido al entrar.
Simplemente caminaba entre las estanterías hasta encontrarla.
A veces estaba sentada en el suelo rodeada de libros.
Otras sobre una escalera móvil intentando alcanzar algún volumen olvidado.
En ocasiones, completamente concentrada sobre un enorme atlas.
Él sonreía.
—Sabía que estaría aquí.
Melody levantaba la vista.
—¿Ya terminó?
—Por hoy.
Ella cerraba inmediatamente el libro.
—Entonces ahora le toca leer.
Francis fingía resignación.
—No tengo elección, ¿verdad?
—Ninguna.
Elegían algún rincón tranquilo de la biblioteca.
Uno de aquellos grandes sillones junto a la ventana.
O una alfombra frente a la chimenea cuando el clima era frío.
Melody leía en voz alta algunos fragmentos.
O Francis compartía con ella antiguos diarios de viaje que solo existían en aquella colección.
Las conversaciones surgían naturalmente.
A veces discutían sobre el comportamiento de algún personaje histórico.
Otras imaginaban cómo habría sido viajar hasta Forest siglos atrás.
Y, sin darse cuenta, terminaban cada vez un poco más cerca el uno del otro.
Melody apoyaba distraídamente la cabeza sobre el hombro de Francis mientras seguía leyendo.
Él continuaba pasando las páginas con tranquilidad.
En algún momento entre una historia y otra, sus manos terminaban entrelazándose.
No hacía falta hablar de ello.
Simplemente ocurría.
Cuando alguno encontraba un pasaje especialmente hermoso, lo compartía con el otro.
Cuando una discusión literaria se volvía demasiado apasionada, ambos terminaban riéndose antes de intentar convencer al contrario.
Y, entre una página y la siguiente, aparecía un gesto cariñoso.
Una caricia en la mano.
Un beso en la frente.
Una sonrisa compartida cuando sus miradas se encontraban por encima de un libro abierto.
Era un afecto tranquilo.
Sin prisas.
Construido en los pequeños momentos cotidianos.
Los sirvientes comenzaron a notar aquella nueva rutina.
No porque vieran grandes demostraciones de amor.
Sino porque el conde Fletcher sonreía mucho más.
Porque la señorita Cartier ya no recorría la mansión únicamente con un libro, sino también con una alegría que parecía contagiar a todos.
Y porque la biblioteca, durante años silenciosa y solemne, ahora se llenaba con frecuencia de conversaciones, alguna risa inesperada y el suave sonido de dos personas disfrutando de la compañía mutua.
Melody, por su parte, descubría cada día una verdad que jamás había esperado aprender.
El amor no siempre llegaba con grandes declaraciones.
A veces se construía compartiendo un desayuno.
Esperando al otro para almorzar.
Comentando un capítulo antes de dormir.
O leyendo en silencio mientras una mano encontraba la otra.
Y esa calma, sencilla y cotidiana, terminó convirtiéndose en uno de los tesoros más valiosos de su nueva vida.
Te saltaste un paso muchacho!!!
Te saltaste un paso muchacho!!!
Cuándo va a hablar con los padres de Melody este hombre!???