Beatriz reencarna en la villana de su novela favorita. La cual tiene un destino de muerte.
Beatriz, ahora Vania Lankaster, decide escapar a otra región para no morir.
¿Podrá Vania escapar de su destino?
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Capítulo 4: Las cartas
Pasaron varios días desde que Alana se golpeó la cabeza. Yo aproveché ese tiempo para recuperarme del todo y planear bien mi escape. Pero algo extraño comenzó a suceder: Alana despertó.
La primera vez que la vi después del accidente, estaba sentada en el jardín, mirando las rosas con una expresión que no le conocía. No era su típica mirada de desprecio ni de falsa dulzura. Era una mirada… calculadora. Fría. Como si estuviera evaluando cada movimiento que yo hacía.
—Buenos días, hermana —le dije al pasar, solo por cortesía.
Ella giró la cabeza lentamente y me observó de arriba abajo. Una sonrisa leve, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.
—Buenos días —respondió. Su voz sonaba diferente, más profunda, menos irritante.
No me agredió. No me insultó. Simplemente se quedó allí, mirándome. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Algo no estaba bien. Pero decidí no darle importancia. Tal vez el golpe la había vuelto más cautelosa, o quizás estaba tramando algo peor.
Los días siguientes fueron iguales. Alana se mantenía alejada de mí, pero siempre la sentía cerca, observando desde una esquina, desde una ventana, desde el otro extremo del comedor. Ya no me empujaba ni me gritaba. Solo miraba. Y esa mirada era más aterradora que cualquier golpe.
Un día, el Duque tuvo que ausentarse por asuntos de negocios. Aproveché la oportunidad para hablar con la Duquesa. Necesitaba su permiso para salir al mercado.
Subí las escaleras con paso firme y me dirigí a la habitación de los Duques. La puerta estaba entreabierta. Iba a tocar cuando escuché un sollozo. Me asomé con cuidado y vi a la Duquesa sentada frente a su tocador, llorando en silencio mientras sostenía una pequeña fotografía.
Apreté los labios. ¿De quién sería esa foto? Me acerqué un par de pasos sin hacer ruido y pude distinguir el rostro de una chica de cabello rubio, casi idéntica a mí. Clara. La hija mayor. La que había escapado.
La Duquesa levantó la vista y me vio. Sobresaltada, escondió la foto dentro de un cofre pequeño y lo cerró de golpe.
—¿Qué haces aquí, Vania? —preguntó, secándose las lágrimas con rapidez.
—Disculpe, madre. Vine a pedirle permiso para salir al mercado. Necesito algunas cosas.
Ella asintió sin mirarme a los ojos.
—Está bien. Ve, pero no tardes.
—Gracias, madre.
Salí de la habitación, pero mi mente se quedó allí, en esa foto. ¿Por qué lloraba por Clara? ¿Acaso la extrañaba? Y si la extrañaba tanto, ¿por qué se hacía la que no existía? Algo me decía que debía investigar más.
Pero primero, el mercado.
Salí acompañada de Ivonne, mi sirvienta. Recorrí los puestos con calma, comprando vestidos sencillos, algunos alimentos no perecederos, una cantimplora, una manta… Cosas que a cualquiera le parecerían extrañas para una joven de la nobleza. Ivonne me miraba de reojo, como preguntándose para qué necesitaba yo todo eso si en el Ducado tenía de sobra.
—Señorita, ¿está usted bien? —se atrevió a preguntar.
—Sí, Ivonne. Solo quiero tener mis propias cosas, ¿está mal?
—No, señorita. Para nada.
También compré dos vestidos caros de segunda mano, con la intención de venderlos después y tener más dinero. Todo lo que compré lo metí en una bolsa grande que llevaba oculta.
Regresé al Ducado justo antes del atardecer. Subí a mi habitación, escondí la bolsa debajo de la cama y suspiré aliviada. Un paso más cerca de la libertad.
Bajé al comedor para merendar algo. Allí pregunté por los Duques.
—El Duque regresó hace un momento y se llevó a la Duquesa a una reunión con otros nobles —respondió Ivonne.
Mi corazón dio un salto. Era la oportunidad perfecta. Terminé de merendar rápidamente y, cuando nadie miraba, me escabullí hacia la habitación de los Duques. Cerré la puerta con cuidado y me dirigí al tocador. Allí estaba el cofre. Lo abrí.
Dentro encontré la foto que había visto antes y un montón de cartas, todas con la misma caligrafía elegante. Las tomé con manos temblorosas y empecé a leer.
Carta tras carta, la historia de Clara se desplegaba ante mis ojos. Había escapado porque no quería casarse con el Emperador. Investigó las regiones cercanas y encontró que Zaláz era la mejor opción. Allí había conocido al amor de su vida. Se había casado. Tenía tres hijos, todos hermosos. Y en la última carta, escrita con una letra un poco temblorosa, anunciaba que estaba embarazada de su cuarto hijo.
Cerré los ojos. La Duquesa no lloraba por una hija perdida, sino por una hija que había elegido irse. Extrañaba a Clara. Extrañaba a sus nietos. Y seguramente se preguntaba por qué de repente las cartas habían dejado de llegar.
Guardé las cartas en su lugar, pero me quedé con la foto. Algo me decía que debía tenerla conmigo. Quizás algún día pudiera devolvérsela a Clara.
Salí de la habitación con sigilo, y al doblar el pasillo me topé con Alana. Estaba recostada contra la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
—¿Qué hacías en la habitación de mamá y papá? —preguntó, con una voz demasiado calmada.
Mi corazón se aceleró. Traté de mantener la compostura.
—Vine a buscar un pendiente. Esta mañana vine a ver a la duquesa y esperaba encontrarlo aquí.
Alana inclinó la cabeza, como si sopesara mis palabras.
—¿Y lo encontraste?
—No, no lo encontré. Debo irme, tengo cosas que hacer.
Me fui rápidamente, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. No me di la vuelta, pero supe que ella entró a la habitación.
Alana encontró las cartas. Las leyó todas, una por una. Luego las guardó en su lugar.
—Así que esto es lo que buscabas realmente —murmuró para sí misma, mientras una sombra de interés cruzaba sus ojos.
Esa noche, todos nos reunimos en el comedor para cenar. Los Duques también estaban presentes. Comíamos en silencio cuando el Duque dejó los cubiertos y carraspeó.
—Tengo un anuncio que hacer.
Todos dejamos de comer. Yo levanté la vista, preparándome para lo peor.
—Mañana por la noche se celebrará un baile en palacio. Vania será presentada ante el Emperador. Hemos acordado el matrimonio entre ustedes.
Sentí que la sangre me hervía. Apreté los puños debajo de la mesa y lo miré directamente a los ojos.
—¿Acaso mi opinión no vale nada? —pregunté, tratando de mantener la calma.
El Duque frunció el ceño y su voz se volvió cortante.
—En esta casa se hace lo que yo ordeno. ¿Entendido?
—Entendido —respondí entre dientes.
Empujé la silla hacia atrás y me levanté sin terminar la cena.
—Buenas noches.
Subí a mi habitación furiosa. Pero esa furia se transformó en determinación. Ya había hecho los preparativos. Esa misma noche escaparía.
Recordé que en el mercado me había encontrado con unos pescadores. Les había preguntado si, por dinero, me llevarían a donde yo quisiera. Uno de ellos, un hombre mayor de barba gris, aceptó.
—¿Adónde desea ir, señorita? —me preguntó.
—A Fúaz —respondí—. ¿Es posible?
—Sí, pero tendrá que pagar bien.
—No se preocupe. Lo haré.
Acordamos que partiríamos la noche siguiente, justo después del baile. Le di las coordenadas y me aseguré de que estuviera listo.
Esa noche, cuando todos en el Ducado dormían, salí por la ventana de mi habitación. Bajé con cuidado por el enrejado hasta el jardín y corrí hacia el puerto. El pescador me esperaba con su pequeña embarcación.
—¿Todo listo? —pregunté.
—Sí, señorita. Mañana en la noche, después de que se ponga el sol, la estaré esperando aquí mismo.
—Gracias.
—No olvide el dinero.
—Descuide.
Regresé al Ducado por el mismo camino. Me cambié de ropa, me puse un camisón ligero y me metí en la cama. Cerré los ojos y pedí que el día de mañana pasara rápido.
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Muchas gracias por leer 💜 💫 💫
Los quiero 💕