Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Señor Esposo 2
A la mañana siguiente...
Para sorpresa de Harriet...
El duque apareció en el jardín.
Ella estaba sentada sobre la ya conocida manta, rodeada de juguetes de madera.
Eric intentaba quitarle un sonajero a Ellie.
Ellie, por supuesto, no tenía la menor intención de compartirlo.
Harriet levantó la vista.
[¿Qué hace aquí tan temprano?]
Edward caminó hasta ellos con su habitual expresión seria.
Harriet se puso de pie.
Le dedicó una sonrisa.
Era una sonrisa educada.
Muy correcta.
Y absolutamente falsa.
—Buenos días...
Hizo una pequeña pausa.
—...señor esposo.
Edward la miró durante un segundo.
Ella esperaba que simplemente asintiera.
Pero, para su sorpresa...
Él respondió.
Con exactamente el mismo tono.
—Buenos días...
Hizo una brevísima pausa.
—...esposa.
Los dos se quedaron mirando unos segundos.
Sonriendo.
Ninguno de los dos estaba realmente sonriendo.
[Pesado.]
[Perturbadora.]
Mary, que observaba desde atrás, sintió que podía ver pequeños rayos imaginarios chocando entre ambos.
[Esto da miedo.]
Edward desvió finalmente la mirada.
Y observó a los pequeños.
Se quedó inmóvil.
Hacía poco más de un mes...
Cuando partió de viaje...
Solo alcanzaba a verlos durante la noche.
Dormidos.
En silencio.
Ahora era completamente distinto.
Eric intentaba arrebatarle el juguete a su hermana.
Ellie respondía abrazándolo con todas sus fuerzas.
Los dos reían.
Balbuceaban.
Movían las pequeñas piernas sin parar.
Habían cambiado muchísimo.
[Pensé...]
[Que seguían siendo tan pequeños como cuando me fui.]
[Aunque la mayoría de las veces solo los he visto dormidos]
Harriet volvió a sentarse sobre la manta.
Como si el duque ya no existiera.
—¡Eric!
Le hizo una mueca exagerada.
El niño soltó una carcajada.
Luego Harriet infló los cachetes.
Ellie comenzó a reír tan fuerte que casi perdió el equilibrio.
Harriet empezó a mover un conejito de madera.
—¡Corre! ¡Que el caballito lo atrapa!
Los dos bebés estiraban sus pequeñas manos intentando alcanzar el juguete.
Edward observó la escena.
[Ella...]
[¿Siempre juega así con ellos?]
Por un instante pensó otra cosa.
[Quizá solo lo hace porque estoy aquí.]
Pero en ese momento apareció el mayordomo.
Sonrió con naturalidad.
—Lady Harriet.
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
El anciano señaló a los pequeños.
—Esas risas significan lo de siempre.
Harriet miró inmediatamente a los bebés.
Eric comenzaba a llevarse todo a la boca.
Ellie agitaba las manos emocionada.
Harriet sonrió.
—Es verdad.
Se puso de pie.
—Llegó la parte difícil.
Edward frunció ligeramente el ceño.
—¿Difícil?
Harriet soltó una pequeña risa.
—Tienen casi un año. Están aprendiendo a comer.
Suspiró con dramatismo.
—Y terminan con comida hasta en las orejas.
Mary asintió resignada.
—Ayer Eric intentó darle puré a la pared. Y Ellie decidió que su vestido también tenía hambre.
Harriet comenzó a reír.
Entonces miró directamente al duque.
Con una sonrisa desafiante.
—Su Excelencia...
Edward sintió un mal presentimiento.
—¿Sí?
—¿Nos ayudará a darles la comida?
Edward permaneció inmóvil.
[Ayudarlos...]
[Darles de comer...]
[No tengo idea de cómo hacerlo.]
Por supuesto...
Jamás diría eso.
Porque ya podía imaginar perfectamente la expresión de Harriet.
"¿El gran duque Montagu no sabe alimentar a sus propios hijos?"
No.
Definitivamente no.
Enderezó la espalda.
—Tengo asuntos urgentes.
Harriet sonrió.
[Lo sabía.]
—Entiendo. El ducado sobrevivirá sin usted... Pero el puré no.
Edward decidió fingir que no había escuchado esa última parte.
Hizo una pequeña inclinación.
—Con permiso.
Y se retiró con toda la dignidad que pudo reunir.
Harriet lo vio alejarse.
[Pesado.]
Aquella noche...
Cuando toda la mansión estaba en silencio...
Edward llamó discretamente al mayordomo.
El anciano apareció pocos minutos después.
—¿Su Excelencia?
Edward carraspeó.
—Necesito hacerle una consulta.
El mayordomo esperó.
Edward habló con absoluta seriedad.
—¿Cómo... se les da de comer a los niños?
El mayordomo sintió que algo dentro de él quería estallar de risa.
Pero llevaba demasiados años de servicio.
Su rostro permaneció completamente serio.
Aunque por dentro...
[Esta sí que no me la esperaba.]
Carraspeó discretamente.
—¿Puedo preguntar por qué desea saberlo?
Edward desvió un instante la mirada.
Luego respondió con total sinceridad.
—Porque...
Hizo una pequeña pausa.
—Seguramente el duque Felix... O el duque Dante... Sabrían hacerlo.
El mayordomo parpadeó.
Edward continuó.
—Y no quiero que Harriet se burle de mí.
El anciano tuvo que apretar los labios.
Con muchísima fuerza.
[¿El problema no es aprender...]
[El problema es que Lady Harriet gane.]
Respiró profundamente antes de responder.
—Con gusto se lo explicaré.
Edward tomó inmediatamente una hoja en blanco.
Y una pluma.
Como si estuviera asistiendo a una reunión estratégica.
—Empiece.
El mayordomo comenzó.
—Primero se coloca un pequeño babero...
Edward escribió.
"Babero."
—Luego se sienta al niño correctamente.
"Sentarlo."
—Después se ofrece una pequeña cucharada.
Edward levantó la mano.
—¿Qué tamaño debe tener la cucharada?
El mayordomo respondió.
—Pequeña.
Edward anotó.
"Cucharadas pequeñas."
—No debe apresurarlos.
Edward volvió a escribir.
"No acelerar la operación."
—Si escupen la comida...
Edward levantó nuevamente la vista.
—¿Es un escenario frecuente?
El mayordomo casi perdió la compostura.
—Bastante.
Edward hizo otra anotación.
"Alta probabilidad de escupir."
—También intentarán agarrar la cuchara.
"Defender cuchara."
—Y probablemente terminarán manchando la ropa.
"Daños colaterales inevitables."
El mayordomo ya no sabía si estaba enseñando a alimentar bebés...
O preparando un plan militar.
Cuando terminó la explicación...
Edward revisó cuidadosamente todas sus notas.
Asintió con absoluta seriedad.
—Entendido.
El anciano hizo una reverencia.
Mientras abandonaba la oficina pensó con una enorme sonrisa.
[Lady Harriet cree que está desafiando al duque...]
[Pero no tiene idea...]
[De que Su Excelencia acaba de convertir la hora del almuerzo...]
[En una misión de importancia ducal.]