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Mi Misión Es Eliminar A La Heroína

Mi Misión Es Eliminar A La Heroína

Status: En proceso
Genre:Romance / Fantasía / Timetravel / Aventura
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Luz de luma

Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.

El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.

Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.

Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.

Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.

Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.

NovelToon tiene autorización de Luz de luma para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 1 — DONDE NO PERTENEZCO.

El suelo de piedra estaba frío.

Esa fue la primera certeza que Elysia tuvo al despertar por segunda vez. No era el tatami del gimnasio. No era el colchón de su apartamento. Era piedra. Dura, irregular, con juntas de argamasa vieja que arañaban las plantas de los pies descalzos.

Se quedó sentada al borde de la cama un buen rato. La luz seguía entrando por la misma ventana minúscula, pero ahora tenía un tono anaranjado. Atardecía. Había dormido horas. O quizá días. Su cuerpo seguía quejándose, pero el dolor era más manejable, como si alguien hubiera bajado el volumen de sus terminaciones nerviosas.

Se pellizcó el brazo. Le dolió.

—No es un sueño —murmuró.

Se levantó con cuidado. La habitación era igual de austera que en su primer vistazo, pero ahora notó detalles que antes se le escaparon. El arcón de madera tenía grabado un emblema: una espada cruzada con una rama de algo que parecía laurel. El candelabro era de hierro forjado, tosco, funcional. Y en una esquina, apoyada contra la pared, había una espada envainada.

Una espada.

Elysia se acercó. El cuero de la vaina estaba gastado, pero cuidado. La empuñadura mostraba marcas de uso. No era decorativa. Era un arma de verdad, vivida, afilada quién sabe cuántas veces. La levantó. Pesaba. No demasiado. Lo justo para recordarle que no estaba en Kansas.

Se miró en el espejo otra vez. La mujer del reflejo seguía siendo ella. Ojos oscuros, ceño ligeramente fruncido por costumbre, pelo recogido en una coleta baja que había visto días mejores. Pero ahora notó la cicatriz sobre la ceja. Finísima. Plateada. No la tenía en su vida anterior. Tampoco tenía ese callo en el pulgar, justo donde se apoya la guardia de una espada después de horas de práctica.

Su cuerpo sabía cosas que su mente ignoraba.

Respiró hondo. Vale, Elysia, analiza. Estás en un lugar desconocido. Te han golpeado. Hay un tipo que te habla como si fueras de su propiedad. No tienes teléfono. No tienes idea de cómo volver. El pánico no sirve. La acción sí.

Salió de la habitación.

El pasillo era angosto, con paredes de la misma piedra gris. Antorchas. Antorchas de verdad, con fuego real crepitando en soportes de hierro. El pasillo desembocaba en una escalera de caracol que bajaba hacia lo que parecía un patio interior. Elysia descendió los escalones, una mano apoyada en la pared para no perder el equilibrio.

El patio era amplio, descubierto. El cielo ya estaba casi oscuro, salpicado de estrellas que no reconocía. Alrededor, más muros de piedra, más antorchas, un edificio entero que olía a viejo, a tierra mojada, a caballos.

Y en el centro del patio, había gente entrenando.

Se detuvo en seco. Eran hombres y mujeres, todos vestidos con ropa de combate similar a la suya: túnicas reforzadas, protecciones de cuero, botas altas. Se movían en formaciones, blandiendo espadas de madera, sudando, gruñendo. Un instructor gritaba correcciones con una voz tan ronca que parecía estar escupiendo gravilla.

Nadie la miró. Nadie la saludó. Era como si su presencia fuera esperada. Normal.

Elysia apretó los puños. Vale. Esto es un campo de entrenamiento militar. O algo parecido. Y yo soy una de ellos. O eso parece.

—Llegas tarde.

La voz llegó desde atrás, tan cerca que dio un respingo. Se giró y allí estaba él. Aster. Tan imponente como lo recordaba, aunque ahora vestía algo más ligero: camisa negra, mangas arremangadas hasta los codos, antebrazos que parecían tallados en mármol. El pelo oscuro caía sobre la frente, despeinado por el viento. Sus ojos grises reflejaban la luz de las antorchas como dos ascuas frías.

—No sabía que tenía un horario —respondió Elysia, antes de pensarlo.

Silencio.

Uno largo.

Aster enarcó una ceja. Solo una. El gesto más mínimo, pero cargado de algo que Elysia no supo descifrar. ¿Diversión? ¿Ira? ¿Las dos cosas?

—Lo tienes —dijo él, sin molestarse en aclarar—. Has perdido tres días. No volverá a ocurrir.

Elysia contuvo el impulso de responder algo sarcástico. Recordó el puñal en su cinturón. La espada en su habitación. La cicatriz sobre su ceja. No sabes dónde estás. No sabes quién es este tipo. No abras la boca hasta que tengas información.

Él se adelantó y caminó hacia el centro del patio. Los guerreros dejaron de entrenar al verlo. El instructor calló. El silencio se extendió como una mancha de aceite.

—Mañana —anunció Aster, sin alzar la voz, pero con una autoridad que no necesitaba volumen— se reanuda el entrenamiento completo. Todos. Sin excepción.

Sus ojos fueron a Elysia. Ella sintió el peso de esa mirada como un ancla.

—Tú incluida. Quiero verte en forma. Si ese golpe te dejó inútil, lo sabré pronto.

Media vuelta. Se fue.

El entrenamiento se reanudó como si nada. Elysia se quedó en el borde del patio, sintiendo el frío de la piedra bajo los pies, el olor a sudor y cuero en el aire, el eco metálico de las espadas de madera chocando.

Inútil.

La palabra le escoció más de lo que quería admitir. En su vida anterior nadie le hablaba así. Porque nadie se atrevía. Porque siempre era la más rápida, la más fuerte, la que partía el tablero antes de que los demás terminaran de colocar las piezas. Pero aquí era otra cosa. Aquí era una pieza más. Y no sabía ni siquiera qué juego estaban jugando.

Se obligó a caminar. Recorrió el patio. Observó los movimientos de los guerreros. Algunos le lanzaban miradas fugaces, pero nadie le dirigía la palabra. Miedo o respeto. O ambas.

Se fijó en un hombre de complexión robusta que practicaba solo, repitiendo una secuencia de cortes contra un poste de madera. Su forma era tosca pero efectiva. Cada golpe vibraba en el aire. Elysia se detuvo a mirarlo. Algo en su cerebro, en lo más profundo, reconoció el patrón. No conscientemente. Su cuerpo.

—¿Vas a mirar o vas a practicar?

Era una mujer. Más baja que ella, pelo castaño recogido en una trenza apretada, mirada verde y directa. Iba armada con dos dagas y las hacía girar con una soltura que delataba años de oficio.

—Estoy… recuperándome —dijo Elysia, señalándose la cabeza.

La mujer bufó.

—Todos estamos recuperándonos de algo. Aquí dentro nadie está entero. —La miró de arriba abajo, evaluándola como quien revisa una mercancía—. Eres la comandante. No deberías mostrar debilidad.

Comandante.

La palabra le cayó como un ladrillo. Así que era eso. No era una soldado raso. Era la comandante de las tropas del hombre de negro. Del tipo que le acababa de llamar inútil y que tenía pinta de no tolerar fallos.

—No voy a mostrar debilidad —dijo Elysia, enderezándose—. Solo necesito… recolocarme.

La mujer sonrió de medio lado. No era una sonrisa amable.

—Pues recolócate rápido. Si no, el señor Aster te quitará del medio. Y no con una carta de despido.

Se fue sin esperar respuesta, sus botas marcando un ritmo seco contra la piedra.

Elysia se quedó sola junto al poste de entrenamiento. El guerrero robusto seguía golpeando la madera, ajeno a todo. El sonido era hipnótico. Metálico. Constante.

Miró sus manos. Los callos. Las cicatrices. La fuerza que sentía latiendo en sus brazos sin saber de dónde venía.

—Comandante —repitió en voz baja.

No sabía quién había sido esa mujer antes del golpe. Pero estaba empezando a entender que aquí, en este lugar, ser débil no era una opción.

Y si algo se le daba bien a Elysia era no rendirse.

Se giró hacia el poste de madera. El guerrero robusto terminó su serie y se apartó, jadeando. Le ofreció la espada de práctica con un gesto.

—¿Una ronda, comandante?

Elysia la tomó. El peso del arma era familiar y extraño a la vez. La giró en su muñeca. Su cuerpo respondió solo, encontrando el equilibrio, la postura, el ángulo de ataque.

—Una ronda —aceptó.

Y cuando la madera chocó contra la madera, algo dentro de ella despertó del todo.

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Noé sanchez
me muero por saber que pasa a continuación autora por favor continúe la historia!!
Elysia: muchas gracias 😭 hoy justo subi este cap, el prox es el domingo, peroooo a lo mejor sin confirmar nada, talvez subo otro antes
total 1 replies
Elysia
Me voy a autopuntear porque es mi creación favorita
Cliente anónimo
NECESITO MAAAAAAS
Cliente anónimo
y si tiene hambre?
Cliente anónimo
owwww
Cliente anónimo
soy yo
Cliente anónimo
lei pelon 😭
Cliente anónimo
Toco decirle chachorro
Cliente anónimo
aja
Cliente anónimo
curioso
Cliente anónimo
padres en común nomas
Cliente anónimo
se pueden ambas?
Cliente anónimo
ni los muertos andan en paz creo
Cliente anónimo
nah, la vecina
Cliente anónimo
como habrá crecido una comandante así?
Cliente anónimo
tons no era de los ovnis?
Cliente anónimo
bueno, al menos le sirve
Cliente anónimo
Detallitos....
Cliente anónimo
me robare el decir "no era un cumplido, era una observación"
Cliente anónimo
de chivo o como?
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