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El Juego De Las Apariencias

El Juego De Las Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Enfermizo
Popularitas:322
Nilai: 5
nombre de autor: E.white Verdun

​¿Hasta dónde llegarías para sobrevivir en un mundo de mentiras?
​Elara Varela ha perdido su herencia y su dignidad a manos de su propia familia, pero tiene una última carta que jugar, un matrimonio arreglado con el hombre más poderoso y enigmático de la región. Damian Montecristo vive confinado a una silla de ruedas, rodeado de enemigos que acechan su imperio.
​Lo que nadie sospecha es que ambos guardan secretos letales. Elara oculta una mente brillante tras su fragilidad, y Damian esconde una fortaleza que desafía a la parálisis que todos creen real. En esta red de engaños, traiciones y ambición, lo único prohibido es confiar... y, sin embargo, es lo único que podría salvarlos.
​Bajo una misma máscara, la verdad es el arma más peligrosa.

NovelToon tiene autorización de E.white Verdun para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Vínculo de papel y hielo

El día de la ceremonia amaneció envuelto en una niebla espesa que apenas dejaba ver los árboles cercanos a la mansión, como si el propio paisaje quisiera ocultar lo que allí sucedería. No hubo música, ni invitados, ni flores decoradas, ni alegría de ninguna clase, solo la presencia fría y solemne del funcionario encargado, el mayordomo Ferrer, y los dos protagonistas de aquella unión sin amor.

Elara llevaba un vestido de tono marfil sencillo, sin bordados ni encajes excesivos, que caía recto hasta sus tobillos; su cabello lo tenía recogido con una sola cinta del mismo color. Se había mirado al espejo antes de bajar y se había dicho a sí misma, eres solo una sombra hoy. Que te vean tal como quieren, tranquila, sin voluntad, insignificante. Aun así, al dar los pasos necesarios apoyándose en su bastón fino de madera oscura, cada movimiento revelaba esa dignidad innata que ni la desgracia ni el dolor habían logrado arrancarle.

Damian la esperaba en el salón principal, cerca de la gran chimenea apagada. Seguía en su silla de ruedas, vestido con un traje negro impecable que lo hacía parecer aún más alto, serio e inalcanzable. Sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo en cuanto ella entró, sin expresión alguna, aunque ella creyó notar por un instante un brillo rápido de aprobación que desapareció casi al instante.

—Señorita Varela —dijo con voz grave, indicando el lugar a su lado —Empecemos cuanto antes. No hay razón para demorar lo que ya está decidido.

La ceremonia fue breve, casi mecánica. Las palabras que pronunciaron parecieron vacías, dichas solo por cumplir con la ley. Cuando llegó el momento de intercambiar anillos, Damian tomó su mano con sus dedos largos y fríos; el contacto fue breve, pero ella sintió una fuerza contenida en esa presión ligera, como si midiera hasta dónde podía llegar con su dominio. El anillo que le puso era fino, de oro blanco, sin piedras llamativas, discreto, igual que todo lo que él elegía.

—A partir de este momento, es usted la señora Montecristo —anunció el funcionario cerrando el libro con un golpe seco —La unión queda legalizada.

Al irse los pocos presentes, quedaron solos en la inmensa estancia, rodeados de silencio y de sombras alargadas por la luz tenue de las lámparas. Damian giró su silla hacia ella, manteniendo una distancia prudente pero llena de autoridad.

—Ahora que ya es mi esposa, le repetiré las reglas una vez más para que no haya confusiones —empezó él, con tono que no admitía réplica —Compartiremos espacios comunes, pero cada uno tiene su ala privada en la casa; usted no entrará en mi despacho ni en mis estudios a menos que yo la llame, y yo no invadiré sus habitaciones. No se le exigirá nada más que su presencia cuando sea necesaria ante terceros. ¿Claro?

Elara asintió suavemente, bajando la mirada como si fuera una niña regañada.

—Entendido, señor… esposo. Seré muy cuidadosa de no molestar su tranquilidad.

Dio un paso pequeño hacia un lado, fingiendo tropezar levemente por culpa de su pierna, apoyándose más fuerte en el bastón. Esperaba ver lástima o indiferencia… pero lo que captó en su mirada fue alerta, una observación aguda y calculadora, como si analizara cada movimiento para saber si realmente sufría o si todo era actuación.

—¿Le duele mucho? —preguntó de repente, sin suavidad, solo como quien verifica un dato.

—Sí… sobre todo con la humedad —respondió ella con voz bajita, mordiéndose el labio inferior con aparente debilidad — A veces me cuesta mucho caminar.

Él no respondió nada más, solo hizo una seña con la mano hacia la puerta.

—Ferrer le mostrará el resto de las instalaciones. Tiene libertad para moverse por los jardines y salones, pero le ruego no alejarse de los caminos conocidos. Hay zonas resbaladizas y peligrosas.

Ella se retiró despacio, sintiendo esa mirada clavada en su espalda hasta cruzar el umbral.

Pasaron los primeros días, y la rutina se instaló con rigidez. Se veían poco, en las comidas, siempre en silencio, separados por el largo de la mesa inmensa, con sirvientes alrededor que parecían no respirar. Damian siempre parecía absorto en papeles, informes, llamadas; hablaba con pocas palabras, cortante, con todos menos con sus empleados más antiguos, a quienes trataba con respeto distante.

Elara, por su parte, cumplía su papel a la perfección, pasaba horas mirando por la ventana, leyendo novelas sencillas, caminando despacio por los senderos del parque inmenso alrededor de la mansión, siempre con esa expresión tranquila y algo perdida, como si no tuviera ni una sola preocupación ni pensamiento profundo. Pero en cuanto estaba sola, sacaba pequeños cuadernos donde anotaba todo lo que veía y oía, nombres, cifras mencionadas de pasada, personas que venían a visitar, miradas que se cruzaban, la forma en que él movía las manos o apoyaba el peso del cuerpo… cada detalle podía ser importante.

Una tarde, mientras revisaba unos libros viejos en una estantería olvidada de la sala de lectura común, se le cayó un documento doblado entre las hojas, un esquema de inversiones, cifras complejas, proyecciones de negocios. Lo miró unos segundos, y sin darse cuenta empezó a repasar mentalmente los cálculos, corrigiendo errores pequeños de lógica que solo alguien formado en esas materias podía notar. Estaba tan concentrada que no escuchó las ruedas de la silla acercándose detrás de ella.

—¿Entiende algo de eso, señora Montecristo? —la voz profunda de Damian la sobresaltó tanto que casi se cae al suelo.

Se giró rápido, escondiendo el papel detrás de su espalda, poniendo cara de confusión y miedo inocente.

—¡Señor! Yo… perdone, no quería tocar nada que no me corresponda. Solo… vi números y letras, y no entiendo nada, de verdad. Parece todo muy complicado para alguien como yo.

Él se acercó despacio, hasta quedar a su altura, y extendió la mano para pedirle el papel. Ella se lo entregó con temor fingido, viendo cómo él lo miraba y luego volvía a mirarla a ella, con esa intensidad que la hacía sentir desnuda por dentro.

—Sin embargo, sostenía el papel con seguridad, y sus ojos seguían las líneas con claridad —murmuró él más para sí mismo —Curioso…

Lo guardó sin insistir más, pero algo había cambiado en su forma de mirarla: ya no era solo indiferencia o sospecha, sino una mezcla de curiosidad y desafío.

—Vuelva a sus cosas, Elara. Y recuerde: en esta casa, cada cosa tiene su lugar… y cada persona también.

Se alejó despacio, pero ella se quedó con el corazón acelerado. Casi me descubrió, pensó apoyándose en el estante, respirando hondo. Es mucho más perspicaz de lo que imaginé. Si sigo descuidándome, sabrá toda la verdad antes de que yo esté lista.

Esa noche, mientras el viento aullaba fuerte contra las ventanas, escuchó ruidos extraños en el pasillo, pasos apresurados, voces bajas, algo que sonó como un golpe seco. Se levantó con cuidado, tomó su bastón y salió despacio hasta la esquina, escondiéndose en la sombra. Vio a dos hombres desconocidos salir apresuradamente de la zona de los despachos, con expresión de alarma, y luego a Damian aparecer seguido por Ferrer. Aunque iba en su silla, la forma en que mantenía la espalda recta y la mandíbula apretada revelaba furia contenida… y algo más, una agilidad al girar y señalar direcciones que no encajaba con alguien que llevara años sin mover las piernas.

Elara se retiró sigilosamente a su habitación, con la mente llena de nuevas preguntas y una certeza creciente: él tampoco era lo que parecía. Aquel hombre rico, poderoso y “inválido” ocultaba secretos tan grandes o mayores que los suyos. Y aquella unión hecha solo por conveniencia empezaba a convertirse en un juego peligroso donde ambos apostaban mucho, y ninguno quería perder.

Se sentó junto al fuego pequeño de su chimenea, mirando las llamas bailar, y sonrió levemente con una mezcla de miedo y emoción.

—Bien, Damian… ya veo que no soy la única que lleva puesta una máscara. Ahora solo queda descubrir cuál es la tuya.

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