Sinopsis:
A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.
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Capítulo 17: Ataduras en la oscuridad
El trayecto en la camioneta blindada fue un torbellino de gritos, maldiciones y golpes mudos contra las ventanas. Estaba furiosa; molesta, mi rabia ardía con la fuerza de un incendio. Cuando el vehículo finalmente se detuvo y Andrew me bajó en brazos, me encontre frente a una imponente propiedad fortificada, rodeada de bosques, con seguridad privada, en las afueras del estado.
Andrew me soltó en medio de la gigantesca habitación principal. Me gire de inmediato, con mis ojos inyectados en sangre, lista para destrozarle la cara.
—¡¿Te volviste completamente loco, Andrew?! —le gritó, con la respiración entrecortada—. ¡Soy una D'Amico! No puedes meterme en una maldita camioneta y secuestrarme. ¡Abre esa puerta ahora mismo o te juro que te destruyo!
Andrew caminó con lentitud, cerrando la pesada puerta de roble detrás de él. Se quitó el saco del traje y se desabrochó los primeros botones de la camisa, revelando la tensión de sus hombros y la sombra de su vendaje. Sus ojos verdes ya no eran los del primo arrepentido; eran los de un cazador que por fin tenía a su presa a salvo de las garras del mundo. Los celos enfermos que sentía por Jonathan y el pánico atroz de saber que la mafia la quería muerta, se habían fusionado en una posesividad absoluta.
—No te vas a ir, Bianca. De aquí no sale nadie —sentenció con una voz profunda, fría y dominante que hizo que a Bianca se le erizara la piel—. Te quieren muerta en Brooklyn. Esos tipos de las carreras te tienen marcada. Así que grita todo lo que quieras, pero aquí se va a hacer lo que yo diga. Estás bajo mis reglas.
Bianca soltó una carcajada amarga, altiva.
—¿Tus reglas? No soy una de tus jodidas empleadas del corporativo, a la que puedes manejar. No te tengo miedo, Andrew.
Intentó avanzar con prepotencia hacia la salida, pero Andrew fue más rápido. La tomó de la cintura con una fuerza imponente, pegando la espalda de Bianca contra su pecho. Bianca forcejeó, pateó y trató de soltarse, pero la superioridad física de Andrew la dejó inmovilizada. Con una agilidad que la dejó sin aliento, Andrew la guió hacia la enorme cama, empujándola sobre los colchones de seda. Antes de que ella pudiera incorporarse, él se posicionó sobre ella, atrapando sus manos por encima de su cabeza con una sola de las suyas.
—Suéltame... —jadeó Bianca, el corazón latiéndole en la garganta mientras sentía el calor del cuerpo de Andrew aplastando el suyo.
—No —susurró él, muy cerca de su oído. Su respiración caliente la quemaba—. Llevo seis años reprimiéndome, Bianca. Seis años extrañandote, llevo semanas volviéndome loco de pensar que otro hombre te tocaba, que Mills te miraba como yo tengo derecho a mirarte. Estoy harto de contenerme.
Con un movimiento preciso, Andrew sacó una corbata de seda negra de su bolsillo. Bianca abrió los ojos de par en par al comprender lo que venía. Intentó resistirse, pero Andrew, con una calma perturbadora y una destreza que demostraba que era un amante del buen sexo, con experencia en la dominación, ató las muñecas de Bianca a la cabecera de la cama.
El shock de estar atada, la vulnerabilidad total de no poder moverse y la imponente figura de su primo observándola desde arriba, desataron una oleada de adrenalina pura en el cuerpo de Bianca. Nunca en su vida, ni en sus momentos más salvajes en Brooklyn, había experimentado algo así.
Andrew se tomó su tiempo. Con sus dedos largos, comenzó a acariciar el rostro de Bianca, bajando por su cuello hasta rozar el borde de su camiseta. Sus ojos verdes destilaban un deseo tan oscuro y denso que Bianca sintió un vacío ardiente en el vientre.
—Estás a salvo de la mafia, bonita... pero no de mí —susurró Andrew, recorriendo con sus labios la línea de su mandíbula—. Tu mente me odia, pero tu cuerpo se muere porque te tome. Y lo voy a hacer, pero bajo mi control absoluto.
Bianca intentó soltar una réplica ruda, pero cuando la mano de Andrew bajó con firmeza y posesión, atrapando sus curvas por encima de la ropa, el insulto se transformó en un gemido ahogado de puro placer.
El contraste entre la sumisión forzada del encierro y la intensidad erótica que Andrew emanaba rompió la última costura de su resistencia. Bianca D'Amico estaba experimentando cosas que jamás le habían pasado, descubriendo que el fuego de Andrew no solo la quemaba, sino que la hacía adicta a su control.