Romance en Playa Varadero ( Cuba)
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El Programa de Cooperación.
El programa se llamaba "Vínculos Marinos" y era una iniciativa conjunta de la Universidad de La Habana y varias universidades europeas, entre ellas la Sorbona de París. Su objetivo era promover el intercambio de investigadores y profesionales en el ámbito de la conservación marina, facilitando estancias de entre seis meses y dos años en centros asociados de Cuba.
Álix leyó la información con una atención minuciosa. Los requisitos eran exigentes: se necesitaba un título universitario relacionado con ciencias ambientales o biología marina, experiencia previa en proyectos de conservación, y el aval de una institución tanto en el país de origen como en el de destino. Él no cumplía ninguno de esos requisitos. Era fotógrafo y escritor, no científico. Su conocimiento del mar se limitaba a lo que Marina le había enseñado durante aquellas dos semanas mágicas.
Pero había una cláusula que le llamó la atención: "Se valorarán también perfiles profesionales vinculados a la divulgación científica, comunicación ambiental y documentación de proyectos de conservación". La divulgación. La documentación. Eso sí podía hacerlo. Eso era exactamente lo que sabía hacer.
—Marina, eres un genio —murmuró, mientras tomaba notas frenéticamente.
Pasó los tres días siguientes preparando su candidatura. Actualizó su currículum, redactó una carta de motivación que era casi una declaración de amor al mar y a Cuba, y seleccionó sus mejores trabajos fotográficos. No tenía fotos de corales ni de arrecifes —hasta ahora, su especialidad habían sido los paisajes urbanos y los retratos callejeros—, pero sí tenía las fotos que le había hecho a Marina trabajando en el centro de conservación, y sobre todo, tenía una idea: documentar fotográficamente el proceso de recuperación del arrecife de Varadero y convertirlo en un libro que diera visibilidad internacional al proyecto.
Cuando terminó, envió la solicitud por correo electrónico y se quedó mirando la pantalla, esperando no sabía qué. Una confirmación automática, quizás. Un mensaje de que su candidatura había sido recibida. Lo que recibió fue un silencio que se prolongó durante varios días.
—No te impacientes —le dijo Marina durante su videollamada diaria—. Estas cosas llevan tiempo. La burocracia cubana es lenta, y la burocracia francesa también. Es una combinación explosiva.
—¿Y si no me aceptan?
—Entonces buscaremos otra opción. Pero no pienses en eso ahora. Ahora piensa en que has dado un paso importante. Has movido ficha. Eso es lo que cuenta.
—Tienes razón. Como siempre.
—Lo sé. Soy cubana. Nosotras siempre tenemos razón.
Se rieron juntos, y la risa de Marina, viajando a través del océano, fue un bálsamo para la ansiedad de Álix.
Una semana después, mientras desayunaba en la cocina de su apartamento, recibió un correo electrónico. El remitente era la Universidad de la Sorbona. El asunto: "Candidatura programa Vínculos Marinos". Con el pulso acelerado, abrió el mensaje.
"Estimado señor Álix:
Su candidatura ha sido preseleccionada para la fase de entrevistas del programa Vínculos Marinos. Le rogamos confirme su disponibilidad para una entrevista telemática el próximo martes a las 10:00 horas (hora de París).
Atentamente,
Comité de Selección"
Álix soltó un grito de alegría que resonó en todo el apartamento. Preseleccionado. Había pasado el primer filtro. Ahora solo quedaba la entrevista.
Llamó a Marina inmediatamente, sin importarle que en Cuba fueran las cuatro de la madrugada. Ella respondió con voz somnolienta, pero en cuanto escuchó la noticia, se desveló por completo.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que lo conseguirías!
—Todavía no lo he conseguido. Falta la entrevista.
—La entrevista la vas a bordar. Porque nadie puede resistirse a un francés que habla con tanta pasión del mar. Confía en ti, mi amor. Yo confío.
La entrevista, efectivamente, fue un éxito. Álix se preparó a conciencia, estudiando datos sobre el arrecife de Varadero, sobre las especies endémicas, sobre los proyectos de conservación que se llevaban a cabo en la zona. Pero sobre todo, habló desde el corazón. Habló de Marina, de su pasión por el mar, de cómo ella le había enseñado a mirar más allá de la superficie. Habló del libro que quería escribir, de las fotografías que quería hacer, del impacto que su trabajo podría tener para dar a conocer la riqueza natural de Cuba.
El comité, formado por tres profesores —dos franceses y una cubana—, lo escuchó con atención. La profesora cubana, una mujer de unos sesenta años con el cabello canoso y una mirada inteligente, sonrió cuando Álix mencionó a Marina.
—¿La bióloga del Meliá Internacional? —preguntó.
—Sí. ¿La conoce?
—Claro que la conozco. Fue mi alumna en la Universidad de La Habana. Una de las mejores. Si ella avala su proyecto, para mí es más que suficiente.
Cuando la videollamada terminó, Álix se quedó inmóvil frente a la pantalla, sin saber muy bien qué había pasado. ¿Había sido una buena señal? ¿El comentario de la profesora cubana significaba que su candidatura estaba bien encaminada? No lo sabía. Solo sabía que había hecho todo lo que estaba en su mano, y que ahora dependía de otros.
La respuesta definitiva llegó dos semanas después, una mañana de viernes, en forma de correo electrónico oficial con el sello de la Sorbona y del Ministerio de Educación Superior de Cuba.
Había sido aceptado.