Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
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CAPITULO 11 SECRETOS
*Martes. 9:47 AM. Piso 48. Volkov Industries.*
El aire acondicionado zumbaba demasiado fuerte.
Todo parecía normal. Por fuera.
—El contrato de Moscú. Necesito los anexos firmados antes del mediodía —dijo Dmitri sin levantar la vista del monitor. Voz de hielo. CEO. Jefe.
—Ya están en su correo, señor. Carpeta “Orlov Q3”, anexos 4 al 7 —respondió Ana. Igual de plana. Igual de profesional. Asistente B.
Dejó la carpeta azul sobre su escritorio. Exacto, alineada al borde. Como hacía desde hacía tres años.
Cuando se giró para irse, su meñique le rozó el dorso de la mano a él. Un segundo. Nada.
Nadie lo vio.
Pero Dmitri dejó de tipear. Un segundo. Y siguió, como si nada.
Se le tensó la mandíbula.
Ana volvió a su escritorio. Espalda recta. Lentes enormes. Rodete tirante hasta doler. Sacó gris, abotonado hasta el cuello.
La armadura. Pero esta vez ella eligió ponérsela.
Porque después del sábado, después de la cabaña, después de que él le dijera “archivo cerrado” contra sus labios, fingir era más difícil. Y más necesario.
*1:12 PM. Sala de Reuniones 3.*
Ocho personas. Abogados. Finanzas. Orlov por videollamada desde Moscú.
Ana tomando nota. Tablet. Lápiz. Lentes reflejando la pantalla. Invisible.
Dmitri al frente de la mesa. Traje azul marino. Voz que cortaba.
—Orlov, el 12% no se negocia —dijo—. O firmas, o te vas.
Bajo la mesa, largo y de caoba, su pie buscó el de ella “sin querer”.
La encontró.
Ana no parpadeó. Siguió escribiendo. Pero le tembló la letra una línea entera. Tuvo que borrarla con el dedo.
Irina, al otro lado, levantó la vista del acta. Miró a Ana. Miró a Dmitri. Y volvió al acta, más rápido.
Nadie más notó nada.
*3:30 PM. Pasillo. Máquina de café.*
Ana servía café negro. Dos tazas. Una para él, una para ella. Ritual de tres años.
—Te ves cansada —dijo Irina, bajito. Llenando su termo.
Ana se puso tensa. —No dormí bien.
—Ajá —dijo Irina—. Y él tampoco. Tiene ojeras desde el jueves.
Ana se quedó quieta. La cuchara en el aire.
Irina la miró. De frente. —Beltrán. Yo no soy tonta. Hace tres años que te escondes. Y hace tres días que él te mira distinto.
—No sé de qué hablas —dijo Ana. Voz muy baja.
Irina le pasó el azúcar. —No te escondas de mí. Yo te cubro. Pero cúbrete tú también. Este piso muerde.
Ana asintió. Una vez. Se llevó los cafés.
*6:05 PM.*
Todos se fueron. Como todos los días.
Menos ellos dos.
El piso 48 quedó en silencio. Solo el ruido de las teclas de Ana guardando archivos. Despacio. Muy despacio.
Dmitri cerró la puerta de su oficina. Clic.
—Ana —dijo.
Ella levantó la vista.
Él caminó hasta su escritorio. Se detuvo a dos metros. No la tocó. Las manos en los bolsillos del pantalón. Puños.
—Anoche... —empezó.
—Anoche fue anoche —lo cortó ella rápido. Se puso de pie. Agarró su cartera—. Hoy somos jefe y asistente. Y mañana también.
Dmitri la miró. Frustrado. Dolido.
—Lo odio —dijo. Sin filtro.
—¿El qué? —Ella no se movió.
—Tener que fingir que no quiero besarte cuando pasas a tres metros de mí. Tener que decir “Asistente B” cuando quiero decir tu nombre. Tener que mirar papeles cuando lo único que quiero mirar eres tú.
Ana se quedó quieta. Lentes puestos. Pero los ojos le brillaban detrás del cristal.
—Entonces no lo hagas —susurró—. Bésame ahora.
Dmitri cerró los ojos. Un segundo. Puño más cerrado.
—Si te beso ahora, Irina vuelve por un pendrive. Katya vuelve por su cartera. Y mañana todo el piso 48 lo sabe. Y Orlov lo usa contra nosotros.
—Lo sé —dijo ella—. Por eso no lo hagas.
Silencio. Pesado. Real.
Él dio un paso atrás. Como si le costara.
—Vete a casa —dijo ronco—. Antes de que rompa mi propia regla. Antes de que rompa todo.
Ana agarró su cartera. Más fuerte. Salió. Sin mirar atrás.
La puerta se cerró sola.
Dmitri se quedó solo. Apoyó las dos manos en el escritorio de ella. Bajó la cabeza.
*9:40 PM. Departamento de Ana. Tornquist.*
Chico. Libros apilados. Té frío en la mesa. Masha dormida en su cuarto.
Ana estaba sentada en el piso. Contra la pared. Sacó tirado al lado. Lentes en la mano. Rodete medio caído.
El teléfono sonó. Número privado.
Contestó sin mirar.
—Dime que estás bien —dijo la voz de él. Sin saludar. Sin “hola”.
—Estoy —dijo ella. Voz ronca—. ¿Usted?
—No —dijo honesto—. Te veo en cada papel. En cada taza de café. En cada segundo estúpido del día. Cerré los ojos en la reunión y te vi sin los lentes.
Ana cerró los ojos ella también.
—Dmitri...
—No vengas mañana —dijo él de repente.
Silencio. Largo.
—¿Qué? —dijo ella—. ¿Me estás corriendo?
—No —dijo él. Voz rota—. Me estoy salvando. Y a ti. Porque si te veo mañana con ese saco y esos lentes sabiendo cómo te ves sin ellos, sabiendo cómo sonríes cuando nadie mira... no voy a aguantar. Voy a cruzar el escritorio. Y no me voy a detener.
Ana se tapó la boca con la mano libre.
—Entonces no vengas —dijo ella al final—. Un día. Solo uno.
—Un día —dijo él—. Te veo el jueves. Lo prometo.
Colgó.
Ana se quedó con el teléfono en la mano. Mirando la pantalla apagada.
Por primera vez desde el sábado, no sabía qué hacer. Porque esconderse ya no la protegía.
Ahora dolía. Dolía más que todos los lentes del mundo.
*Miércoles. 8:00 AM. Piso 48.*
Dmitri llegó primero. Otra vez.
Escritorio de Ana: vacío. Impecable. Limpio.
Demasiado limpio. Como si nunca se hubiera sentado ahí.
Irina dejó un solo café.
—¿Beltrán? —preguntó casual.
—Día personal —dijo él seco. Sin mirar.
Mintió.
Y todo el día fue un infierno lento.
*2:14 PM. Su oficina.*
Se metió. Cerró la puerta.
Abrió el cajón de abajo. Sacó las balerinas negras, talla 38. Las que se dejó olvidadas el sábado en su auto.
Las sostuvo. Cerró los ojos. Olían a ella. A champú barato y a algo dulce.
Y las volvió a guardar.
*10:05 PM. Departamento de Ana.*
El teléfono vibró. Mensaje. Número privado.
`Dmitri: Sigo despierto.`
Ella escribió: `Yo también.`
Borró.
Escribió: `Vuelve el jueves. Lo prometiste.`
Envió.
*10:12 PM. Piso 48.*
Dmitri leyó el mensaje. Una vez. Dos. Tres.
`Vuelve el jueves. Lo prometiste.`
Escribió: `Lo prometo.`
Envió.
Y por primera vez en tres días, respiró. De verdad.
*Jueves. 7:59 AM. Piso 48.*
Ana entró.
Sacó gris. Rodete. Lentes.
Pero caminaba distinto. Espalda más recta. Barbilla arriba.
Dmitri ya estaba.
Traje negro. Ojeras, pero ojos despiertos. Despiertos por ella.
Se miraron. Tres segundos.
Nadie más en el piso todavía.
—Buenos días, señor Volkov —dijo ella. Voz firme. Sin temblar.
—Buenos días, Asistente Beltrán —dijo él. Voz baja. Solo para ella.
Se sostuvieron la mirada.
Y por un segundo, el piso 48 desapareció. No había empresa. No había Orlov. No había secretos.
Solo estaban ellos.
Irina entró con el café. Y el momento se rompió.
—Aquí tienen —dijo, dejándolo—. Con azúcar. Los dos. Como siempre.
Les guiñó un ojo a Ana cuando Dmitri no miraba.
Ana se puso roja detrás de los lentes.
Dmitri carraspeó.
—Asistente B. Mi oficina. En cinco.
*8:05 AM. Puerta cerrada.*
Entró.
Él estaba apoyado en el escritorio. Brazos cruzados.
—No te vayas nunca más sin avisar —dijo. Sin preámbulos.
—Usted me lo pidió —dijo ella.
—Lo sé —dijo él—. Y me equivoqué.
Se acercó. Lento. Le dio tiempo de irse.
—No me dio —dijo—. Tres días. Tres días y pensé que me volvía loco.
Ana se quitó los lentes. Lentamente. Los dejó en su escritorio.
—Entonces no me pidas que me esconda más —dijo—. Porque yo tampoco aguanto.
Dmitri le tomó la cara con las dos manos. Pulgar en su mejilla. Como la primera vez.
—Archivo cerrado —susurró—. ¿Te acuerdas?
—Sí —dijo ella. Voz apenas audible.
La besó.
No fue desesperado como en el archivo piso -2. Fue como volver a casa después de una guerra.
Cuando se separaron, él apoyó su frente en la de ella.
—Regla nueva —dijo—. Ocho horas, jefe y asistente. Después de las ocho...
—Después de las ocho —terminó ella—. Solo nosotros. Solo Ana y Dmitri.
Él sonrió. Poco. Pero sonrió. De verdad.
—Ahora ponte los lentes —dijo—. Tenemos una reunión en diez.
Ana se rió. Bajito. Nerviosa. Se los puso.
Y salieron juntos.
A fingir que nada había pasado.
Cuando todos, menos ellos, sabían que todo había cambiado.
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