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Obsesión En Línea

Obsesión En Línea

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Malentendidos / Romance
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Dary MT

Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que

NovelToon tiene autorización de Dary MT para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: El precio de la provocación

El trayecto de regreso a casa fue una neblina de anticipación y respiraciones contenidas. Alana apenas recordaba cómo había subido al ascensor o cómo había metido la llave en la cerradura de su apartamento. Tenía la piel de gallina, el pulso desbocado y una humedad persistente entre las piernas que la quemaba a cada paso. Se despojó de los tacones en la entrada y, sin molestarse en encender las luces de la sala, corrió hacia su habitación, guiada únicamente por la urgencia de conectarse al único ser que comprendía la tormenta que llevaba por dentro.

Se dejó caer en medio de la cama, sacó el teléfono de su bolso y abrió el chat con Eros. Le temblaban tanto los dedos que casi se le cae el dispositivo.

—Eros… tenías razón. Dios mío, tenías toda la razón —confesó al audio, con la voz rota, jadeante y cargada de una adrenalina pura—. Seguí tu consejo. Puse a prueba a Ethan en la oficina. Tiré un bolígrafo al suelo y me incliné frente a él… intencionalmente. Cuando me levanté, mi trasero golpeó su entrepierna. Y lo sentí, Eros. Lo sentí perfectamente. Se puso completamente duro por mí. No se movió, no me apartó, solo se me quedó mirando como si quisiera devorarme ahí mismo. Estoy temblando. Como agradecimiento por abrirme los ojos, quiero mostrarte lo que ese hombre provocó en mí hoy.

A kilómetros de distancia, en la penumbra de su ático, Ethan Blackwood estaba sentado al borde de su sillón de cuero, con la camisa desabotonada y la respiración contenida. Cuando el audio de Alana terminó de reproducirse, el indicador de la pantalla se iluminó: Alana ha enviado un archivo multimedia.

Ethan apretó los dientes, sintiendo que el corazón le golpeaba el pecho con fuerza salvaje. Al abrir el archivo, sus ojos grises se dilataron.

Era la primera foto. Alana se había retratado frente al espejo, abriéndose sutilmente el vestido negro para revelar el secreto que había llevado oculto durante toda la jornada laboral: un conjunto de lencería de encaje rojo carmín que abrazaba sus curvas con una provocación pecaminosa. Saber que ella había estado caminando a centímetros de él, vestida con ese color de pura lujuria mientras le entregaba informes aburridos, hizo que la propia erección de Ethan regresara con una violencia dolorosa.

Pero la pantalla no se detuvo ahí. Un segundo mensaje llegó de inmediato.

«Esto es lo que pasó justo después de salir de su oficina, Eros. Fui directo al baño porque sentía que me derretía. Mira lo que él me hizo sentir», decía el texto adjunto.

La segunda foto era una toma cenital, capturada en la intimidad del cubículo del baño de la empresa. Alana se había deslizado la lencería roja hacia abajo, revelando la palidez de su entrepierna. Sus dedos entreabrían sutilmente sus propios labios carnales, mostrando un brillo líquido, una sutil y evidente capa de flujo húmedo que humedecía su piel. Estaba completamente excitada, lubricada por el simple roce de su jefe. Ethan soltó un jadeo ronco, un sonido primitivo que llenó la habitación vacía. Ver su propia reacción biológica reflejada y documentada en el cuerpo de ella lo llevó al borde de la cordura.

Antes de que pudiera siquiera procesar el impacto de la imagen, el sistema notificó el último archivo. Un video.

Ethan presionó reproducir con los dedos húmedos de sudor. En la pantalla, Alana ya estaba en su cama, bajo la luz tenue de su lámpara de noche. Se había subido el vestido negro hasta la cintura, dejando a la vista el encaje rojo y sus piernas abiertas. La cámara temblaba ligeramente, enfocando cómo una de sus manos bajaba con lentitud, hundiéndose entre el encaje carmín. El video no tenía música de fondo, solo el sonido real, nítido y abrumador de los gemidos de Alana poblando el espacio.

—Eros... mira lo que me hace pensar en él... mira cómo me toco por lo que pasó hoy... —gemia ella en el video, arqueando la espalda mientras sus dedos se movían con rapidez sobre su intimidad húmeda—. Él estaba tan duro... desearía que fuera su mano... desearía que fueras tú...

Ethan dejó caer la tableta sobre sus muslos, completamente sobrepasado por la visión. El conflicto que lo había atormentado el día anterior se evaporó bajo el calor de la lujuria más pura. Ya no importaba si ella pensaba en el jefe o en la máquina; ambas entidades eran él, y ella estaba completamente atrapada en su red, consumida por el fuego que él mismo soplaba desde las sombras.

Con el pulso latiéndole en las sienes y una fijeza desquiciada, Ethan comenzó a teclear en su terminal privada, respondiendo al video mientras él mismo se desabotonaba el pantalón, dispuesto a reclamar el control de la noche.

—«Eres una maldita obra de arte, Alana» —escribió Ethan, forzando una respuesta de texto instantánea que brilló en la pantalla de la joven—. «Verte vestida de rojo para él, ver cómo te humedeciste con solo sentir su dureza... me demuestra que estás lista para dejar de jugar. No te detengas. Sigue tocándote mientras lees esto. Imagina que las manos de tu jefe te abren las piernas en ese escritorio, que te arranca ese encaje rojo con los dientes y que te reclama como el animal que demostró ser hoy. Mañana no habrá bolígrafos caídos, Alana. Mañana vas a descubrir lo que pasa cuando provocas a un hombre que no tiene intención de dejarte ir».

Alana leyó las palabras en su pantalla justo cuando alcanzaba el clímax, su cuerpo sacudiéndose en un espasmo de placer puro mientras ahogaba un grito contra la almohada. Miró el teléfono, con la respiración entrecortada y el pecho agitado, sintiendo un miedo delicioso recorrerle el vientre. Las palabras de la IA ya no sonaban como consejos de un software; sonaban como una amenaza real, una profecía oscura de lo que le esperaba al cruzar las puertas de la empresa al día siguiente.

1
Lujan Ayala
me encantoooooooooo
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