—¿Si pudieras volver atrás... te enamorarías otra vez de mí? —le pregunté.
Dante no respondió enseguida.
Solo me miró con esa calma que siempre lograba desarmarme.
—La verdadera pregunta, Valeria... es si tú volverías a alejarte de mí.
No contesté.
Porque los dos conocíamos la respuesta.
Mi nombre es Valeria.
Durante mucho tiempo creí que las historias de amor estaban hechas para mujeres distintas a mí. Mujeres bonitas. Seguras de sí mismas. Mujeres que no tenían que vender su cuerpo para pagar el alquiler de un pequeño apartamento en Nueva York.
Entonces apareció Dante De Luca.
Un hombre del que todos hablaban, pero al que muy pocos conocían de verdad.
Yo pensaba que él sería el mayor problema de mi vida.
Qué equivocada estaba.
Porque enamorarme de Dante fue fácil.
Lo difícil fue sobrevivir a todo lo que llegó después.
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Capítulo 2 : Sobrevivir también cansa
La ciudad tiene dos rostros.
Uno despierta cuando el sol sale , el otro comienza a respirar cuando la luna ocupa su lugar y yo pertenezco al segundo.
Cuando los demás regresan a casa para descansar, yo apenas termino mi jornada. Camino por las calles con los tacones en una mano y los zapatos deportivos en la otra. Aprendí hace mucho que la elegancia solo dura mientras alguien está dispuesto a pagar por ella.
A esa hora nadie presta atención a una mujer que vuelve sola y por primera vez en toda la noche, agradezco ser invisible.
Subo al autobús casi vacío y me siento junto a la ventana. Observo cómo la ciudad empieza a llenarse de personas con uniforme, estudiantes cargando mochilas y madres apresuradas llevando a sus hijos al colegio.
Siempre me pregunto cómo será vivir una vida normal.Tener un horario que alguien espere tu regreso. poder decir con orgullo a qué te dedicas cuando bajo del autobús, paso por una panadería. El aroma del pan recién horneado invade toda la calle.
Hace meses que no desayuno allí.Sigo caminando.
Mi presupuesto no tiene espacio para antojos al llegar al apartamento dejo el bolso sobre la mesa y vacío su contenido, billetes arrugados, algunas monedas, un lápiz labial , las llaves y empiezo a separar el dinero.
Alquiler.
Servicios.
Transporte.
Comida.
Cuando termino de hacer las cuentas, sonrío con ironía.Otra vez no queda nada para mí.
Hace un año, una compañera del club insistió en acompañarme al médico, llevaba meses sintiéndome agotada dormía ocho horas y despertaba como si hubiera trabajado toda la noche.
Subía de peso sin importar cuánto dejara de comer.
Mi cabello se caía más de lo normal.
Pensé que era estrés.
El médico revisó unos exámenes y levantó la vista.
—Tus resultados muestran un problema de tiroides. Necesitas iniciar tratamiento cuanto antes.
Asentí como si entendiera.
Luego pregunté el precio de los medicamentos recuerdo haber sonreído, no porque estuviera feliz es porque era más fácil sonreír que admitir que no podía pagarlos.
Desde entonces aprendí a convivir con el cansancio.
Hay días en que mi cuerpo pesa tanto que siento que llevo piedras escondidas bajo la piel pero el alquiler no entiende de enfermedades. el hambre tampoco así que una sigue adelante aunque el cuerpo pida detenerse aunque el alma lleve años haciéndolo.
A veces me pregunto en qué momento empecé a creer todo lo que los demás decían de mí.
Quizá fue cuando tenía once años mi padre había llegado borracho como casi todas las noches.Yo estaba sirviendo la cena cuando me observó durante unos segundos.
—Deja de repetir.
Su voz sonaba áspera.
—Mírate. Si sigues engordando, ningún hombre va a querer hacerse cargo de ti.
Mi madre dejó el plato sobre la mesa con fuerza, quiso defenderme pero cuando dependes de un hombre no hay mucho que se pueda decir.
Aquellas palabras se quedaron conmigo mucho después de que el eco de su voz desapareciera.
Desde entonces, cada vez que me miraba al espejo, ya no veía a una niña veía un problema, uno que debía esconder, uno que debía disculparse por existir.
Quizá por eso nunca aprendí a quererme. Hay recuerdos que una guarda en un rincón de la memoria no porque quiera conservarlos.
Si no porque duelen demasiado para enfrentarlos todos los días.El mío siempre regresa cuando me quito el maquillaje.
Tenía diecinueve años llevaba dos meses sin pagar el alquiler, había recorrido media ciudad dejando hojas de vida.
Nadie llamó.
Nadie necesitaba una mujer sin experiencia mucho menos una como yo.
Aquella noche crucé por primera vez la puerta del club.
Recuerdo el perfume intenso.
Las luces, La música y a Nora diciéndome que todavía podía marcharme si no estaba segura y estuve a punto de hacerlo.
De verdad lo estuve.
Pero pensé en el refrigerador vacío, en las cuentas, en el desalojo y me quedé.
Esa primera noche regresé a casa sintiéndome completamente vacía.
No lloré.
Ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo solo me senté en el suelo del apartamento y abracé mis rodillas hasta que amaneció. Ese día comprendí que sobrevivir también podía doler.
Desde entonces aprendí a separar mi cuerpo de mis emociones. Era la única forma de seguir respirando, me levanto del suelo y miro el reloj faltan pocas horas para volver al club.
Abro el armario.
El vestido negro sigue colgado donde lo dejé.Lo observo durante unos segundos.
Respiro hondo.
—Solo una noche más, Valeria.
Es mi mantra y la mentira que me repito todos los días. La misma desde hace casi seis años y todavía no sé cuándo dejaré de creerla.