Para salvar a su familia de la quiebra, Elena Moretti firma un contrato matrimonial de doce meses con Alessandro Rossi, el CEO más frío y despiadado de Milán.
Él es poder, oscuridad y venganza hecha hombre.
Ella solo es una pieza en un juego que comenzó hace cinco años.
Obligada a vivir bajo el mismo techo del hombre que odia, Elena descubrirá pronto que detrás de esos ojos grises se esconde un secreto devastador: Alessandro no la eligió por casualidad. Lo ha planeado todo para hacerle pagar.
Entre noches ardientes, malentendidos que rompen el alma y verdades que pueden destruirlo todo, el odio se convierte en una pasión peligrosa.
Pero cuando la venganza se mezcla con el deseo… ¿quién de los dos perderá el control primero?
Un matrimonio de conveniencia.
Un amor prohibido.
Una verdad que podría aniquilarlos a ambos.
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Capítulo 8 – La mañana después
El sol entraba tímidamente por las rendijas de la habitación segura del sótano. Elena despertó primero, con el cuerpo deliciosamente adolorido y la cabeza apoyada en el pecho de Alessandro. Su respiración era profunda y tranquila. Por primera vez desde que firmó ese maldito contrato, se sintió… en paz.
Pero la paz duró poco.
Los recuerdos de la noche anterior la golpearon como una ola: el ataque en la mansión, los disparos, la confesión de Marco, el cuerpo de Alessandro contra el suyo, sus gemidos mezclados, la forma en que él había susurrado su nombre como si fuera una oración.
Se sonrojó violentamente y trató de moverse con cuidado, pero el brazo de Alessandro la sujetó con más fuerza.
—No huyas —murmuró él con voz ronca de sueño—. Todavía no.
Elena levantó la cabeza. Los ojos grises de Alessandro la miraban con una intensidad diferente. Ya no había solo deseo. Había algo más profundo, más peligroso.
—Buenos días, esposa —dijo él, con una media sonrisa.
—Buenos días… marido.
Alessandro la atrajo hacia arriba y la besó lentamente, saboreando cada segundo. Sus manos recorrieron su espalda desnuda con posesión. Elena suspiró contra su boca.
—Tenemos que hablar —susurró ella cuando se separaron.
—Después —respondió él, rodando para quedar encima—. Ahora quiero recordarte por qué firmaste ese contrato.
Lo que siguió fue lento, intenso y completamente diferente a la urgencia de la noche anterior. Esta vez Alessandro se tomó su tiempo, explorando cada centímetro de su piel como si quisiera memorizarla. Elena se entregó sin reservas. Por unas horas, el mundo afuera —con sus traiciones, secretos y amenazas— dejó de existir.
Cuando finalmente bajaron al piso principal, ya era mediodía. La mansión estaba hecha un desastre: vidrios rotos, muebles volcados y varios guardias heridos siendo atendidos.
Alessandro dio órdenes precisas. Doble seguridad. Investigación interna. Nadie entraba ni salía sin su permiso.
En su despacho, revisaron juntos toda la información que tenían. Fotos, correos, movimientos bancarios. Luca Rossi, su primo, aparecía en varias transacciones sospechosas realizadas después del incendio. Había fingido su muerte y había estado operando en las sombras.
—Quería mi imperio —dijo Alessandro con rabia contenida—. Y usó a tu padre, a Sofia y a ti para lograrlo.
Elena se mordió el labio.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Le tendemos una trampa. Pero necesitamos que confíes en mí ciegamente.
Ella asintió.
—Lo hago.
Alessandro la miró con algo parecido a la ternura.
—Elena… lo de anoche no fue solo sexo para mí.
—Lo sé —susurró ella—. Para mí tampoco.
Se besaron de nuevo, pero esta vez fue interrumpido por uno de los guardias.
—Señor, encontramos algo en la habitación de servicio.
Fueron al ala del personal. En una de las habitaciones encontraron un teléfono desechable y varios documentos. Entre ellos, una foto reciente de Elena y Alessandro besándose en el despacho… tomada desde dentro de la mansión.
—Hay un topo aquí —dijo Alessandro con furia—. Alguien del servicio.
Elena sintió un escalofrío. La persona que les había estado enviando los mensajes amenazantes estaba dentro de la casa.
Pasaron el resto de la tarde planeando. Decidieron fingir que todo estaba normal. Alessandro saldría de viaje de negocios por dos días. Elena se quedaría “sola” en la mansión, vulnerable. Era la mejor forma de hacer que el traidor se moviera.
Esa noche, antes de que Alessandro se fuera, cenaron juntos en el comedor. La tensión sexual seguía allí, pero también había una complicidad nueva.
—Ten cuidado —le pidió ella cuando se despedían en la puerta.
—Tú también —respondió él, besándola con fuerza—. Si algo pasa, usa el botón de pánico que te di. Vendré corriendo.
Cuando el auto de Alessandro se alejó, Elena se sintió extrañamente sola. Subió a la habitación principal y se metió en la cama. Olía a él.
A la una de la mañana, recibió un mensaje:
Número desconocido:
«Está funcionando. Luca cree que estás sola. Mañana a medianoche en el almacén viejo. Trae los documentos que encontraste en la caja fuerte. Es la única forma de acabar con esto.»
Elena dudó. ¿Era Marco? ¿O era otra trampa?
Decidió responder:
«Allí estaré.»
No durmió en toda la noche. A la mañana siguiente, fingió normalidad. Paseó por el jardín, habló con el personal, visitó a su padre por videollamada.
Pero por la tarde, algo cambió. Uno de los empleados más antiguos, una mujer llamada Rosa que llevaba años trabajando para los Rossi, se acercó a ella en la cocina.
—Señora… tenga cuidado. Hay alguien que no es lo que parece.
—¿Quién? —preguntó Elena.
Rosa miró hacia los lados, nerviosa.
—Luca nunca actuó solo. Alguien de la familia… alguien muy cercano… sigue ayudándolo.
Antes de que Elena pudiera preguntar más, Rosa se alejó rápidamente.
Esa noche, a las once y media, Elena se preparó. Vestido oscuro, zapatos cómodos, el teléfono con GPS activado y el botón de pánico en el bolsillo. Salió de la mansión en silencio y tomó el mismo auto discreto de la vez anterior.
Cuando llegó al almacén viejo del puerto, el lugar estaba demasiado silencioso. Entró con el corazón en la garganta.
—Marco… ¿estás aquí?
Nadie respondió.
De repente, las luces se encendieron. Frente a ella estaba Luca Rossi, idéntico a Alessandro pero con una cicatriz que le cruzaba la mejilla y una sonrisa cruel.
—Hola, cuñada —dijo con sorna—. Qué bueno que viniste sola.
Elena retrocedió, pero dos hombres la agarraron por detrás.
—¿Dónde está Marco? —preguntó ella, tratando de mantener la voz firme.
—Marco ya no es un problema —respondió Luca—. Y tú tampoco lo serás por mucho tiempo.
En ese momento, se escuchó un aplauso lento desde las sombras.
Alessandro salió caminando tranquilamente, con las manos en los bolsillos.
—Excelente trabajo, Elena. Lo trajiste exactamente donde quería.
Elena sintió que el mundo se derrumbaba.
—¿Alessandro…?
Él sonrió con frialdad.
—Nunca debiste confiar en mí, principessa. Todo esto… fue parte del plan desde el principio.
Luca soltó una carcajada.
Elena miró a su esposo, el hombre con el que había compartido su cuerpo y su corazón, y por primera vez sintió verdadero terror.
La traición más grande no venía de afuera.
Venía de la persona en la que había empezado a creer.