Valeria Silva lo perdió todo a los 24: su libertad, su dignidad y 2 costillas rotas a manos de Ricardo del Valle.
Escapó con 2.7 millones robados y una promesa: nunca más.
8 años después es CEO, madre de 118 niños rescatados y el objetivo #1 de Errol Musk, el hombre que trafica con “Oro Rojo”: niños.
Cuando Errol quema sus casas y secuestra a Ana, su hija de 8 años, Valeria deja de ser CEO.
Vuelve a ser superviviente.
Junto a Gael Torres, (su primer Amor) que mató a su ex por ella, lanzan Operación Cuna: rescatar a 844 niños y enterrar a 750 monstruos.
"No dejes monstruos sobre la faz de la tierra"
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Capítulo 10 : Sangre por sangre no se lava.
La policía golpea la puerta del ático. ¡BAM! ¡BAM! ¡POLICÍA!
No hay tiempo.
Gael me mira. Entiende. Agarro a Ana y Sofía, aún dormidas por el sedante. Él agarra su camisa ensangrentada y el billete de 50 del suelo. No deja pruebas.
"Escalera de incendios", susurro. Señalo el ventanal.
Lo abrimos. El aire de Madrid a las 2 am nos golpea. Piso 30. Vértigo. Muerte.
Gael sale primero. Descalzo. Sangrando. Parece un espectro, le paso a las niñas una por una. Las abraza contra el pecho. "No miréis abajo, pequeñas."
Subimos. Hierro oxidado. Un paso en falso y somos historia.
Planta 31. Azotea.
"Ascensor Montacargas", jadeo. Baja directo al garaje -2. Lo uso para que no vean subir a mis amantes, ahora lo uso para huir de un asesinato.
Gael fuerza la puerta con el hombro herido. No se queja, nunca se queja. Clank. Entramos los cuatro. Huele a aceite y a miedo.
Pulso -2. El motor ruge. Bajamos. Cada piso es un latido. 25... 15... 7... Rápido ¡Joder! Que lento. -2, por fin.
Ding.
Garaje -2. Oscuro. Vacío, mi todoterreno negro nos espera como un ataúd.
"Conduce tú", le tiro las llaves a Gael. "Si nos paran, un hombre solo es menos sospechoso que una CEO con dos niñas y sangre en la camisa."
Él asiente, de pone al volante, le tiemblan las manos por la pérdida de sangre, pero aprieta el cuero. El templario aún respira.
Yo atrás, con Ana y Sofía, bajo los asientos. "Abajo. No os mováis. No respiréis si podéis." cubro con la manta térmica del maletero, las tapo.
Cristales tintados, desde fuera, solo se ve a un hombre solo, conduciendo despacio, un trabajador volviendo a casa.
Vrrrrm.
La barrera del garaje sube, salimos a la noche de Madrid. Sirenas por todos lados. Arriba, en mi ático, debe ser un circo.
Gael no habla. Solo conduce. Una mano en el volante. La otra apretando la herida, el asiento se mancha de rojos no digo nada, la sangre ya nos unió.
"Contenedor", dice al fin. Voz ronca. Señala con la barbilla.
Un contenedor de recogida de ropa, de esos rojos, de Cáritas. Abierto. Roto.
Aparca en la sombra. Click. Apaga las luces.
"Rápido", abre su puerta, se tambalea al bajar. Está perdiendo mucha sangre.
Salgo, sacudo a las niñas. "Chicas, hay que cambiarse, juego nuevo. ¿Vale?"
Asienten, asustadas, pero confían. Porque las saqué del almacén. Porque no las solté.
Revolvemos el contenedor. Apesta a humedad y a vidas ajenas.
Saco un chándal gris para Gael. XL. Le quedará enorme, perfecto para tapar las vendas. Encuentro para mí, unos vaqueros y una sudadera negra, para las niñas, encuentro dos abrigos de lana rosa, para que parezcan hijas de alguien. No mercancía.
Nos cambiamos ahí, en la calle, bajo una farola rota, la CEO, el justiciero y dos ángeles, quitándonos la sangre a tirones.
Tiro nuestra ropa ensangrentada dentro del contenedor. Puf. Adiós Valeria Montero. Adiós al vagabundo. Hola a nadie.
Gael me mira, con el chándal gris, el pelo tapándole la cara, parece otro. Parece humano.
"¿Y ahora?", pregunta.
Saco mi móvil. Uno de prepago que guardo para "emergencias". Lo compré hace 3 años, por si Ricardo me hacía desaparecer.
Marco un número. El único que me sé de memoria. No es la policía.
Es el localizador que le puse al coche de Ricardo hace tiempo, cuando decidí que si alguna vez tenía el valor, lo mataría yo misma.
Pip. Mapa. Punto rojo moviéndose.
Hospital Universitario La Paz. Urgencias.
"Está vivo", susurro. Se me hiela la sangre. Gael no lo mató, lo dejó vivo. Para mí.
Gael lee mi cara. Aprieta la mandíbula. "No rematé la faena. Pensé... pensé que querías verlo caer tú."
Y tiene razón, una parte de mí quiere.
"Entonces vamos", abro la puerta trasera. "Hay que acabar la faena."
Gael se queda quieto un segundo, me mira, mira a las niñas, mira sus manos, mira la sangre seca bajo mis uñas.
"Lo que haga tu mano derecha, Valeria..."
"Lo sabrá la izquierda" "Y las dos están de acuerdo," lo corto. Me subo de copiloto esta vez. Ya no me escondo.
Arranca. Vrrrrm.
Conduce hacia el Hospital La Paz, despacio, como un fantasma.
Atrás, Ana se duerme abrazada a Sofía. Inocentes. Por ahora.
Yo miro a Gael. Su perfil cortado por la luz de las farolas. Guapo. Roto. Mío.
"Gael", digo en voz baja. "Cuando esto acabe... si salimos vivos..."
"No hagas promesas", me corta. Pero su mano busca la mía sobre el cambio de marchas. Ensangrentada. Fría. Me agarra fuerte. "Solo conduce."
Entrelazo mis dedos con los suyos. Mano derecha. Mano izquierda. Las dos saben. Las dos cómplices. Las dos saben.
Delante, el hospital brilla como un monstruo blanco.
Ricardo está ahí. Vivo. Y nosotros vamos a decidir si sigue respirando.