Meghan Whitmore, hija del recién electo presidente de Estados Unidos y brillante abogada, siempre ha vivido entre poder y estrategia. Desde la muerte de su madre y su hermano, ella se convirtió en el mayor apoyo de su padre... y en su punto más vulnerable.
Cuando una amenaza logra infiltrarse en la Casa Blanca, su seguridad se refuerza con un nuevo jefe de protección: el capitán Ethan Cole, un militar frío y disciplinado que solo cree en el deber. Lo que comienza como una misión profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
Pero mientras las amenazas se vuelven más personales y secretos del pasado salen a la luz, Meghan y Ethan descubrirán que el mayor riesgo no está en los enemigos externos... sino en cuando los sentimientos comienzan a ganar terreno y todo el país los está observando.
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Capitulo 4
SALA SEGURA -
El acero tiene un sonido particular cuando se cierra.
Sordo.
Definitivo.
La puerta de la sala de seguridad se selló detrás de mí y el mundo exterior se convirtió en ruido amortiguado, radios saturadas y pasos apresurados.
Estoy sentada en una silla metálica, una manta sobre los hombros que no pedí. Mis manos ya no tiemblan, pero tampoco están completamente firmes.
Hay al menos ocho agentes dentro.
Teléfonos sonando.
Voces superpuestas.
Pantallas mostrando cámaras en tiempo real.
—Perímetro interno asegurado.
—Revisen el ala norte otra vez.
—Confirmado, el intruso escapó por el jardín este.
—Señorita Whitmore —dice la agente Harris, arrodillándose frente a mí—. Necesito que me repita exactamente lo que dijo.
Respiro hondo.
—Dijo que esto era más que todo una advertencia para mí padre... si era una advertencia.
—¿Mencionó nombres? ¿Organización?
—No.
—¿Intentó herirla deliberadamente?
La imagen del disparo vuelve a mi mente.
—Disparó… pero no directamente a mí. Fue cerca.
Harris asiente con la mandíbula tensa.
—Eso indica intimidación, no ejecución.
—Quería asustarme —digo en voz baja.
Un hombre mayor, traje oscuro, auricular visible —el subdirector del equipo— interviene:
—Y lo logró.
Lo miro fijamente.
—No.
Silencio breve.
—No lo logró —repito—. Estoy aquí. Estoy consciente. Y mañana tengo una reunión a las diez.
Algunos intercambian miradas.
—Con todo respeto, señorita —dice otro agente—, esa reunión puede esperar.
—La reforma no puede —respondo.
Porque si cedo terreno al miedo, entonces sí habrá ganado.
Las horas pasan en una especie de bucle extraño.
Revisión de cámaras.
Confirmación de protocolos.
Llamadas a Canadá.
Coordinación con inteligencia.
Yo permanezco ahí, escuchando todo.
En algún momento alguien me trae café.
—No tomo —digo.
—Es descafeinado.
Lo sostengo igual, más por la sensación de calor que por el sabor.
A las cuatro de la mañana, el caos empieza a ordenarse. La adrenalina baja, dejando un cansancio pesado.
Me entregan mi computador.
—Si va a quedarse despierta, al menos trabaje aquí —dice Harris.
Le dedico una media sonrisa.
—Eso planeaba.
Abro el documento de la reforma de Transparencia Financiera Internacional. La cláusula polémica sigue ahí, subrayada en rojo.
Si cedemos demasiado, perdemos credibilidad.
Si apretamos demasiado, generamos conflicto diplomático.
Mis dedos vuelan sobre el teclado.
—¿Está segura de que puede concentrarse? —pregunta el subdirector.
—Sí.
No agrego que concentrarme es la única forma de no revivir el momento en que esa mano cubrió mi boca.
El amanecer llega sin que nadie lo anuncie. La luz tenue se filtra por las pequeñas ventanas reforzadas de la sala.
Sobreviví a la noche.
A las siete y cuarenta y dos, el murmullo cambia.
—El presidente aterrizó. Está en camino.
Mi estómago se contrae.
No por miedo.
Por él.
Quince minutos después, la puerta se abre y mi padre entra con el traje aún arrugado del vuelo nocturno. No parece el presidente en ese instante.
Parece solo mi padre.
Sus ojos me recorren de pies a cabeza.
—Meghan.
Me pongo de pie.
—Estoy bien.
Cruza la distancia en tres pasos y me abraza con una fuerza que no intenta disimular.
—No debí dejarte sola.
—No estaba sola.
—Entraron a nuestra casa.
Su voz vibra con algo más que rabia. Culpa.
—Papá —susurro—. Mírame.
Se aparta apenas.
—No me hizo nada. Fue una advertencia política.
—Te apuntaron.
—Disparó a la pared.
—Eso es suficiente.
El jefe de seguridad entra detrás.
—Señor presidente, estamos revisando cada protocolo interno. Fue una falla en la rotación de ronda en el ala residencial.
Mi padre se gira hacia él.
—Quiero el doble de personal. Rondas constantes. Acceso restringido incluso para personal interno.
—Papá —intervengo.
—No.
—Escúchame.
—No voy a arriesgarte otra vez.
—No puedes convertir esto en un búnker permanente.
—Ya es un búnker.
—No. Es una casa. También es una institución. Si reaccionas con exceso, el mensaje es que tienen poder sobre nosotros.
Silencio tenso.
El jefe de seguridad observa, esperando.
—Señor presidente —dice finalmente—, aumentar el segundo y tercer anillo de seguridad sería prudente.
Mi padre no deja de mirarme.
—Voy a reforzar todo —dice con voz firme—. No es negociable.
—Papá…
—Meghan, casi te pierdo.
Esa frase me atraviesa.
Casi.
Camino hasta él y tomo su rostro entre mis manos, como hacía mamá cuando él se desbordaba de trabajo.
—No me perdiste.
—Pero podrían haberlo hecho.
—Entonces no les daremos esa satisfacción.
Respira profundo.
—Prométeme que serás más cautelosa.
—Siempre lo soy.
—Más.
Asiento.
—Está bien.
Se vuelve hacia el jefe de seguridad.
—Quiero perfiles nuevos en el anillo interno. Gente con experiencia en amenazas políticas internacionales. No solo protocolo estándar.
—Sí, señor.
El hombre sale.
Quedamos solos por primera vez desde que llegó.
Mi padre pasa una mano por su cabello.
—Esto no es solo Canadá, ¿verdad?
—No lo sé.
—Si alguien cree que puede intimidarnos, se equivoca.
—Entonces no reacciones con miedo. Reacciona con inteligencia.
Me mira con algo entre orgullo y dolor.
—Eres demasiado fuerte para mi tranquilidad.
—Soy tu hija.
Eso le arranca una sonrisa breve.
—Hoy no irás a esa reunión.
—Sí iré.
—Meghan.
—Si no voy, validamos la amenaza.
Me estudia largo rato.
—Diez agentes contigo.
—Cinco.
—Ocho.
—Seis.
Suspira.
—Siete.
Sonrío apenas.
—Negociación exitosa, señor presidente.
Se inclina y besa mi frente.
—No vuelvas a asustarme así.
No sé cómo explicarle que no fui yo quien eligió asustarse.
Pero sí puedo elegir no dejar que el miedo gobierne.
Y mientras el día comienza oficialmente y el país despierta sin saber lo cerca que estuvo el peligro, yo hago lo único que sé hacer cuando el mundo tiembla:
Trabajo.
Porque si el poder quiere probarme…
tendrá que hacerlo de frente.