A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 8: Las Marcas del Pecado
Pov Raquel
Llegué a casa a las siete y media de la mañana con el corazón latiéndome en la garganta. El vecindario apenas despertaba, algunos corredores matutinos pasaban por la acera, el señor Pérez sacaba su basura como todas las mañanas.
Nadie sospechaba que acababa de regresar de pasar la noche siendo devorada por un hombre veinte años menor que yo.
Abrí la puerta principal con cuidado, esperando que la casa estuviera en silencio. En cambio, el olor a café y panqueques me recibió. Voces infantiles venían de la cocina mezcladas con la risa de Ana.
—¡Y entonces el dragón se comió toda la pizza! —gritaba Santiago.
—¡Eso no es cierto! —protestaba Sofía—. Los dragones comen princesas, no pizza.
—Este dragón era diferente —respondió Ana con voz de cuenta-cuentos—. Era un dragón gourmet.
Cerré la puerta suavemente y me quedé en el recibidor intentando calmar mi respiración. Ana se había quedado toda la noche. Mi mejor amiga había dormido en mi casa, cuidando a mis hijos, mientras yo estaba en la cama de Julian Harrington.
La culpa me golpeó con fuerza.
Me dirigí hacia las escaleras intentando subir sin ser vista, pero la voz de Ana me detuvo.
—¡Raquel! Qué bueno que ya llegaste. Los niños querían esperarte despiertos anoche pero los convencí de que necesitabas concentrarte en tu reunión importante.
Me giré lentamente. Ana estaba en la puerta de la cocina con una espátula en la mano y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Buenos días —dije, forzando una sonrisa—. Gracias por quedarte con ellos.
—Para eso están las amigas —respondió con un tono que no pude descifrar—. ¿Por qué no subes a cambiarte? Yo termino el desayuno y hablamos.
Asentí y subí las escaleras sintiendo sus ojos clavados en mi espalda.
Entré a mi habitación y cerré la puerta con pestillo. Solo entonces me permití respirar.
Me dirigí al baño y encendí la luz. Y me quedé paralizada.
El espejo me devolvió la imagen de una mujer que no reconocía. El cabello despeinado, salvaje. Los labios hinchados. Los ojos brillantes.
Y las marcas.
Dios, las marcas.
Mi cuello estaba lleno de chupetones rojizos que subían desde la clavícula hasta detrás de la oreja. Marcas de dientes en mi hombro. Rasguños rojos en mi espalda que podía ver cuando me giré.
Julian me había marcado como un animal marca su territorio.
—Mierda —susurré, tocando suavemente uno de los chupetones y sintiendo el dolor sordo—. Mierda, mierda, mierda.
¿Cómo iba a ocultar esto?
Me metí en la ducha dejando que el agua caliente lavara el olor a sexo de mi piel. Pero el agua no podía borrar las marcas. Esas permanecerían durante días.
Cuando salí, me puse una blusa de cuello alto a pesar de que ya hacía calor. Me até una bufanda ligera alrededor del cuello. Me apliqué corrector en las marcas que quedaban visibles.
Pero cuando me miré al espejo, era obvio. Demasiado obvio.
Un toque suave en la puerta me hizo saltar.
—¿Raquel? Soy yo.
Abrí la puerta. Ana entró rápidamente y la cerró detrás de ella con pestillo.
—Déjame ver —dijo sin preámbulos.
—Ana, yo...
—Quítate la bufanda, Raquel. Ahora.
Lo hice con manos temblorosas. Ana silbó bajito al ver las marcas.
—Dios santo. ¿Julian Harrington hizo esto?
—Se dejó llevar y yo... yo también.
Ana suspiró y tomó mi barbilla, girando mi cabeza para examinar cada marca.
—Está bien, esto tiene solución. Pero Raquel, tienes que tener más cuidado. Tus hijos no son tontos.
—Lo sé.
—Especialmente Marcela —continuó Ana—. Esa niña es demasiado perceptiva. Ya me preguntó tres veces esta mañana dónde estabas realmente.
El pánico me apretó el pecho.
—¿Qué le dijiste?
—Que estabas en una reunión de emergencia que se extendió toda la noche. Pero no me creyó del todo.
Me dejé caer en la cama.
—¿Qué voy a hacer?
Ana se sentó a mi lado y tomó mi mano.
—Primero, vamos a cubrir estas marcas correctamente. Tengo maquillaje profesional en mi auto que uso para sesiones de fotos corporativas. Segundo, necesitas establecer reglas con Julian.
—¿Qué tipo de reglas?
—Nada de marcas visibles —dijo firmemente—. Y necesitas volver a tu casa antes del amanecer. Si duermes allá, tus hijos empezarán a sospechar. Deben pensar que dormiste aquí, en tu cama, como siempre.
—Tienes razón.
—Ve por mi bolso al auto y trae el estuche de maquillaje grande. El negro con dorado. Y ponte algo que cubra todo ese cuello mientras tanto.
Veinte minutos después, Ana había transformado mi cuello en un lienzo impecable. El maquillaje profesional cubría cada marca, cada chupetón, cada evidencia de mi pecado.
—Es resistente al agua —explicó mientras aplicaba la última capa—. Pero tendrás que reaplicarlo cada mañana. Y por Dios, Raquel, dile a Julian que se controle.
—Se lo diré.
Un golpe suave en la puerta nos hizo saltar a ambas.
—¿Mamá? —la voz de Marcela.
Ana guardó rápidamente el maquillaje mientras yo abría la puerta.
—Buenos días, mi amor.
Marcela entró mirándome con atención. Demasiada atención.
—¿Por qué llevas bufanda? Hace calor.
—Tengo un poco de frío —mentí—. No dormí bien y ya sabes cómo me pongo cuando no duermo.
—Mmm —Marcela se acercó más—. ¿La reunión fue tan larga?
—Muy larga. Pero productiva.
—Ana dice que vas a tomar clases nocturnas. ¿Es verdad?
Miré a Ana con sorpresa. Ella asintió ligeramente.
—Sí. Un curso de actualización empresarial. Dos veces por semana.
—¿Los martes y viernes?
—Exacto.
Marcela me estudió por un momento más. Luego sonrió.
—Bien. Me parece bien que estés haciendo cosas para ti, mamá. Te ves... diferente. Más feliz.
Las lágrimas amenazaron con salir.
—Gracias, mi amor.
—Solo no se lo digas a Ángel todavía —advirtió—. Ya sabes cómo se pone con cualquier cosa nueva.
—Lo sé.
Cuando Marcela se fue, me dejé caer en la cama sintiendo que acababa de correr un maratón.
—Esa niña es demasiado perceptiva —dijo Ana.
—No tienes idea.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de Julian.
"¿Llegaste bien a casa?"
Miré las marcas ahora cubiertas en el espejo y respondí.
"Sí. Pero necesitamos hablar sobre las reglas."
La respuesta fue inmediata.
"¿Qué reglas?"
"Nada de marcas visibles. Y necesito estar en mi casa antes del amanecer. Mis hijos están empezando a sospechar."
Pasaron varios minutos antes de que respondiera.
"Entendido. Pero no me pidas que no te toque, Raquel. Eso es imposible."
El calor me subió por el cuello.
"No te estoy pidiendo eso. Solo que seas más cuidadoso con dónde me marcas."
"Puedo hacer eso. Hay muchos lugares que nadie más verá."
La promesa implícita en esas palabras me hizo temblar.
Ana me quitó el teléfono de las manos.
—Suficiente por ahora. Baja a desayunar con tus hijos antes de que empiecen a pensar que algo anda mal.
—Tienes razón.
Me miré una última vez en el espejo. El maquillaje era perfecto. Nadie sospecharía nada.
Pero cuando bajé las escaleras y los trillizos corrieron a abrazarme, cuando Sofía me preguntó si la reunión había sido aburrida, cuando Santiago me contó sobre el dragón gourmet que Ana les había inventado, la culpa volvió a apretarme el pecho.
Les estaba mintiendo. A todos.
Y cada día la mentira se hacía más grande, más imposible de sostener.
Pero cuando recordaba cómo Julian me había hecho sentir anoche, cuando recordaba sus manos en mi cuerpo y la forma en que me miraba como si fuera la única mujer en el mundo, sabía que seguiría mintiendo, porque esa sensación era demasiado adictiva para renunciar a ella. Aunque me costara mi alma.