Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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Felicidad de cristal
Durante las semanas siguientes, la presencia de Gabriel se convirtió en una constante suave, como el pulso de la marea que Selene tanto disfrutaba observar. Fiel a su palabra, él no presionó los límites que ella había trazado con tanta firmeza. No hubo flores invasivas ni declaraciones de amor apasionadas; en su lugar, hubo café compartido al amanecer, debates sobre la estructura de las catedrales góticas y caminatas en las que el silencio no se sentía como una amenaza, sino como un refugio.
Gabriel empezó a frecuentar "La Esperanza" no solo como cliente, sino como un amigo que buscaba la paz que solo Selene parecía irradiar. A menudo, se sentaba en un rincón con sus planos de restauración, mientras ella organizaba los estantes o atendía a los pocos lugareños que buscaban una historia para pasar la tarde.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de restaurar edificios antiguos, Selene? —preguntó él una tarde, dejando a un lado su carboncillo.
Selene, que estaba etiquetando una nueva remesa de libros de poesía, levantó la vista y sonrió.
—Dímelo tú, arquitecto.
—Que no se trata de borrar el pasado —respondió Gabriel, mirándola con una fijeza que la hizo sentir vista, no observada—. Se trata de reforzar los cimientos, de limpiar las cenizas de los incendios y demostrar que la estructura sigue siendo hermosa, incluso con sus grietas. Las grietas son las que cuentan que el edificio ha sobrevivido.
Selene sintió que esas palabras resonaban en lo más profundo de su ser. Durante su matrimonio con Maximiliano, ella se sentía como un edificio que estaba siendo demolido pieza a pieza, hasta que no quedó nada más que escombros. Con su terapeuta había empezado a recoger esos pedazos, pero con Gabriel, estaba aprendiendo que esas "grietas" de su alma no la hacían defectuosa, sino resiliente.
Poco a poco, Selene empezó a abrirse. Le contó sobre su infancia con su tía, omitiendo por ahora la sombra de su padre, y sobre su amor por la literatura que nació como un escape de una realidad que nunca le perteneció. Gabriel la escuchaba con una atención que Selene encontraba embriagadora. Él no la interrumpía para corregirla, ni usaba sus palabras para humillarla después.
Una tarde, mientras ayudaba a Selene a mover unos pesados estantes de madera para protegerlos de la humedad, Gabriel rozó accidentalmente su mano. Selene se tensó instintivamente, un viejo reflejo del cuerpo que recordaba la fuerza bruta de Maximiliano. Pero Gabriel no cerró el puño ni tiró de ella. Simplemente retiró la mano y la miró con una disculpa silenciosa y respetuosa en los ojos.
—Perdona, Selene. No fue mi intención asustarte.
—No me asustaste, Gabriel —mintió ella a medias, aunque luego decidió ser honesta, algo que la terapia le había enseñado—. Es solo que... mi cuerpo a veces recuerda cosas que mi mente intenta olvidar. Gracias por no... por no insistir.
—Nunca insistiría en algo que te haga sentir pequeña —prometió él—. Mi trabajo es construir espacios donde la gente se sienta segura. Y quiero que sepas que, conmigo, siempre estarás en terreno firme.
Esa noche, después de que Gabriel se marchara, Selene se miró al espejo. Ya no veía a la mujer pálida que consumía solo agua en una habitación cerrada, ni la que se quedaba sola después de planear una cena para tratar de limar las asperezas en un matrimonio infernal. Veía a una mujer que estaba aprendiendo a confiar de nuevo. La amistad con Gabriel le estaba devolviendo la fe en la humanidad, en la posibilidad de que no todos los hombres de poder usaban su fuerza para someter.
Sin embargo, mientras ellos fortalecían ese vínculo basado en el respeto, el mundo exterior seguía girando con una violencia oscura.
En la capital, Maximiliano Valente no dormía. La fotografía de Selene riendo con Gabriel estaba sobre su escritorio, arrugada por la fuerza con la que la había apretado. Había identificado a Gabriel Mendoza en cuestión de horas: un arquitecto de prestigio, un hombre sin manchas, un hombre que representaba todo lo que Maximiliano odiaba porque no podía comprarlo con dinero.
—Así que este es tu "nuevo comienzo", Selene —murmuró Maximiliano, su voz cargada de un veneno que Alessandra Villarreal se encargaba de alimentar cada mañana—. Un arquitecto que juega a las casitas. Vamos a ver cuánto dura su estructura cuando yo decida derrumbarla.
Maximiliano ya no solo quería recuperar a su esposa; quería destruir al hombre que se había atrevido a hacerla reír cuando él solo le había dado lágrimas. La paz de Selene era un espejismo que estaba a punto de disolverse bajo el peso de una venganza que Maximiliano estaba cocinando a fuego lento, esperando el momento exacto para aparecer y recordarle que, según el contrato que él aún guardaba en su caja fuerte, ella seguía siendo suya.
Selene y Gabriel compartieron un helado frente al mar esa noche, riendo por una anécdota de la librería, sin saber que el depredador ya tenía las coordenadas exactas de su paraíso. La amistad era fuerte, pero la tormenta que se avecinaba era capaz de arrancar cualquier cimiento que no estuviera hecho de puro acero.