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CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor prohibido / Romance
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?

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capitulo 21

Me desperté en la habitación de invitados, un espacio mucho más digno que el ala de servicio pero que seguía sintiéndose como una sala de espera hacia el patíbulo. Dante había cumplido su palabra: mis cosas habían sido trasladadas mientras yo dormía, y un guardia de seguridad, un hombre de rostro impasible llamado Marcus, custodiaba ahora el pasillo que conectaba mi habitación con la suya.

Me llamo Zoe, y hoy mi existencia se ha convertido en un acertijo estratégico.

Me puse un vestido sencillo de lino azul y bajé las escaleras, tratando de pasar inadvertida. Sin embargo, el silencio de la mansión fue roto por el sonido de porcelana rompiéndose en el comedor principal. Me asomé con cautela y vi la escena: Elena estaba de pie junto a la mesa, con el rostro desfigurado por la rabia, mientras un aterrorizado camarero recogía los restos de un juego de té.

—¡He dicho que no quiero esta basura orgánica! —gritó Elena—. ¡Quiero mi desayuno de siempre y lo quiero ahora! ¿Es que todos en esta casa se han vuelto tan estúpidos como mi hermana?

Dante entró en ese momento, vestido con su traje gris marengo, impecable como si no hubiera pasado la noche gestionando una crisis pública. No se detuvo a mirarla. Se sentó en la cabecera, abrió el periódico y, con una voz que helaría el Sahara, dijo:

—Si vuelves a romper algo, Elena, descontaré el valor de tu asignación mensual. Y si vuelves a gritar a mi personal, Marcus te escoltará a tu habitación y no saldrás de ella en una semana.

—¡No puedes hacerme esto! —chilló ella, golpeando la mesa—. ¡Soy tu esposa!

—Eres la mujer que firma mis documentos —corrigió él sin levantar la vista—. La mujer que estuvo anoche a mi lado en la terraza es la que tiene mi respeto. Elige quién quieres ser hoy, pero hazlo en silencio.

Elena se giró y me vio allí, parada en el umbral. Sus ojos brillaron con un odio tan puro que sentí un escalofrío. Sin decir nada más, pasó a mi lado empujándome con el hombro y subió las escaleras, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y resentimiento.

Caminé hacia la mesa, sintiéndome como una intrusa en mi propia vida. Dante finalmente bajó el periódico. Sus ojos grises, antes fríos como el mármol, se suavizaron apenas un ápice al posarse en mí.

—Siéntate, Zoe. Desayuna. Tienes un día largo por delante.

—Dante, esto no va a funcionar —dije, sentándome frente a él—. Ella está perdiendo la cabeza. Lo que pasó en la gala fue solo el principio. Si seguimos forzando esta situación, va a cometer una locura.

—Que la cometa —respondió él, tomando un sorbo de café—. Necesito que cometa un error legal lo suficientemente grave como para que ni el mejor abogado de la ciudad pueda salvar su posición en el contrato. Hasta entonces, tú eres mi "consultora". He dado órdenes de que se te prepare un estudio de pintura adecuado en el segundo piso, justo al lado de mi despacho. No quiero que vuelvas a ese cobertizo del jardín.

—¿Al lado de tu despacho? —pregunté, sorprendida—. Dante, eso es... es casi una declaración de guerra hacia ella.

—La guerra empezó hace mucho tiempo, Zoe. Solo que ahora las líneas están claras.

Pasé la tarde en mi nuevo estudio. Era una habitación magnífica, inundada de luz natural, con caballetes nuevos y lienzos de lino belga. Intenté concentrarme en un boceto, pero mi mente volvía una y otra vez a la sensación de las manos de Dante en mi cintura durante aquel beso oculto en la terraza. . Pero ahora que Elena estaba físicamente aquí, la tensión era más carnal, más peligrosa.

Alrededor de las seis de la tarde, la puerta del estudio se abrió. No fue Dante. Fue Elena.

Entró con una calma que me inquietó más que sus gritos de la mañana. Se paseó por la habitación, deslizando sus dedos con uñas perfectamente manicuradas sobre mis pinceles.

—Bonito lugar —dijo, deteniéndose frente a un lienzo a medio terminar—. Papá siempre dijo que tenías talento, pero que te faltaba ambición. Qué ironía, ¿verdad? Yo tengo la ambición y ahora tú tienes el estudio de mis sueños.

—No es el estudio de tus sueños, Elena. Tú odias el olor a aguarrás. Tú solo quieres el poder que conlleva estar aquí.

Ella se giró hacia mí, y vi que sostenía algo en su mano. Era una pequeña navaja de precisión que yo usaba para cortar lienzos.

—¿Crees que Dante te quiere, Zoe? —preguntó, jugando con la punta de la cuchilla—. Él no quiere a una mujer. Quiere un trofeo que no le dé problemas. Tú eres útil ahora porque le salvaste el pellejo con lo de Vanessa, pero en cuanto el polvo se asiente, seguirás siendo la hermana pobre que se prestó a una estafa.

—Vete de aquí, Elena.

—Me iré. Pero antes, quiero que sepas algo. He estado hablando con los abogados de papá. Resulta que el contrato de matrimonio tiene una cláusula de fidelidad muy estricta. Si Dante me "sustituye" públicamente por ti, él pierde el derecho a la fusión de las empresas Sterling. Y yo me quedo con el cincuenta por ciento de sus activos personales por daños morales.

Se acercó al cuadro que yo había estado pintando —un paisaje abstracto de tonos grises y esmeralda que recordaba a la noche de la gala— y, con un movimiento rápido y cruel, hundió la navaja en la tela, rasgándola de arriba abajo.

—Pinta otro, hermanita. Tienes mucho tiempo libre ahora que no tienes vida propia.

El dolor que sentí no fue por el lienzo, sino por la humillación de verla destruir algo que nacía de mi interior. Me quedé inmóvil mientras ella salía de la habitación riendo. Mis dedos temblaban de furia. Quise correr tras ella, quise gritarle a Dante que la echara de una vez, pero sabía que eso era exactamente lo que ella quería: un escándalo que la pusiera a ella como la víctima de una hermana inestable.

Me arrodillé junto al lienzo roto, las lágrimas nublando mi vista. Sentí una presencia en la puerta. Era Dante.

No dijo nada. Se acercó y miró el cuadro destruido. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus puños se cerraban a los costados. Se agachó a mi lado y, con una delicadeza que no encajaba con su reputación de "Glaciar", me tomó de las manos.

—No dejes que te gane así —susurró—. Un lienzo se puede reemplazar. Tu espíritu no.

—Lo ha roto porque sabe que es lo único que me importa —dije, con la voz quebrada—. Ella no quiere a nadie, Dante. Solo quiere destruir lo que los demás construyen.

Dante me obligó a levantarme. Me miró fijamente a los ojos, y por primera vez, no vi al CEO, ni al hombre del contrato. Vi a alguien que compartía mi cicatriz, alguien que también había sido traicionado por aquellos que debían amarlo.

—Esta noche habrá una cena con Julian y algunos socios cercanos —dijo él—. Quiero que bajes. No como Elena. Como Zoe de la Vega. Vamos a presentar tu portafolio para la nueva campaña de imagen de Volkov Industries.

—Dante, eso es una locura. Ella estará allí.

—Ella estará sentada a mi derecha, como el adorno legal que es. Pero tú estarás a mi izquierda, como la mente creativa detrás de mi empresa. Vamos a demostrarle que sus amenazas de fidelidad no significan nada si yo decido que tú eres indispensable profesionalmente.

La cena fue un campo de minas. Julian intentaba mantener una conversación ligera, pero la presencia de Elena, vestida con un vestido rojo sangre y una sonrisa gélida, lo hacía casi imposible. Yo estaba sentada frente a ella, con mi maleta de bocetos a un lado.

—Dante, querido —dijo Elena, interrumpiendo una charla sobre acciones—, ¿no te parece un poco inapropiado que tu "consultora" cene con nosotros? Al fin y al cabo, sigue siendo una empleada.

Dante ni siquiera la miró.

—Zoe es más que una empleada, Elena. Es la razón por la que el valor de nuestras acciones de lujo ha subido un diez por ciento hoy tras la gala. Julian, muestra los bocetos que Zoe preparó para la nueva línea de fragancias "Glaciar".

Julian desplegó los dibujos sobre la mesa. Eran trazos elegantes, sutiles, que capturaban la esencia de la frialdad convertida en arte. Los socios asintieron con aprobación.

—Increíble —dijo uno de ellos—. Refleja exactamente lo que buscamos: poder y vulnerabilidad. Señorita de la Vega, tiene usted una visión única.

—Es una lástima que su visión esté tan nublada por la ambición de su hermana —murmuró Elena, bebiendo su vino.

La tensión sexual y emocional en la mesa era tan alta que se podía sentir en la piel. Dante colocó su mano sobre la mía por encima de la mesa, a la vista de todos, pero especialmente de Elena.

—Zoe tiene mi confianza absoluta —dijo Dante, su voz resonando en el comedor—. Y a partir de mañana, tendrá firma autorizada para los proyectos de marketing de la sede central.

Elena dejó caer su cubierto, el sonido metálico golpeando el plato como una campana de guerra. Se levantó bruscamente.

—¡Basta de esta farsa! —gritó—. ¡Dante, me estás humillando frente a tus socios! ¡Soy tu esposa!

—Eres la mujer que firmó un papel —respondió él, finalmente mirándola con una frialdad que la hizo retroceder—. Pero ella es la mujer que entiende mi mundo. Retírate a tu habitación, Elena. Ahora mismo.

Ella miró a Julian, luego a los socios, y finalmente a mí. Su rostro era una máscara de humillación y odio. Sin decir una palabra, salió del comedor, pero su silencio fue más ruidoso que cualquier grito.

La cena terminó poco después. Los socios se despidieron con miradas curiosas, sabiendo que habían sido testigos de una lucha de poder que apenas comenzaba. Me quedé a solas con Dante en el gran salón, bajo la luz de la lámpara de araña que proyectaba sombras largas y dramáticas.

—¿Estás bien? —preguntó él, acercándose.

—No sé cuánto tiempo más podré soportar esto, Dante. Ella no se va a detener con un cuadro roto. Va a ir a por algo más grande.

Dante me tomó por la cintura y me atrajo hacia él. En la penumbra del salón, sus ojos brillaban con una determinación feroz.

—Que lo intente. Cada vez que ella ataque, yo te daré más poder. Cada vez que ella intente hundirte, yo te subiré más alto. Zoe, no te traje aquí para ser una víctima. Te traje aquí porque eres la única que no me tiene miedo.

Me besó con una pasión que me dejó sin aliento, un beso que sabía a victoria y a peligro inminente. Pero mientras sus labios recorrían mi cuello, escuché un pequeño clic en lo alto de la escalera. Levanté la vista y vi a Elena, oculta en las sombras del segundo piso, sosteniendo su teléfono móvil. La luz de la pantalla iluminó su rostro por un segundo: estaba grabando.

Me separé de Dante con el corazón latiendo desbocado.

—Nos ha visto —susurré—. Dante, tiene pruebas.

Él miró hacia la escalera, pero Elena ya se había desvanecido en la oscuridad. El "Glaciar" se tensó, pero no se rompió. Me tomó de la mano y me guio hacia el despacho.

—Que las tenga —dijo—. Mañana empezaremos el proceso para demostrar que su firma en el contrato fue obtenida bajo coacción de su padre. Si ella quiere usar la infidelidad, yo usaré la nulidad. Pero Zoe... a partir de ahora, no podemos cometer ni un solo error más.

estaba mirando hacia la oscuridad de la escalera, dándome cuenta de que el "amor forzado" de nuestro contrato se estaba convirtiendo en una guerra real de la que ninguno de los dos saldría ileso. Tenía el poder, tenía el estudio y tenía al hombre, pero ahora también tenía una diana pintada en el pecho, y mi propia hermana era la que sostenía el arco.

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Rozalia Dragos
Entretenido Muy bueno
ana vasquez
un tira y encoje entretenido, eso sí 🤭
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