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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

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capitulo 9

La mesa de roble oscuro brillaba bajo la luz de las lámparas de araña con una intensidad que me lastimaba los ojos. Era nuestra sexta cena en Aethelgard, pero la atmósfera se sentía como si fuera la última. El aire estaba cargado de un perfume a lirios y salitre que se me pegaba a la garganta, asfixiándome. Me acomodé el vestido, sintiendo que la seda era ahora una armadura demasiado delgada para lo que se avecinaba.

A mi izquierda, Marcus jugueteaba con su cuchillo de plata, su mirada perdida en el reflejo de la hoja. A mi derecha, Lucía mantenía los hombros tan tensos que juraría que en cualquier momento se quebrarían como cristal. Éramos ocho sombras vestidas de gala, sentados frente a manjares que nadie se atrevía a probar. El silencio no era de respeto, era de puro terror líquido.

—¿Nadie va a decir nada? —soltó de pronto Julián, su voz rompiéndose en el aire pesado—. Llevamos una hora mirándonos las caras como si estuviéramos en un funeral.

—Quizás lo estemos —respondió Marcus sin levantar la vista—. El anfitrión prometió que esta noche el "entretenimiento" sería especial.

Justo en ese momento, el tintineo de una copa resonó por todo el salón. No venía de ninguno de nosotros. El sonido brotaba de los altavoces ocultos tras las molduras de oro del techo. Una vibración sorda recorrió el suelo y, de repente, las luces bajaron hasta dejarnos en una penumbra dorada y fantasmal.

"Buenas noches, amigos", dijo la voz. No era la voz de un hombre ni de una mujer; era un sintetizador metálico que arrastraba las sílabas con una elegancia cruel. "Espero que el confort de la isla les haya servido para reflexionar. El lujo es un sedante maravilloso, pero el efecto se está agotando, ¿verdad?".

Sentí un escalofrío que me recorrió la columna. Miré a los demás. Todos teníamos la misma expresión de animal acorralado. El anfitrión estaba ahí, en algún lugar, observando cómo el sudor perlaba nuestras frentes a pesar del aire acondicionado.

"Entre ustedes", continuó la voz, "hay una persona que cree que el dinero puede borrar las huellas del pasado. Alguien que piensa que un robo de guante blanco se olvida si el botín es lo suficientemente grande. Julián, ¿por qué no nos cuentas cómo lograste financiar ese imperio inmobiliario después de que la fundación de tu padre se declarara en quiebra misteriosamente?".

Julián se puso lívido. La copa que sostenía tembló violentamente hasta que el vino tinto se derramó sobre el mantel inmaculado, extendiéndose como una mancha de sangre.

—Es mentira... eso es una calumnia —balbuceó, pero sus ojos bailaban de un lado a otro, buscando una salida que no existía.

—No nos mientas a nosotros, Julián —dijo Marcus, y vi en su rostro una chispa de sadismo—. Todos aquí tenemos un precio, pero parece que el tuyo fue el más bajo.

La cena se convirtió en un campo de batalla de susurros y acusaciones. La armonía que habíamos fingido durante cinco días se desmoronó en segundos. La voz volvió a reír, un sonido seco que nos erizó la piel. "Esto es solo el aperitivo. Mañana, la isla les mostrará que el aislamiento no es físico, sino moral. Buen provecho".

Las luces volvieron a su intensidad normal, pero la comida ya olía a podrido. Nadie terminó su plato. Julián se levantó bruscamente, tirando la silla al suelo, y salió corriendo hacia los jardines. Por un momento, el resto nos quedamos paralizados, hasta que el instinto de supervivencia nos obligó a seguirlo.

Corrimos por los senderos de piedra, rodeados por una vegetación que en la oscuridad parecía tener garras. El sonido del mar golpeando contra los acantilados era un rugido ensordecedor. Llegamos al muelle privado, donde la lancha rápida que nos había traído seguía amarrada, balanceándose suavemente bajo la luz de la luna.

Julián ya estaba allí, desatando las cuerdas con movimientos frenéticos.

—¡Me largo de este lugar de locos! ¡No pienso quedarme a que una máquina me juzgue! —gritaba mientras saltaba a bordo.

—¡Julián, espera! —grité yo, sintiendo una angustia que no podía explicar—. El anfitrión dijo que no había salida. ¡Es una trampa!

Él no me escuchó. El motor de la lancha rugió, rompiendo el silencio de la noche, y comenzó a alejarse a toda velocidad hacia el horizonte negro. Todos nos quedamos en el borde del muelle, observando la estela blanca que dejaba en el agua. Por un segundo, sentí una envidia atroz. Él se iba. Él iba a escapar de este juicio.

Pero entonces, el mundo se volvió blanco.

Un estruendo seco y profundo sacudió la isla entera. Una bola de fuego naranja y violenta estalló en mitad del mar, justo donde la lancha de Julián debería estar. La onda expansiva nos arrojó hacia atrás, golpeándonos contra la madera del muelle. El calor fue tan intenso que sentí que el vello de mis brazos se chamuscaba.

Cuando logré levantarme, el silencio era aún más aterrador que la explosión. No había rastro de la lancha. Solo pedazos de escombros ardiendo que flotaban sobre el agua negra y un olor a combustible que inundaba el aire. Julián se había ido, pero no de la forma que él esperaba.

—Nos va a matar a todos —susurró Lucía, cayendo de rodillas, sollozando sin consuelo.

Miré a Marcus. Su arrogancia había desaparecido. Sus ojos reflejaban las llamas que se apagaban lentamente en el océano. Yo solo podía pensar en el sobre que todavía guardaba en mi habitación. El secreto de Julián había sido revelado y su castigo fue instantáneo. ¿Qué pasaría cuando la voz decidiera hablar de la noche del accidente? ¿Qué pasaría cuando el mundo supiera que yo era quien sostenía el volante mientras los demás me gritaban que acelerara?

Caminamos de regreso a la mansión como zombis. El lujo de las estatuas y los jardines iluminados se sentía ahora como una burla cruel. Al entrar en el vestíbulo principal, noté algo que no estaba allí antes. En la gran pantalla led que solía mostrar paisajes relajantes, ahora solo había un cronómetro digital en color rojo sangre.

**60:00:00**

Los segundos empezaron a descontarse. No sabíamos qué significaba, pero cada latido de mi corazón parecía sincronizarse con ese tic-tac luminoso. Subí a mi habitación, cerré la puerta con doble llave y me apoyé contra ella, intentando recuperar el aliento. El silencio de la suite, antes elegante, ahora era opresivo.

Me acerqué al ventanal. La isla de Aethelgard se extendía bajo mis pies, hermosa y letal. El anfitrión tenía razón: el aislamiento acababa de empezar, y el primer incidente era solo la grieta que terminaría por rompernos por completo. Me senté en el suelo, abrazando mis rodillas, esperando a que la primera luz del séptimo día me encontrara viva, aunque sabía que, a partir de esta noche, ninguno de nosotros volvería a dormir de verdad.

De repente, un ruido bajo la cama me hizo saltar. Un leve roce, metálico y rítmico. Con el corazón en la boca, me asomé lentamente, temiendo encontrar al verdugo en las sombras de mi propio refugio. Lo que vi fue mucho peor: un pequeño proyector oculto que comenzó a emitir una luz mortecina contra la pared blanca de mi dormitorio.

Las imágenes eran borrosas, grabadas desde un ángulo extraño, pero reconocí el lugar al instante. Era la carretera secundaria. Era la lluvia. Y era mi propio rostro, diez años más joven, gritando de terror mientras el coche derrapaba hacia el abismo. La grabación se detuvo justo antes del impacto, y una frase apareció escrita en letras grandes y nítidas sobre mi propia imagen.

*"¿Quién crees que grabó esto, Elena?"*

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