El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.
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Capitulo #8 – Verdades Bajo La Tormenta
La habitación estaba apenas iluminada por la llama de una lámpara de aceite; las sombras se proyectaban en las paredes de piedra como si quisieran escuchar la disputa. Afuera, el viento del desierto aullaba contra los muros, golpeando las ventanas con un murmullo constante que parecía anunciar tormenta. La puerta se cerró tras ella con un chasquido sordo. Arthur estaba de pie junto a la ventana, la luz de la luna dibujándole un perfil rígido. No se giró de inmediato, como si hubiera estado esperándola. En ese silencio tenso, Arthur alzó la voz.
— Esperaba que vinieras… —Arthur, confeso con voz baja.
Ninoska presionó el manto entre sus dedos, buscando valor. Dio un paso al interior de la habitación, sintiendo que el aire se volvía más denso, pesado, le faltaba el aire…
— No sabía si debía… pero aquí me tienes…
Arthur se giró despacio, sus ojos cansados, pero intensos, se clavaron en ella.
—Entonces habla. ¿Por qué lo que callas me persigue más que tus palabras? Me persigue más que tu indiferencia…
Un silencio hiriente se extiende entre los dos. Ninoska sintió que las sombras de Dissano aún la rozaban, como grabándole que no tenía tiempo para titubear. Tragó saliva y dejó escapar un hilo de voz.
— Es sobre Coraline… sobre lo que nunca hablamos, sobre lo que paso ese día…
Arthur se tensó, la respiración se aceleró apenas perceptiblemente, pero no la interrumpió. El momento había llegado. Obtendría respuestas. A su hija. El silencio seguía reinando entre ambos, ella había silenciado sus palabras, él no quería forzarla, pero parecía no querer hablar.
Nada. Silencio.
La ansiedad crecía en su pecho, no podía esperarla más… apretó el puño contra la mesa, los nudillos blancos
— Me negaste verla crecer… Me quitaste años de su vida, sus sonrisas, sus primeras palabras…
Su voz sonaba ruda, quebrada… el dolor podía palparse el cada una. Un peso que se negaba a seguir cargando.
— Necesito respuestas… Me debes esas respuestas… ¿Cómo pudiste?
Silencio. Parecía que se encontraba solo. El aire comenzaba a soplar demasiado fuerte afuera, una tormenta de arena se acercaba. Cerro los puños. No podía más… su mirada se oscureció… Dolor.
—¡Por un demonio! ¿No piensas contestarme?
Se acercó a ella con pasos apresurados. La tomó por los hombros y la obligó a mirarlo a los ojos. Los orbes esmeralda de Ninoska estaban vidriosos; en ellos podía leerse el miedo. Sus labios permanecían sellados, pero el leve temblor que los recorría la delataba. Se estaba manteniendo. Arthur sintió un impulso casi irrefrenable de abrazarla, de protegerla. Se veía frágil, vulnerable frente a él, como si toda su fortaleza se hubiera resquebrajado en ese instante.
No había años. No había rencor. No había decisiones equivocadas. Solo ellos. Quizás fue la oscuridad de la noche. La intimidad del momento. El silencio que los rodeaba. O tal vez fue verla así. Su mente dejó de pensar. La atrajo hacia sí y la rodeó con los brazos, apretándola contra su pecho como si quisiera resguardarla del mundo. Sintió el calor de su piel, su respiración entrecortada, el rubor encendiendo sus mejillas.
Ninoska no se resistió. Ese contacto era demasiado reconfortante para su corazón. Su mente le gritaba que no debía permitirlo, que aquella cercanía estaba mal… pero su corazón había aceptado ese abrazo incluso antes de que ocurriera. Lo había anhelado.
Arthur la observará un instante mientras la sostenía. No era la misma mujer que había conocido. Ser madre la había transformado; Había en ella una serenidad distinta, una profundidad que antes no existía.
Estaba aún más bella de lo que recordaba. Durante un breve instante el mundo pareció desaparecer. El tiempo se detuvo, y solo estaban ellos dos, suspendidos en un momento que parecía negar todos los años que los separaban. Pero todo termina. Ninoska recuperó la compostura de pronto y, sin previo aviso, lo empujó.
— ¿Qué crees que estás haciendo? — Reprochó con una hostilidad que no logró ocultar todo su agitación.
Arthur retrocedió un paso, desconcertado.
— Lo… lo siento.
Se pasó una mano por el cabello, tratando de recuperar algo de cordura.
—Solo… quería comprobar algo.
— ¿Comprobar qué?
Una sonrisa torcida apareció en sus labios, cargada de un cinismo defensivo.
— Si tu piel seguía siendo tan suave como la recuerdo.
El silencio que siguió fue peligroso. La mirada de Ninoska se endureció. Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas. Sabía que la había herido. Su orgullo había hablado en defensa propia.
— Eres increíble.
- Perder.
— No lo dije como un cumplido.
— Tampoco lo tomé así.
— Déjate de tonterías conmigo, ¿Qué es lo que quieres?
Un latido pesado atravesó el aire entre ambos. Entonces Arthur habló sin pensarlo.
— De acuerdo… — dijo con evidente molestia ante su cinismo — ¿Qué es lo que quieres?
Arthur no dudó.
— A mi hija.
Las palabras salieron con un peso inesperado, cargadas de una posesión que ni siquiera había meditado.
— Quiero a mi hija.
Ninoska lo observó fijamente. Las palabras quedaron suspendidas en la habitación. Ella no respondió de inmediato. Lo observará como si evaluara si merecía siquiera una respuesta.
- Arthur\, tú no tienes una hija. La engendraste\, sí… pero eso es todo. Ser padre implica mucho más.
Él frunció el fruncido.
— Claro que la tengo.
- No.
Su voz era baja, pero firme. Arthur dio un paso hacia ella, tenso.
— ¿Cómo se supone que iba a ser padre si tú me niegas ese derecho? — Replicó con brusquedad — Decidiste por mí… y por ella.
— ¡Renunciaste a ese derecho al día siguiente de engendrarla! — Estalló Ninoska, incapaz de contener por más tiempo las emociones que había reprimido durante años.
Arthur dio un paso hacia ella.
— No recuerdo haber firmado ningún documento renunciando a nada.
El silencio cayó como una cuchilla. Arthur quedó inmóvil. Aquellas palabras habían dado exactamente donde más dolía. Se apartó de ella, caminando por la habitación mientras pasaban las manos por su rostro.
Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Cuando volvió a hablar, su voz era más baja.
— ¿Tanto me odias? — Murmuró casi para sí mismo.
Ninoska bajó la mirada, se estremeció, bajando la cabeza. Sus lágrimas amenazaban con escapar.
— No entiendes nada.
— Entonces, explícamelo.
—No permitiría que nuestro pasado contaminara la vida de mi hija.
Arthur la observó fijamente.
— ¿Y yo?
La pregunta salió más suave de lo que esperaba. Más vulnerable.
— ¿Alguna vez ha preguntado por mí?
Arthur avanzó un paso. Su respiración era dura, pero en sus ojos ya no había furia. Solo una herida abierta.
La princesa lo miró con sorpresa. El silencio se volvió insoportable.
Ambos sabían que cada palabra estaba haciendo más profunda la herida.
Arthur tragó saliva.
— ¿Le dijiste que estoy muerto?
Ella no respondió. Ese silencio pesa más que cualquier respuesta.
Arthur la supervisa con detención.
— ¿Debo interpretar tu silencio como una afirmación?
- ¡No! — Respondió finalmente — No hemos hablado de ti con ella.
Aquellas palabras, al fin, le dieron un respiro. No aliviaban su dolor, pero le ofrecían una pequeña esperanza: La posibilidad de recuperar algo que ni siquiera sabía que le había sido arrebatado. Arthur se colocó frente a ella y se sentó en la mesita de café. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando las manos. Ladeó ligeramente la cabeza.
— Necesito saber… ¿Por qué me mentiste?
Sus dedos se cerraron con fuerza hasta que los nudillos se le blanquearon. El impulso de levantarse y caminar lo atravesó como una descarga; dio un par de pasos sobre la alfombra, incapaz de contener la tensión que le quemaba por dentro.
Ninoska se recostó contra el respaldo del asiento y cruzó los brazos sobre el pecho. Era una postura defensiva… pero también una barrera necesaria. Porque si él se acercaba más, ella sabía exactamente lo que pasaría. Incluso si eso le costaba su orgullo.
—No te mentí, Arthur. — Respondió finalmente.
Arthur levantó una ceja. Sus pasos retumbaban sobre la alfombra como si no pudiera contener la furia que lo quemaba por dentro.
— Interesante reinterpretación de la realidad.
— Simplemente decidí no decirte nada.
— Eso se llama mentir por omisión.
— Llámalo como quieras.
Arthur la observó durante unos segundos.
— Me marché porque me quedó claro que lo nuestro, para ti, no era más que atracción física.
Ninoska levantó la barbilla.
Arthur negó con la cabeza, su mandíbula se tensó.
— No hablo de eso… Hablo de Coraline.
No necesitaba que ella le recordara sus errores.
Ninoska se irguió un poco más. Su espalda rozó el muro de piedra y un escalofrío le recorrió la columna. Sus dedos se aferraron al borde del vestido, como si la tela fuera lo único que le impedía derrumbarse.
—Tú quieres respuestas. Yo también, Arturo. Creí que me amabas… y estúpidamente me entregué a ti. — Alzó la barbilla, aunque sus ojos brillaban — ¿Quieres saber por qué nunca te lo dije?
Hizo una breve pausa.
— Porque mientras yo temblaba con tus promesas… tú temblabas en los brazos de otra.
Arthur no se mueve.
— Solo unas horas más tarde… — Continuó ella — En el mismo lugar al que yo iba a buscarte para despedirme. Lo hiciste a propósito para apartarme y entendí perfectamente el mensaje.
Su voz se volvió más baja.
— Tú me mentí… — Concluyó Ninoska — Yo te mentí.
El silencio que siguió fue espeso. Cayó entre ellos como una tormenta contenida. Solo se escuchaba la respiración áspera de Arthur y el latido acelerado que golpeaba en las sienes de Ninoska.
Arthur habló al fin.
— Lo siento.
No fue una defensa. No fue una excusa. Solo dos palabras.
— No quise hacerte daño.
El peso de esas palabras parecía hundirlo.
Ninoska soltó una pequeña risa amarga.
— No tienes que sentir lástima por mí.
— No es lástima.
— Entonces guárdate tus disculpas.
— Hace mucho que superé esa lamentable etapa de mi vida. Quizás fue mi error darle demasiada importancia a nuestra intimidada… sin entender que para ti no significaba nada.
El silencio se volvió a imponerse.
La verdad dolé.
Los errores pesaban.
Afuera, la tormenta de arena golpeaba los ventanales, haciendo vibrar los vidrios. Algunos granos se filtraban por las rendijas y se deslizaban sobre el suelo de piedra.
Arthur dio un paso hacia ella. Demasiado cerca. Apoyó una mano en la pared, atrapándola entre su cuerpo y la piedra fría. El perfume de Ninoska lo tocó como un recuerdo. Ella también lo notó.
— Te hice daño… —Dijo él en voz baja — Lo sé.
La respiración de ella se volvió irregular. Sentirlo tan cerca perturbaba todos sus sentidos. Si no lo detenía, perdería el control; ya podía sentir el temblor en sus piernas.
— ¿Eso te hace sentir mejor?
- No.
Sus rostros quedaron a escasos centímetros. La tensión no era solo rencor acumulada. Era el recuerdo vivo de lo que había sido deseo. Ninoska lo sintió en la piel, un calor incómodo que la obligó a apretar los brazos contra el pecho, como si así pudiera ocultar lo que él aún provocaba en ella.
Arthur habló con voz baja.
— Lo lamento hasta el día de hoy. Te vi llorar cuando te fuiste… — Murmuró Arthur.
Ninoska lo empujó con fuerza. No podía seguir sintiendo su cuerpo tan cerca, ni su aliento rozándole la piel.
— No seas tan egocéntrico.
— Te odié. Eso fue todo.
La mentira flotó entre ellos. Ambos lo sabían. Ella no permitiría que él se regodeara en su dolor removiendo el pasado. No volvería a darle ese poder.
Arthur se apartó, recuperando la compostura. ¿Qué estaba haciendo? Acercarse así a ella era un suicidio emocional. Aquel roce con su piel lo había atravesado como una descarga eléctrica, incluso cuando ella lo empujaba para alejarlo. Debía recuperar el control de la conversación. El problema era Coraline. Coralina en solitario.
— Yo solo quiero ayudarte con la niña…
Ninoska lo miró con frialdad.
— ¿Ayudarme? No necesito tu ayuda.
— Hablo de estar ahí.
Ella negoció con la cabeza. Hizo una pausa, clavando los ojos en él.
— He sido su madre durante años y me ha ido bastante bien estando sola.
— Eso no significa que debas seguir haciendo.
— Coraline tiene dos hombres que la adoran y han sido para ella figuras paternas.
— No soy una figura. — Su voz se volvió más dura. —Soy su padre.
El silencio volvió a caer. Pesado. Denso. Arthur respir hondo.
— No sabes cuánto duele mirarla y entender todo lo que me perdí. — Su voz se quebró — Sus primeros pasos. Sus primeras palabras. Cada sonrisa que nunca vi.
Ninoska desvió la mirada.
— No me obliga a recordar.
— No me obliga a aceptar que me robaste esa vida.
Entonces ella habló. Más bajo. Más peligroso.
—No puedo separar las cosas, Arthur. —Respondió ella con dolor.
Ninoska hablaba desde el dolor. Y ya que había decidido ser sincero, lo diría todo. Cada palabra que había guardado durante años. El viento se colaba por los ventanas, haciendo temblar la luz de las lámparas de aceite. Las sombras se movían en las paredes como si también escucharan la confesión.
Arthur la observaba con desconcierto. Aquella última frase lo había tomado desprevenido.
— Así es… — Continuó ella, como si al hablar liberara un peso demasiado antiguo — No fue la única vez.
Hizo una pausa breve, reuniendo el valor para seguir.
— También fue aquella noche en la que regresó para decirte que estaba esperando a un hijo tuyo.
Arthur levantó la cabeza bruscamente.
— No eres el único que sabe pensar, Arthur… — añadió con una calma amarga — Después de llorar… llegó la calma. Entendí que nuestra intimidada te había abrumado demasiado, y lo acepté. Pero cuando supe que estaba embarazada… volvió a Holaguare para decírtelo.
El silencio que siguió fue denso. Arthur la miraba como si intentara reconstruir el mundo pieza por pieza.
¿Había oído bien? Había vuelto. Un Holaguaré.
¿Cuándo?
¿Cómo?
¿Y qué había ocurrido?
Ninoska percibió la confusión en su rostro.
—No era un truco, Arthur. — Continuó con voz baja — Llegué muy tarde y me dio vergüenza llamar a la puerta principal de tu casa.
Desvió la mirada un instante, grabándolo.
— Observé la estructura de tu casa… y me di cuenta de que podía subir a tu habitación sin dificultad. En ese momento comenzaba a caer una lluvia ligera.
Su voz se volvió más áspera.
— Pero entonces escuché… otros sonidos.
Arthur no se mueve.
— Me hicieron girar.
La mirada de Ninoska se endureció.
—Y ahí estabas tú. En el jardín de tu propia casa... con esa mujer.
El viento afuera comenzaba a calmarse, como si el desierto mismo quisiera escuchar lo que quedaba por decir.
— En ese momento todo fue bastante claro para mí, — continuó ella — Jamás me habías amado. Solo fui… una noche conveniente.
Arthur bajó la mirada. Recordaba esa noche. Demasiado bien. Y habría dado cualquier cosa por no recordarla ahora. Mío. Ese había sido el precio por la ayuda que ella le había dado tiempo atrás. Alzó la vista hacia Ninoska. La luz inestable de las lámparas dibujaba sombras sobre su rostro, soportando sus facciones.
La tormenta afuera se había calmado casi por completo. Como si el mundo, de repente, hubiera decidido guardar silencio. Arthur lo entendió entonces. La madre de su hija lo consideraba su enemigo.
Ninoska respiró hondo. No pensaba guardarse nada más. No después de tantos años cargando con aquello sola. Las lágrimas amenazaban con salir, pero no se lo permitiría. Clavó las uñas en la palma de su mano. Dolor contra dolor. Era la única forma de mantenerse en pie. Arthur habló finalmente.
— Ninoska… no puedes juzgarme sin escucharme. Al menos dame la oportunidad de explicarme.
Ella lo miró con frialdad.
— ¿Explicarme qué? — Su voz fue dura — Acepta tu rechazo hacia mí… y hacia el bebé que crecía en mi vientre.
Arthur dio un paso hacia ella.
— ¡Ocultarme que ibas a tener a mi hija tampoco era la respuesta!
Las emociones lo desbordaban. La tomó del antebrazo con más fuerza de la que pretendía.
— Yo podría haber estado ahí contigo. En cada momento.
La mirada de Ninoska era tan afilada como una daga.
— ¡Suéltame!
Las palabras salieron entre dientes. Durante un instante Arthur no la soltó. No solo por rabia. Había algo más. Algo que ninguno de los dos quería nombrar. Pero al darse cuenta de lo que hacía, la soltó de inmediato. Su respiración era áspera. Sus ojos brillaban con furia… y con algo que se parecía demasiado al dolor.
Cuatro años de palabras no dichas vibraban entre ellos.
Ninoska se mantuvo únicamente gracias al orgullo. Porque su cuerpo, traicionero, reconocía demasiado bien al hombre que tenía delante.
— Gracias… — dijo con ironía — Pero no te necesité antes… — Lo miró fijamente — Y definitivamente no te necesito ahora.
Arthur tragó saliva. La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
— Pero yo sí, Ninoska…
Y el silencio que siguió fue aún más peligroso. Arthur se quedó inmóvil, consciente de lo que acababa de decir. Durante un instante buscó, casi desesperadamente, una forma de corregirlo.
— Necesito que Coraline me reconozca como su padre… — dijo finalmente, con la voz más contenida — Y eso no ocurrirá si no vive conmigo… si no convive con mi familia. De lo contrario, solo será un conocido más para ella… un pariente lejano, como mucho.
Ninoska negó con la cabeza.
— Te estás adelantando demasiado. No puedo abandonar el reino en este momento, lo sabes… y mi hija no irá a ningún lado sin mí.
Un gesto de frustración se dibujó en la comisura de los labios de Arthur. Sus hombros cayeron ligeramente, como si por un momento hubiera dejado de luchar contra algo inevitable. La miró un segundo más. Había rabia en sus ojos… pero también algo más que no se había atrevido a nombrar.
El silencio que se extiende entre ellos ardía más que cualquier insulto.
Ninoska respiró hondo antes de hablar.
— Si decidí reunirme contigo ahora… y contarte todo lo que he callado durante años, es solo por el peligro que representa Dissano. Para mí... y para ella.
Hizo una pausa. Las palabras que seguían parecían pesarle más que todo lo anterior.
—Por eso…
Dudó un instante, preguntándose si de verdad estaba preparado para decirlo. Pero en aquella situación no tenía alternativa.
— Si algo me sucede a manos de Dissano… — Continuó en voz baja — Te suplico que cuides de Coraline.
Arthur alzó la vista de inmediato. Aquellas palabras lo golpearon como un puñetazo. No esperaba eso. No de ella.
— Eres su padre biológico, — añadió ella — Y, aunque no quiera admitirlo… no puedo pensar en un lugar más seguro para ella que contigo.
La confesión lo golpeó con más fuerza de la que esperaba. Arthur no logró comprender a esa mujer.
Un momento lo odiaba.
Al siguiente lo maldecía.
Luego dejaba entrever algo que se parecía demasiado al cariño… y ahora le confiaba lo más importante de su vida.
No encontraba palabras.
Se apartó de ella, buscando algo que hacer con las manos, algo que lo ayudará a recuperar el control. Caminó hacia la mesa para servirse un poco de agua.
Pero en el movimiento torpe de su mano derribó un candelabro. El metal rodó por el suelo con un golpe seco, apagando parte de la luz.
La habitación quedó sumida en una penumbra irregular.
Como si el desierto mismo hubiera decidido envolverlos otra vez… guardando en silencio todos los secretos que acababan de revelarse.
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
Espero mucho!