En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 19
La batalla por Eloria alcanza su clímax.
Aunque el Rey de las Sombras había sido fragmentado en el Vacío, su influencia en el mundo físico no desapareció instantáneamente. Los restos de su ejército, los devoradores y las bestias de sombra que aún vagaban por los bosques de Eloria, sintieron la muerte de su maestro y entraron en un frenesí de destrucción.
Kellan se puso en pie en la plaza de la aldea, con las manos temblando de rabia y dolor. Miró a los líderes de los clanes que apenas podían levantarse.
—Ella lo dio todo —dijo Kellan, su voz gélida, cargada de un poder que hizo que Bartolomé Alcalá se estremeciera—. Emara se sacrificó para que vosotros pudierais seguir odiándoos en vuestras patéticas chozas. Si queréis que su muerte signifique algo, levantad vuestras armas. Ahora.
La batalla final por la superficie de Eloria comenzó bajo una luna que había recuperado su color plateado, pero que parecía brillar con una intensidad antinatural, como si los ojos de Emara estuvieran observando desde lo alto.
Kellan lideró la carga. Ya no era un demonio intentando esconderse; era un ángel caído de la venganza. Sus alas de sombra se desplegaron, pero de ellas brotaban plumas de luz plateada, el regalo final de Emara. Con cada golpe de sus manos, las sombras se disolvían en polvo.
Los clanes, inspirados por el sacrificio de Tibor y la desaparición de Emara, lucharon como nunca antes. Sergio Alfaro no estaba allí físicamente, pero su madre, Amanda, tomó su hacha rota y, con un grito que helaba la sangre, lideró a las mujeres y jóvenes del clan en la defensa de las cuevas.
—¡Por Eloria! —gritaba Arturo, el anciano, blandiendo un bastón que emitía pulsos de energía lunar—. ¡Por la Vidente!
La carnicería fue total. Las sombras, sin el control del Rey, eran erráticas pero feroces. Se lanzaban al suicidio, intentando llevarse a tantos como pudieran. El suelo de la aldea Alarcón se tiñó de rojo y negro.
Kellan se enfrentó al último de los generales de sombra, una criatura hecha de puro rencor. La lucha duró lo que parecieron horas. Kellan estaba agotado, sus heridas sangraban una mezcla de sangre roja y esencia violeta. Justo cuando la criatura iba a asestarle un golpe mortal, una flecha de luz pura atravesó el cráneo del monstruo.
Kellan miró hacia atrás. Era Arilsa, que se mantenía en pie gracias a la voluntad pura.
—No dejes que el dolor te ciegue, hijo —dijo ella, jadeando—. Ella no está muerta. Está en el nexo.
El destino de Emara y Kellan pende de un hilo.
Mientras la última sombra se desvanecía en el bosque, un silencio sepulcral cayó sobre la aldea. Los supervivientes se agruparon en el centro, rodeando el cuerpo de Tibor y el hacha de Sergio. Kellan caminó hacia el Altar de los Eones, que ahora estaba cubierto de una escarcha plateada.
—Emara... —susurró, poniendo su mano sobre la piedra fría.
En ese momento, la marca en su pecho comenzó a brillar. No era una luz de destrucción, sino una vibración. Un hilo plateado, casi invisible, se extendía desde su corazón hacia el cielo.
—Sigue ahí —dijo Kellan, una chispa de esperanza iluminando sus ojos—. El vínculo no se rompió. Ella está manteniendo los fragmentos del Rey en el Vacío, pero el esfuerzo la está consumiendo. Si no la traemos de vuelta ahora, se convertirá en parte de la nada.
—Es imposible, Kellan —dijo Arturo, acercándose cojeando—. El portal se cerró. No tenemos el poder para abrirlo de nuevo desde este lado. Haría falta el sacrificio de un linaje entero.
Kellan miró a los líderes de los clanes. Miró a Arilsa.
—No necesitamos un linaje. Necesitamos una elección.
Kellan se arrodilló ante el altar y sacó una daga de cristal negro.
—Toda mi vida me han dicho que soy un monstruo. Que mi sangre es veneno. Pero Emara vio algo más. Ella vio el equilibrio.
Kellan se hizo un corte profundo en la palma de la mano y dejó que su sangre cayera sobre el altar.
—Ofrezco mi inmortalidad —declaró—. Ofrezco mi lugar en el Abismo y mi derecho al trono de las sombras. Cambio mi esencia de demonio por el derecho de traerla a casa.
—¡Kellan, no! —gritó Arilsa—. Si haces eso, te volverás humano. Morirás algún día. Sentirás el frío, el hambre y el dolor de los mortales.
—Ya lo siento —respondió él, mirando hacia la luna—. Sin ella, ya estoy muerto.
La sangre de Kellan, al tocar la piedra impregnada con el sacrificio de Tibor y la luz de Emara, provocó una reacción en cadena. El Altar de los Eones se resquebrajó, liberando una columna de energía que perforó el cielo nocturno.
En el Vacío, Emara sintió el tirón. Estaba a punto de disolverse, su mente convirtiéndose en parte de la estática eterna, cuando una mano cálida y mortal la agarró.
—No te dejaré —la voz de Kellan resonó, pero ya no era una voz de ultratumba; era la voz de un hombre, llena de miedo y amor.
El hilo de plata se convirtió en una soga de oro. Emara sintió cómo su conciencia era arrastrada de vuelta, alejándose de los fragmentos chillones del Rey de las Sombras. El Vacío intentó retenerla, pero la renuncia de Kellan a su divinidad demoníaca era un precio que ni siquiera el Abismo podía ignorar.
Con un estallido final de luz que se vio desde todos los rincones de Eloria, dos figuras cayeron sobre el césped de la aldea.
Emara abrió los ojos. Estaba en su forma humana, temblando de frío, con la hierba mojada bajo sus manos. A su lado, Kellan yacía exhausto. Sus alas habían desaparecido, dejando solo dos cicatrices en su espalda. Sus ojos ya no eran violetas; eran de un marrón profundo, humano, llenos de lágrimas.
—¿Kellan? —susurró ella, acercándose a él.
Él extendió la mano y le acarició la mejilla. Su piel estaba caliente. Su corazón latía con la rapidez de un pájaro asustado.
—Hola, Emara —dijo él, con una sonrisa que era a la vez de alivio y de dolor—. Creo que ahora... ahora realmente podemos sentir el frío.
Ella lo abrazó con todas sus fuerzas, llorando sobre su hombro. El Rey de las Sombras estaba encerrado en el Vacío, sin una llave que lo liberara. Los clanes estaban rotos, pero vivos. Y ellos, contra todas las profecías y todas las leyes de la naturaleza, estaban juntos.
Pero mientras los aldeanos se acercaban con cautela, Emara vio en la distancia, en la linde del bosque, una sombra que no se desvanecía con el sol naciente. La batalla por Eloria había terminado, pero el destino de la Vidente y del Hombre que fue Demonio apenas comenzaba a escribirse en las cenizas de un mundo nuevo.