"El Vuelo de la Libélula"
Un matrimonio por contrato. Un enemigo en la cama. Una venganza que no admite piedad.
Cuando el prometido de Alessa Rossi huye horas antes de la boda, su destino queda en manos de un misterioso sustituto: Máximo. Atractivo, impecable y protector, parece el salvador que su familia mafiosa necesita para mantener el poder.
Lo que Alessa no sabe es que ha dejado entrar al lobo en el redil. Máximo es el único superviviente de un clan que los Rossi exterminaron años atrás, y ha regresado con una sola misión: destruir a sus enemigos desde adentro. Su plan es perfecto: fingir ser el esposo ideal, ganar el corazón de la inocente Alessa y usar sus secretos para aniquilar su imperio.
Pero el odio tiene un punto débil. Entre besos fingidos y manipulaciones crueles, Máximo empieza a dudar: ¿Podrá ejecutar su venganza cuando la mujer que debe destruir es la única que ha logrado darle paz?
En este juego de traición y deseo, el amor es el arma más peligrosa de todo
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Capítulo 7: El Techo de un Extraño
La firma de los documentos no tomó más de diez minutos, pero para Máximo, fue el acto de guerra más satisfactorio de su carrera. Sentado en el despacho de la mansión, observó cómo el supuesto comprador —un testaferro de Giacomo llamado Sr. Moretti— guardaba las escrituras originales en su maletín de cuero.
Oficialmente, la joya de la corona de los Rossi ya no pertenecía ni a Vittorio ni a Alessa. Había sido "vendida" para saldar deudas inexistentes y generar el capital que los Vanzetti usarían para asfixiar a los Rossi.
—Ha sido un placer, Sr. Vanzetti —dijo Moretti con una sonrisa ensayada—. Como acordamos, pueden permanecer en la propiedad indefinidamente. Yo no tengo prisa por mudarme. Mientras mantengan el viñedo produciendo y la casa en buen estado, pueden considerarse los guardianes de mi nueva inversión.
Máximo asintió con una frialdad que ocultaba el fuego de su orgullo.
—El viñedo estará en perfectas condiciones. Alessa no tiene por qué enterarse de los detalles técnicos de la transacción. Ella cree que esto es solo una reestructuración de la alianza.
—Entendido. Que pase una buena tarde... en mi casa.
Esa última frase golpeó a Máximo como un latigazo. Había entregado el regalo de su esposa a un extraño para cumplir su venganza, y por un segundo, el peso de la traición se sintió físico, como un nudo en la garganta.
La Mentira de Seda
Cuando Alessa entró al despacho poco después de que Moretti se marchara, encontró a Máximo mirando por el ventanal hacia las hectáreas de vid que comenzaban a brotar. Ella se acercó, ajena al hecho de que el suelo que pisaba ya no era suyo.
—¿Quién era ese hombre, Máximo? Lo vi salir con mucha prisa.
Máximo se giró, recomponiendo su máscara de control.
—Un socio, Alessa. Alguien que nos ayudará con la gestión del capital del viñedo. Tu padre nos dio una propiedad hermosa, pero mantenerla requiere una liquidez que ahora mismo está comprometida en otros frentes de la alianza.
—¿Y por qué parecía tan... satisfecho? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. Me dio una mirada extraña al salir. Como si me tuviera lástima.
Máximo caminó hacia ella y le tomó el rostro con ambas manos. Era un gesto que Alessa interpretaba como amor, pero que él usaba para silenciar su intuición. El maltrato emocional de Máximo se estaba volviendo más sofisticado: la hacía depender de su criterio, invalidando sus sospechas con una falsa ternura.
—Estás imaginando cosas, mi vida. El Sr. Moretti simplemente está impresionado con la propiedad. He asegurado que podamos vivir aquí sin preocuparnos por los costes de mantenimiento. Ahora, este lugar es... seguro. Para siempre.
—¿Seguro? —Alessa suspiró, dejándose envolver por sus brazos—. A veces siento que todo lo que me rodea es frágil, Máximo. Como si estuviéramos viviendo en un sueño que puede romperse en cualquier momento.
—Entonces no despiertes —susurró él contra su cabello—. Solo confía en mí.
El Banquete de los Lobos
Días después, Giacomo Vanzetti decidió visitar la mansión para "supervisar" los avances. Alessa, siempre la anfitriona perfecta, organizó una cena en la terraza. El aire de la Toscana era dulce, pero la conversación era ácida.
—He oído que el negocio con Moretti fue un éxito, Máximo —dijo Giacomo, cortando un trozo de carne sangrienta—. Es un alivio saber que esta casa está en manos... competentes.
Vittorio, que también había sido invitado (sin saber que su regalo ya no existía legalmente), levantó su copa.
—Me alegra oírlo. Sabía que Máximo sabría sacarle provecho a estas tierras. Alessa me contó que han estado trabajando mucho en los papeles. Es bueno ver que te tomas en serio el patrimonio de mi hija.
Máximo sintió un escalofrío. Mirar a Vittorio a los ojos mientras este le agradecía por "cuidar" lo que él acababa de robar era una tortura que superaba cualquier entrenamiento físico.
—Hago lo que es necesario, Don Vittorio —respondió Máximo, su voz tensa—. Alessa tendrá todo lo que merece. Ni más, ni menos.
—Por supuesto que sí —intervino Giacomo, mirando a Alessa con una malicia mal disimulada—. Alessa es una mujer de gustos exquisitos. Espero que no le importe compartir su hogar con las... decisiones de negocios de su marido.
—Mientras Máximo esté conmigo, cualquier lugar es mi hogar —respondió Alessa, buscando la mano de su esposo bajo la mesa.
Máximo la apretó, pero no por afecto, sino por una necesidad desesperada de anclarse a la realidad. Estaba disfrutando de la comida de los Rossi, en una casa de los Rossi, que él había vendido a un extraño para destruir a los Rossi. La red de mentiras era tan espesa que empezaba a asfixiarlo a él también.
La Grieta en la Máscara
Esa noche, el remordimiento empezó a manifestarse de forma extraña. Máximo no pudo dormir. Se quedó observando a Alessa, que dormía plácidamente, soñando quizás con los hijos que correrían por esos viñedos que ya no les pertenecían.
De repente, ella despertó, encontrando la mirada fija de Máximo en la oscuridad.
—¿Qué pasa, Máximo? ¿Por qué me miras así?
—A veces me pregunto... —empezó él, su voz quebrada por la fatiga emocional—, si podrías perdonarme si descubrieras que no soy el hombre que crees. Si descubrieras que todo lo que te he dado ha tenido un precio que no conoces.
Alessa se incorporó, poniendo una mano en su pecho. Podía sentir el latido errático de su corazón.
—Te casaste conmigo por contrato, Máximo. Sé que no eres un santo. Pero te he visto cuidarme cuando nadie mira. Te he visto defender este lugar. El perdón no es algo que se pide por el pasado, sino por el presente. Y yo ya te he entregado mi presente.
Máximo se inclinó y la besó con una desesperación que la dejó sin aliento. No era un beso de amor puro; era un beso de un hombre que se ahoga y trata de arrastrar a alguien consigo. En ese momento, él deseó con todas sus fuerzas que Vittorio Rossi fuera realmente el monstruo que Giacomo decía. Porque si Vittorio era inocente, el acto de vender la casa de Alessa no era justicia... era una crueldad imperdonable.
—Eres una Rossi —susurró él contra sus labios, como si necesitara recordarse por qué debía odiarla—. Nunca lo olvides.
—Y tú eres mi esposo —respondió ella—. Nunca lo olvides tú tampoco.
Máximo se apartó y salió al balcón. El viñedo, bajo la luz de la luna, parecía un cementerio de vides. El "comprador" vendría pronto a reclamar su parte de la cosecha, y él tendría que explicarle a Alessa por qué había hombres extraños dando órdenes en su jardín.
La tormenta se acercaba, y Máximo sabía que, cuando estallara, no habría mansión ni apellido que pudiera proteger a Alessa de la verdad que él mismo había firmado con sangre.
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