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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 16: La Marca en la Porcelana
El silencio que siguió a la muerte del mercenario era denso, roto solo por el sonido de la respiración agitada de Alaric. El aire en la habitación de la torre olía a sangre fresca y a la pólvora que subía desde el patio. Alaric seguía de pie junto a la pared, con los puños cerrados y los nudillos manchados de rojo.
Isolde estaba sentada en el suelo, apoyada contra la cama. Su vestido burdeos estaba desgarrado en el hombro y su cabello amarillo caía desordenado sobre su rostro pálido. Con una mano temblorosa, se tocó la mejilla donde el hombre la había golpeado.
Alaric se giró hacia ella. Su "cara de malo" era una máscara de puro tormento. Ver la piel de porcelana de su esposa marcada por un golpe violento le dolía más que cualquier herida de espada que hubiera recibido en su vida.
—Ven aquí —ordenó Alaric. Su voz ya no era un rugido, sino un susurro ronco, cargado de una culpa que no sabía cómo procesar.
Isolde no se movió. Lo miró con esos ojos azules que, a pesar del golpe, seguían desafiándolo.
—Puedo levantarme sola, Alaric.
Alaric no aceptó la negativa. Cruzó la habitación en dos zancadas, se agachó y la levantó en vilo con una facilidad que a ella siempre la dejaba sin aliento. La depositó sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con la furia que todavía emanaba de sus poros.
Él tomó un paño de lino limpio y lo mojó en el cuenco de agua fría que había sobre la mesa. Se sentó al borde de la cama, hundiendo el colchón con su peso masivo, y se inclinó hacia ella. Su metro noventa y cinco de altura la envolvía por completo.
—No te muevas —dijo, y esta vez su mano gigante fue increíblemente suave al apartarle el cabello de la cara.
Cuando vio de cerca la marca roja y morada que empezaba a formarse en la mejilla de Isolde, Alaric apretó los dientes con tanta fuerza que su mandíbula pareció de piedra.
—Te dije que este lugar no era para ti —murmuró él, pasando el paño frío por la herida. Isolde siseó de dolor y cerró los ojos—. Te dije que te quedaras en el refugio. Si hubiera llegado un segundo después...
—Pero llegaste —lo interrumpió ella, abriendo los ojos y clavando su mirada azul en la café de él—. Y yo me defendí. No puedes protegerme de todo el mundo todo el tiempo, Alaric. Aethelgard es un lugar cruel, y tú mismo me enseñaste que solo los fuertes sobreviven.
Alaric dejó caer el paño y la agarró por la nuca con su mano caliente y grande. La obligó a acercarse a él hasta que sus respiraciones se mezclaron.
—No quiero que seas fuerte de esa manera, Isolde —le siseó él—. No quiero que esa piel blanca conozca el tacto de un golpe. Para eso estoy yo. Para ser el monstruo que recibe los golpes por ti.
—Entonces deja de tratarme como a una niña —lo retó ella, su cara a centímetros de la de él—. Un monstruo necesita una reina a su lado, no una muñeca escondida en una torre.
Alaric la miró con una intensidad devoradora. El deseo y la protección luchaban dentro de él. Se inclinó y le besó la mejilla herida con una ternura devastadora, antes de bajar a sus labios en un beso corto pero cargado de una posesividad absoluta.
—Mañana salimos hacia el Sur —dijo él, separándose apenas—. Esta fortaleza ya no es segura. Valerius sabe que estás aquí y no se detendrá. Prepárate, Isolde. El camino será duro y no habrá más vestidos de seda por un tiempo.
Se puso de pie, recuperando su máscara de hierro, y caminó hacia la puerta para dar órdenes a Cédric. Pero antes de salir, se giró una última vez.
—Esa marca en tu cara... —dijo Alaric, y sus ojos brillaron con una luz asesina— ...la voy a cobrar con la cabeza de cada hombre que Valerius envíe tras nosotros.
Isolde se quedó sola en la penumbra, sintiendo el calor de su beso y el frío del miedo. El viaje hacia el Sur estaba por empezar, y sabía que cada paso que dieran los alejaría más de la niña que fue y los acercaría más al destino sangriento que les esperaba.