Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.
Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.
El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.
Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.
Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.
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Episodio 29
—Emmm, eh, este… —balbuceó Clara nerviosa al oír unos golpecitos desde fuera de su habitación.
Al poco rato, la voz suave de Lupita se escuchó detrás de la puerta, avisando que la cena estaba lista y que el señor y la señora esperaban abajo.
—Un momento, Lupita —respondió Clara desde dentro. Después, los pasos de la empleada se alejaron.
Clara se volvió hacia Álvar y le empujó el pecho con suavidad.
—Báñate primero. Después cenamos juntos.
Álvar asintió con una sonrisa que se le iba ensanchando. Aceptó la toalla que Clara le tendió y se encaminó al baño. Sin embargo, apenas dio unos pasos, su mirada se detuvo sin querer en el pequeño tendedero del rincón del baño: el tendedero exclusivo de la ropa interior.
Álvar soltó una risita.
—Bien coloridas, ¿eh? —bromeó con naturalidad—. Hay rosa, rojo, amarillo… negro también.
Clara, que recién caía en cuenta, se quedó petrificada. El rostro se le encendió al instante.
—¡Álvar! No te quedes viendo eso. Concéntrate en bañarte —protestó agachando la cabeza, muerta de vergüenza.
Álvar solo se rio por lo bajo detrás de la puerta del baño, la cerró despacio y comenzó a ducharse, mientras Clara seguía de pie en el mismo sitio, con el corazón desbocado y las mejillas ardiendo.
La risa de Álvar se coló ligera y juguetona desde el otro lado de la puerta.
—Vaya, resulta que mi esposa es toda una paleta de colores —comentó despreocupado.
—¡Álvar! —Clara se cubrió la cara con ambas manos, muerta de la pena—. Concéntrate en bañarte y deja de decir tonterías.
—Ya, ya —contestó Álvar entre risas—. Me estoy bañando. Pero la verdad… es gracioso.
Clara resopló indignada, aunque la comisura de sus labios se curvó hacia arriba sin que ella lo notara. En cuanto el agua empezó a correr con más fuerza, tomó aire largo, se dio palmaditas en las mejillas que aún sentía calientes.
Arregló la cama por encima y luego acomodó los portarretratos del escritorio: uno por uno los fue volteando boca abajo.
Unos minutos después, Álvar salió del baño con el cabello todavía húmedo y la toalla colgada al cuello. Su mirada encontró de inmediato a Clara, que estaba de pie junto a la ventana.
—¿Bajamos? —preguntó con suavidad.
Clara asintió.
—Sí, papá ya debe estar esperando.
Cuando salieron de la habitación, Álvar le tomó la mano de forma espontánea.
Al llegar al comedor, Clara y Álvar se sentaron uno al lado del otro. El ambiente se sentía cálido, aunque persistía una ligera incomodidad que no terminaba de disiparse. La empleada que ya estaba lista para servir a Álvar se acercó, pero antes de que pudiera hablar, Don Ramón levantó la mano haciéndole una seña.
—Clara, hazlo tú —dijo con firmeza pero sin dureza—. Atiende a tu esposo, Clara.
Clara se sobresaltó un instante; miró a su padre y luego a Álvar. La duda le cruzó el rostro, pero la mirada de Don Ramón le impidió replicar. Lentamente, se levantó de la silla.
Tomó el plato de Álvar y le sirvió arroz y guarniciones con movimientos cuidadosos. Álvar la observaba sin decir palabra, con una ternura en los ojos que rayaba en la incredulidad al ver a Clara haciendo aquello por él. Cuando Clara dejó el plato frente a él, sus dedos se rozaron un instante.
Clara retiró la mano de prisa y volvió a sentarse con la cabeza ligeramente gacha. Álvar sonrió apenas; una calidez se le coló en el pecho, no por haber sido atendido, sino porque Clara había querido hacerlo.
Doña Melisa los observaba desde el otro lado de la mesa; su suspiro fue relajándose poco a poco. Don Ramón, por su parte, lucía satisfecho y empezó a comer. La cena transcurrió sin contratiempos.
Un rato después, volvieron a la habitación. Clara abrió el armario de inmediato, sacó una cobija nueva y la extendió también sobre su propia cama.
—Duerme aquí —dijo en voz baja, tendiéndole la cobija.
Álvar la aceptó, pero su mirada se desvió hacia el escritorio. Se acercó y sus ojos recorrieron la superficie, ahora vacía. Ya no estaban los portarretratos que antes le habían oprimido el pecho.
—¿Dónde quedaron esas fotos? —preguntó con voz neutra, aunque la curiosidad era evidente.
Clara se mantuvo de pie detrás de él.
—Las tiré —respondió escueta. Sin explicaciones largas, como si quisiera sellar el pasado de una vez por todas.
Álvar se volvió, la miró un buen rato y esbozó una sonrisa tenue. Regresó hacia la cama, pero cuando Clara le ofreció la cobija manteniendo una distancia prudente, Álvar soltó con desenfado:
—Entonces… ¿no deberíamos tomarnos también una foto de boda?
Antes de que Clara pudiera contestar, la mano de Álvar le atrapó la muñeca. El tirón no fue brusco, pero bastó para hacerla perder el equilibrio. El cuerpo de Clara cayó hacia delante, justo frente a Álvar, que ya estaba sentado.
—Álvar… —Clara hizo ademán de incorporarse, pero se detuvo.
Álvar levantó la mano y apartó el mechón de cabello que le cubría los ojos. Clara desvió el rostro; las mejillas le ardían, el corazón le latía enloquecido. Pero Álvar no la dejó alejarse. Con dos dedos le tocó la barbilla con delicadeza y le giró la cara hasta que sus miradas se encontraron.
La mirada de Álvar era profunda, seria, y sin embargo cálida. No había imposición, solo el deseo de ser visto, de ser aceptado.
—Clara —murmuró, y a ella se le cortó la respiración.
Álvar se inclinó despacio, dándole tiempo, pero cuando la distancia se cerró, su beso cayó suave sobre los labios de Clara. No fue un beso apresurado, sino tibio y cargado de sentimiento, como si quisiera asegurarse de que Clara estuviera realmente ahí, con él.
Con cuidado le acomodó la posición, hasta que el cuerpo de Clara quedó sobre la cama mientras Álvar se sostenía encima, guardando la distancia justa para que ella no se sintiera aprisionada. El beso continuó, cada vez más hondo, más honesto, y Clara, sin darse cuenta, se dejó llevar. El corazón le galopaba, la respiración se le había vuelto irregular.
Álvar se detuvo un momento; sus frentes se tocaron. Con voz grave, casi un susurro junto al oído de Clara, pronunció palabras tiernas sobre cuánto la deseaba, cuánto la valoraba.
—No voy a seguir si tú no quieres —dijo en voz baja—. Solo dilo y me detengo.
Clara no respondió de inmediato.
Cuando Álvar hizo ademán de apartarse, las dos manos de Clara le sujetaron la cintura. El contacto fue leve, pero suficiente para que Álvar entendiera la respuesta. Exhaló aliviado y volvió a acercarse.
Sus besos se trasladaron a la mejilla, a la frente, y luego recorrieron el cuello de Clara con suavidad, como si quisiera memorizar cada parte de ella. Aquella noche se llenó de un silencio cálido; no era simple deseo, sino sentimientos que por fin se reconocían mutuamente.
La mano de Álvar se movió despacio para apagar la lámpara de noche, dejando solo la luz tenue del plafón. La habitación pareció encogerse, como si únicamente existieran ellos dos y el latido de sus corazones persiguiéndose.
Clara cerró los ojos. Cada caricia de Álvar le hacía estremecer el cuerpo, no de miedo, sino de una tibieza desconocida. Nunca supo que ser tocada de esa manera pudiera sentirse tan dichoso. Había seguridad, había calma, como si su corazón exhausto al fin encontrara un lugar donde descansar.
—Álvar… —la respiración de Clara se contuvo; su voz apenas se oyó.
Álvar se detuvo al instante, sus frentes pegadas.
—Aquí estoy —dijo con dulzura, con paciencia—. Con solo oírte respirar ya sé que estás nerviosa.
La caricia que siguió fue más lenta, más cuidadosa. Y fue justo ahí donde Clara sintió algo que le apretó el pecho: una felicidad sencilla pero inmensa. Aferró la tela de la camisa de Álvar, como si temiera que él desapareciera en cuanto lo soltara.
—Nunca… había sentido algo así —susurró Clara con honestidad. La voz le temblaba; los ojos le ardían—. Creí que ya no podía sentir nada.
Álvar le acarició el cabello para tranquilizarla.
—Entonces —murmuró quedo— deja que esta noche yo cuide lo que sientes.
Cada vez que Clara le pedía en voz queda que fuera más despacio, él obedecía sin dudar. No había imposición, no había ego; solo paciencia y el anhelo de que Clara se sintiera amada por completo.
Las lágrimas de Clara rodaron, no de dolor, sino de una dicha demasiado grande. No imaginó que aquel hombre que al principio le resultaba un extraño se convertiría en el lugar más seguro donde reclinarse.
—Álvar… —Clara abrió los ojos y lo miró—. Gracias… por tener tanta paciencia conmigo.
Álvar sonrió apenas y le besó la frente con todo el sentimiento del mundo.
—Siempre voy a ser paciente —dijo—. Mientras seas tú.
—Aah, cariño… —Clara se cubrió la boca con el antebrazo; tenía los ojos cerrados. Álvar le apartó el brazo y le apretó la mano con fuerza.
Aquella noche no se trató de cuán cerca estuvieron sus cuerpos, sino de cuánto placer y plenitud sintió Clara: esa era la medida exacta del amor de Álvar por su esposa.
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