Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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17. Capítulo 17
¡Arpía en el supermercado y camarógrafos voladores!
Todo comenzó con un simple antojo de pan de ajo. Mateo, que ahora se creía el chef de la casa tras sus intentos de cocina, agarró las llaves del auto.
—Isabela, mi amor, voy un segundo al supermercado de la esquina a comprar unos ingredientes. Vuelvo en diez minutos —dijo Mateo dándole un beso rápido en la mejilla.
—¿Seguro que no quieres que te acompañe? —preguntó ella.
—¡No, para nada! Quédate descansando. Yo puedo solo —respondió él muy orgulloso.
Lo que Mateo no sabía es que en la esquina de la cuadra, Don Arturo y Doña Helena estaban escondidos detrás de un arbusto del jardín, usando binoculares y lentes oscuros.
—¡Vieja, activa el modo espía! —susurró Arturo dramáticamente—. Mateo va solo. Y conozco a la víbora de Regina... debe estar agazapada en algún rincón. ¡Esa mujer no se rinde ni aunque le tiremos agua bendita! ¡Abran paso al Comando Mercier!
Y sin que Mateo se diera cuenta, sus padres se fueron sigilosamente detrás de él en su auto, listos para el operativo.
En el supermercado, Mateo caminaba distraído por el pasillo de los lácteos buscando queso. De la nada, entre las cajas de cereales, apareció Regina. Venía con un vestido apretado, tacones de aguja que resonaban en todo el pasillo y dos fotógrafos contratados que venían escondidos en el carrito de las verduras.
—¡Hola, mi Mateo! —chilló Regina fingiendo tropezar para tirársele encima—. ¡Uy, casi me caigo! ¡Abrázame, mi amor!
Mateo intentó hacerse a un lado como si esquivara un misil, pero Regina se le pegó al brazo como un chicle. Los fotógrafos sacaron las cámaras de entre las lechugas para tomar las fotos del "abrazo".
Pero Regina no contó con la astucia del Comando Mercier.
—¡AAAAAAAHHHHH, SOCORRO, UNA AVISPA GIGANTE ATACA A MI HIJO! —gritó Don Arturo entrando al pasillo con un megáfono de plástico que sacó de no se dónde.
Antes de que Regina pudiera posar, Doña Helena agarró un paquete de harina de trigo de cinco kilos y, como si fuera una jugadora profesional de béisbol, ¡se lo lanzó al fotógrafo en la cabeza!
¡PUM! La bolsa explotó en el aire y una nube blanca cubrió todo el pasillo. El fotógrafo, ciego por la harina, se tropezó con su propio carrito, salió volando y cayó de nalgas sobre un estante de latas de tomate, armando un estruendo de mil demonios.
—¡Mi cámara de diez mil dólares! —gritó el fotógrafo cubierto de harina como un fantasma.
—¡¿Qué diez mil dólares ni qué nada, vagabundo?! —le gritó Arturo, agarrando un paquete largo y tieso de la panadería como si fuera una espada láser—. ¡Ustedes están violando la privacidad de un Mercier! ¡Toma, toma y toma! —Arturo empezó a darle nalgazos al fotógrafo con el pan duro.
Mientras tanto, Doña Helena agarró a Regina por los hombros y le gritó en la cara con los ojos desorbitados:
—¡Bruja malvada! ¡Despégate de mi hijo o te echo el detergente en los ojos para que se te quite lo coqueta! ¡Mateo no es tu juguete, arpía de pasarela!
Regina, asustada por la locura de los viejos, intentó dar un paso atrás, pero pisó un charco de aceite que se había caído en el piso.
¡ZAS! Regina salió volando por los aires, haciendo malabares con los brazos, y cayó de espaldas DENTRO de una cesta enorme de papas oferta.
Toda la gente del supermercado sacó sus teléfonos para grabar. Los niños se reían a carcajadas, los cajeros aplaudían y Don Arturo se puso a bailar el "chachachá" en medio del pasillo celebrando la victoria.
—¡Mírenla, damas y caballeros! ¡La reina de los Alpes ahora es la Reina de las Papas! —gritaba Arturo haciendo una reverencia—. ¡A dos por un dólar la arpía!
Regina, llena de harina, con una papa enganchada en el peinado y el vestido roto, se levantó gritando como loca, tapándose la cara y corriendo hacia la salida mientras toda la tienda se burlaba de ella.
Diez minutos después, Mateo y sus padres llegaron a la mansión. Mateo Venía sudando del estrés, pero Arturo y Helena venían muertos de la risa.
Isabela los miró extrañada en la cocina.
—¿Por qué tardaron tanto? ¿Y por qué tu papá trae un pan partido por la mitad? —preguntó Isabela.
—¡Ay, mi niña, no sabes del show del que te perdiste! —exclamó Helena secándose las lágrimas de la risa—. ¡Dejamos a la víbora de Regina metida en un saco de papas y al fotógrafo bañadito en harina como un buñuelo!
Arturo se tiró en el sofá de la sala, ahogado de la risa, actuando la caída de Regina con las manos:
—¡Si hubieras visto cómo voló esa mujer, Isabela! Parecía un pavo cayendo del cielo. ¡El pan se me partió de tanto que le di al camarógrafo en las posaderas! ¡Esa mujer no vuelve a acercarse a Mateo en su vida, te lo juro por mi abuela!
Mateo solo podía taparse la cara, entre la pena y la risa, mientras Isabela soltó una carcajada tan fuerte que se tuvo que agarrar de la mesa.
—¡No puedo creerlo! —reía Isabela con ganas, mirando a sus suegros—. ¡Ustedes dos son un peligro público!
—¡Un peligro no, mija, los héroes de esta casa! —corrigió Arturo levantando el pan como un trofeo.