El Patrón mata sin pestañear. Pero no pudo con el tamplin de Catalina. Ahora la cuida desde lejos, y ella ni sabe que el hombre más temido de la ciudad daría su imperio por otro plato de su comida.
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LA CENA
LA CENA
Pasó una semana desde que Catalina empezó a trabajar en la mansión.
Siete días exactos.
Siete días de levantarse 5 am con el despertador del celular roto.
Siete días de colectivo lleno, de pies mojados, de manos cortadas por pelar papas.
Siete días de cocinar. De limpiar. De ver a Damián 2 veces por día.
Desayuno 9 am. Almuerzo 1 pm.
Y siempre igual. Damián entraba, se sentaba en la punta de la mesa,
comía en silencio mirando el celular, y se iba sin decir "gracias".
Catalina se acostumbró. "Es mi jefe. No tiene que ser amable."
Pero por dentro le dolía un poquito. Porque ella cocinaba con ganas.
Con el sazón de su abuela. Y nadie probaba y decía nada.
Ese viernes llovió todo el día.
Catalina llegó empapada. Otra vez.
Rosa la retó: "Mija, te vas a enfermar. Ponte un piloto."
"No tengo." Dijo Catalina y se puso a cocinar igual, tiritando.
Pechuga al horno. Papas con romero. Ensalada.
Y de postre torta de manzana. La receta de su mamá.
A las 4:30 pm ya tenía todo listo. Tapado con film.
La cocina olía rico. A casa.
Estaba guardando las ollas cuando escuchó pasos en el mármol.
Tac. Tac. Tac.
Damián.
Pero hoy algo estaba diferente.
No traía el traje negro de siempre. Traía un buzo negro. Simple.
El pelo mojado como si recién se hubiera bañado.
Y no tenía la cara de "me voy a una reunión".
Tenía cara de cansado.
"Rosa ya se fue" dijo apoyándose en el marco de la puerta. "¿Terminaste?"
Catalina se limpió las manos en el delantal. "Sí, Damián. Todo listo."
"Bien." Se quedó parado ahí. Mirándola. De arriba a abajo.
Como si la viera por primera vez. "Quédate."
Catalina parpadeó. "¿Cómo?"
"A cenar. Conmigo."
El corazón le dio un vuelco tan fuerte que pensó que se le iba a salir.
"¿Con... con usted?" preguntó estúpidamente.
Damián levantó una ceja. "¿Te da miedo?"
"No. Es que... nunca ceno con nadie." Dijo la verdad. "Siempre como sola.
En la cocina. O parada."
"Hoy vas a cenar conmigo." Dijo y se dio vuelta. "Lávate las manos. Te espero en el comedor."
Y se fue. Sin esperar respuesta.
Catalina se quedó congelada 3 segundos mirando la puerta.
"¿Pero... pero y mi mamá?" gritó.
Desde el pasillo se oyó la voz de Damián: "Ya le mandé a Rosa que le lleve comida a tu casa.
Pollo y arroz. No te preocupes."
Catalina se quedó muda.
¿Le mandó? ¿Desde cuándo Damián se preocupaba por su mamá?
¿Desde cuándo sabía que su mamá estaba sola los viernes?
Fue al baño de empleados. Se lavó la cara con agua fría.
Se acomodó el pelo en una colita. Se sacó el delantal manchado.
Se puso una remera limpia que tenía en la mochila.
"Tranquila. Es solo una cena" se dijo frente al espejo. "No es nada."
Mentira. Le temblaban las piernas. Le temblaban las manos.
Respiró hondo 3 veces y salió.
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El comedor.
Dios. El comedor.
Catalina había limpiado ahí 20 veces pero nunca había entrado a comer.
Mesa de madera gigante para 12 personas.
Araña de cristal. Ventanales que daban al jardín.
Y en el medio, no en la punta, estaba Damián.
Ya estaba sentado. Sin saco. Con el buzo.
Y había puesto dos platos. Dos copas de vino. Dos servilletas de tela.
Y dos velas prendidas.
Catalina se mareó. "Damián... esto..."
"Siéntate." Ordenó, pero su voz sonó más bajita hoy. Menos jefe. Más hombre.
Catalina se sentó frente a él. A 2 metros. Mucho espacio. Un abismo.
Sirvió la comida. Las manos le temblaban tanto que casi tira el vino.
Los primeros 5 minutos nadie habló.
Solo se oía el tenedor contra el plato. El tic tac del reloj. La lluvia en los vidrios.
Catalina no podía tragar. Tenía un nudo en la garganta.
"¿Está buena la torta?" preguntó Damián al final, rompiendo el silencio.
Catalina levantó la vista asustada. "¿Eh? Ah sí. La hice yo."
"Se nota." Tomó vino. La miró por encima de la copa. "Cocinas bien."
"Gracias." Susurró Catalina.
Otro silencio. Eterno.
Catalina no aguantó más. "¿Por qué me hizo cenar con usted, Damián?"
Damián dejó el tenedor. Despacio. La miró directo a los ojos.
Y por primera vez en una semana, no estaba leyendo. No estaba en el celular.
La estaba mirando a ella.
"Porque estoy cansado de comer solo." Dijo simple.
Catalina sintió que se ahogaba.
"Porque hace una semana que te veo cocinar. Que te veo correr para llegar.
Que te veo preocuparte por tu mamá. Que te veo taparte con bolsas cuando llueve
para no mojar la comida." Hizo una pausa. "Y nadie... nadie nunca se preocupa por ti."
Catalina bajó la vista. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Rápido. Sin permiso.
"No llores." Dijo Damián. Más suave. Casi un susurro. "Odio cuando lloras."
"No estoy llorando." Mintió Catalina, limpiándose rápido con la servilleta.
Pero se le escapó un sollozo.
Damián se levantó.
Catalina se tensó. "¿La molesté? ¿Hice algo mal?"
Damián no contestó. Rodeó la mesa. Lento.
Y se sentó en la silla de al lado de ella. No frente. Al lado.
Ahora estaban a 30 cm.
Catalina podía oler su perfume. Caro. Amaderado.
Podía verle la barba de un día. Podía verle las ojeras.
"Quiero hacerte una pregunta" dijo Damián. "Y quiero que me contestes con la verdad.
Sin miedo. ¿Sí?"
Catalina asintió. No podía hablar. Tenía la garganta cerrada.
"¿Confías en mí?"
Catalina lo miró. A sus ojos oscuros. Serios.
Los mismos ojos que daban miedo el primer día.
Pero hoy no daban miedo. Daban... paz. Daban casa.
Tragó saliva. "Sí." Susurró. "Confío en usted. En ti."
Damián suspiró. Como si le sacaran un peso de 100 kilos de encima. "Bien."
Estiró la mano. Lenta.
Y le agarró la mano a Catalina. Encima de la mesa.
Entrelazó sus dedos con los de ella.
La mano de él era grande. Cálida. Fuerte. Con callos.
La mano de ella era chica. Fría. Temblorosa.
Catalina no la sacó. No podía. No quería.
"Desde que te conocí en el mercado" dijo Damián bajito. Mirando sus manos juntas.
"Algo cambió. Yo no ayudo a la gente. Yo no voy a casas pobres.
Yo no regalo plata. Yo no invito a cenar a mis empleadas. Yo no..."
Hizo una pausa. Le apretó la mano más fuerte.
"Pero contigo lo hice. Todo."
"¿Por qué?" preguntó Catalina con la voz temblando. "¿Por qué yo?"
Damián la miró. Y en sus ojos había algo que Catalina no supo nombrar.
"Porque cuando te vi con ese delantal sucio, vendiendo tamplin bajo la lluvia,
con esa cara de orgullo aunque te estabas cagando de hambre... me rompiste."
Catalina se quebró. Una lágrima le cayó y mojó sus manos unidas.
"Y cada día que vienes aquí. Cada día que cocinas para mí.
Cada día que me sonríes aunque estés cansada... me rompes un poco más."
Se quedaron callados. Solo se oía la respiración de los dos.
Y la lluvia.
"Damián..." dijo Catalina. "Yo... yo no sé qué decir. Yo no..."
"No digas nada." Le acarició el dorso de la mano con el pulgar. Despacio.
Como si fuera algo frágil. "Solo come. Y quédate. Un rato más. Conmigo."
Y Catalina se quedó.
Terminaron de cenar. Pero ya no importaba la comida.
Tomaron vino. El segundo vaso. Y Damián empezó a hablar.
De su mamá. Que murió cuando él tenía 15.
De su papá. Que solo le enseñó a hacer plata.
De cuando él era chico y robaba pan en el mercado de Quilmes. El mismo mercado.
"¿En serio?" preguntó Catalina riéndose.
"Te lo juro." Damián se rió también. Una risa bajita. Real.
La primera vez que Catalina la escuchaba. "Me persiguió un verdulero 3 cuadras."
Hablaron de música. A ella le gustaba el cuarteto. A él el rock viejo.
Hablaron de la lluvia. De perros. De todo y de nada.
Por primera vez, Damián no era el jefe mafioso.
Era solo Damián. Un tipo cansado que quería compañía.
A las 9:40 pm Damián miró el reloj. "Ya es tarde. Te llevo."
Catalina asintió. Le daba miedo que se acabara.
En el auto, Damián puso música bajita. Cuarteto.
"Para que no digas que soy amargado." Dijo sonriendo.
Catalina se rió. Apoyó la cabeza en la ventana.
Y por un segundo se imaginó que esto era normal.
Que él era su novio. Que la llevaba a su casa.
Llegaron a las 10:05 pm.
La casa de Catalina. Chica. Pintada a medias. Con una luz prendida.
En la puerta, antes de bajarse, Catalina dijo: "Gracias por la cena. De verdad."
Damián la miró. "Gracias a ti por quedarte. Por hablar. Por... por estar."
Catalina se bajó. Cerró la puerta.
Y antes de entrar, escuchó que Damián bajaba el vidrio.
"Catalina."
Ella se dio vuelta. "¿Sí?"
"El lunes cocinas lo que quieras. Sin menú. ¿Trato?"
Catalina sonrió. "Trato."
Damián arrancó. Y se fue.
Catalina entró a su casa.
Su mamá dormía en el sillón. El calefactor prendido.
Y en la mesa había un tupper. Pollo y arroz. Con una nota de Rosa:
"De parte del señor".
Catalina se metió a la cama. Mojada todavía.
Y lloró.
Pero no de tristeza.
Lloró porque por primera vez en su vida, un hombre la miró como si fuera importante.
Como si su voz importara. Como si su mano importara.
Y ese hombre era Damián.
El jefe. El millonario. El que daba miedo.
Y eso daba más miedo que todo.
Porque ahora Catalina no sabía si quería que la cena fuera solo una vez.
O si quería que fuera todos los días.
FIN CAPÍTULO 11