Natalia está al borde del divorcio, pero un accidente lo cambia todo.
Branko su esposo, sufre un accidente y puede leer los pensamientos de su aún esposa y descubre muchas cosas, Natalia es fría por fuera, pero caótica por dentro, se entera que ella ha estado enamorada de él durante mucho tiempo y ahora es él quien no quiere divorciarse. ¿DIVORCIO? ESO JAMÁS
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Cap. 21 El final de la noche
La cena terminó sin sangre. Sin gritos. Sin confesiones escandalosas.
Vladimir no confesó lo de su amante. Ana no se emborrachó del todo. Olga no descubrió que su novio era un estafador.
Sobrevivieron.
Cuando salieron de la mansión Sitik, Natalia respiró hondo.
—Bien —dijo—. Eso fue… interesante.
—¿Interesante? —preguntó Branko—. Fue un milagro que no explotara todo.
—No explotó porque soy una santa.
—Eres cualquier cosa menos una santa.
—Cállate. O le cuento a tu madre lo de tu padre.
—No te atreverías.
—No. Pero pensar en ello me divierte.
Branko abrió la puerta del coche. Natalia se subió. Branko la rodeó y se sentó al volante.
—Natalia —dijo, antes de arrancar.
—¿Qué?
—Lo de los tres meses… ¿lo dijiste en serio? ¿O fue el helado hablando?
Natalia lo miró. La luz de la luna entraba por la ventana. Su perfil era hermoso, duro, herido.
—Fue el helado —dijo—. Pero también fui yo.
—¿Esa es la respuesta más honesta que tienes?
—Sí. Tómalo o déjalo.
Branko arrancó el coche.
—Lo tomo —dijo—. Los tres meses. El helado. Tú. Todo.
Natalia no respondió. Pero en su mente, Branko escuchó:
"Tres meses. Noventa días. Más de dos mil horas. Y ya quiero que pasen. Y ya quiero que no pasen nunca. Qué lío. Necesito más chocolate. ¡Ah, me robe un budin, esta en mi cartera!"
Branko sonrió en la oscuridad.
—¿Dónde paramos a comprar chocolate? —preguntó.
—¿Cómo sabes que quiero chocolate?
—Te conozco.
—No me conoces.
—Te conozco más de lo que crees.
—Eso es muy siniestro.
—Siniestro pero cierto.
Natalia se quedó callada. Y en su mente, por primera vez, no hubo caos.
Solo una palabra: "Quizás".
*_*
Eran las diez de la noche.
Natalia estaba sentada en el sillón del salón, con una manta sobre las piernas y un libro en las manos. Pero no estaba leyendo. Llevaba diez minutos en la misma página, mirando a Branko de reojo.
Él estaba en el sillón de enfrente, también con un libro. También sin leer. También mirándola de reojo.
La tensión era tan densa que se podía cortar con cuchillo.
"Mira cómo lee —pensó Natalia, mientras Branko escuchaba—. Tiene las gafas puestas. Las usa solo para leer. Nunca me había fijado en lo bien que le quedan las gafas. Parece un profesor universitario. Un profesor que quieres que te repruebe. No, Natalia. Libro. Concéntrate en el libro."
Branko pasó una página que no necesitaba pasar. Sus dedos temblaban ligeramente.
"Y ahora mira sus manos —continuó Natalia—. Manos grandes. Venas marcadas. Dedos largos. Me imagino esas manos en mi cintura. En mi cuello. En mi… No. No, no, no. Libro. Lee el libro, maldita sea. 'La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores'. Muy bien. ¿Y qué flores? ¿Qué flores, Virginia? ¿Las que quiero que Branko me ponga en la mesita de noche? No, Natalia, pará."
Branko cerró los ojos un segundo. Solo uno. Porque si los cerraba más, se levantaba, cruzaba la sala y la besaba.
Y la regla dos seguía vigente.
—¿Estás bien? —preguntó Natalia en voz alta, notando su respiración agitada.
—Perfectamente —mintió él—. ¿Y tú?
—Leyendo.
—¿Qué lees?
—No importa.
"La señora Dalloway —pensó ella—. Pero no se lo digo porque va a pensar que soy una intelectual y no lo soy. Solo me gusta el título. Y que la señora compraba sus propias flores. Como yo. Yo también compro mis propias flores. Y mi propio chocolate. Y mi propio… marido. Aunque este marido venga con primo incluido. El primo. Marko. Qué asco de primo."
—Natalia —dijo Branko, rompiendo el silencio.
—¿Qué?
—¿Has recibido algún mensaje raro últimamente?
—¿Raro? ¿De qué tipo?
—No sé. Alguien escribiéndote a altas horas. Invitándote a salir. Ese tipo de cosas.
Natalia arqueó una ceja.
—¿Por qué preguntas?
—Por preguntar.
"Miente —pensó Natalia—. No pregunta por preguntar. Sabe algo. ¿Qué sabe? ¿De los mensajes de Marko? ¿Cómo podría saberlo? Los borro siempre. No dejo rastro. A menos que… no. Imposible."
Branko escuchó "mensajes de Marko" y sintió un escalofrío que no era de frío.
—Marko —dijo en voz alta, probando el nombre como si fuera veneno.
—¿Qué pasa con Marko? —preguntó Natalia, con una inocencia fingida que no engañaba a nadie.
—¿Te escribe?
—A veces.
—¿A altas horas?
—A veces.
—¿Te invita a salir?
—A veces.
—¿Y tú qué le respondes?
Natalia cerró el libro. Lo dejó sobre la mesa. Cruzó los brazos.
—No le respondo. Lo bloqueo. Lo ignoro. Lo borro. ¿Feliz?
—No —respondió Branko, con sinceridad—. No soy feliz. Porque mi primo, mi propio primo, lleva años intentando meterse con mi esposa. Delante de mí. A mis espaldas. Y yo, idiota, no me había dado cuenta.
—Bueno —dijo Natalia, encogiendo los hombros—. Ahora ya lo sabes.
—¿Y no te molesta?
—Claro que me molesta. Me molesta muchísimo. Pero no puedo prohibirle que escriba. Solo puedo ignorarlo.
"Lo odio —pensó Natalia, con una intensidad que Branko sintió como una ola de calor—. Lo odio con toda el alma. Lo odio por las mil veces que se me ha insinuado. Lo odio por los mensajes a las tres de la mañana diciéndome 'qué haces sola' y 'tu marido no te merece'. Lo odio por invitarme a salir cada vez que Branko viaja por negocios. Lo odio por sus manos sueltas en las cenas familiares. Lo odio por su sonrisa de dentista que cree que es encantadora. Lo odio. Lo odio. LO ODIO."
Branko escuchó cada palabra. Cada insulto. Cada gramo de odio.
Y por un momento, se sintió mejor.
Pero solo por un momento.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó.
—Porque soy una mujer adulta. Puedo manejar a un baboso sin pedir ayuda.
—No es pedir ayuda. Es informar a tu marido de que alguien te acosa.
—Mi marido —dijo Natalia, con una sonrisa amarga—. Mi marido no me miraba, Branko. Mi marido estaba pendiente de Valeria. ¿Para qué le iba a contar lo de Marko? No le iba a importar.
—Me importa. Siempre me importó. Solo que no lo sabía.
—Bueno, pues ya lo sabes. Y no ha pasado nada. Y no pasará. Porque yo, a diferencia de ti, sé decir que no.
El golpe fue bajo. Branko lo sintió.
Pero antes de que pudiera responder, sonó el timbre.