James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
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CAPITULO 8. EL MILAGRO EN EL LABORATORIO
La luz matutina de Atenas se filtraba tímidamente por las persianas de la clínica de reproducción asistida. Estela llevaba puesta una bata médica de color azul claro, sentada en el borde de una camilla, apretando sus manos con fuerza. El tratamiento de choque con estrógenos de las últimas veinticuatro horas la tenía exhausta, pero sus constantes vitales eran perfectas.
La puerta se abrió y James entró a la sala. Ya no llevaba el traje de chaqueta; vestía ropa cómoda pero de una pulcritud impecable. Su rostro ya no reflejaba el dolor físico de la noche anterior gracias a los analgésicos, pero sus ojos claros delataban una tensión insoportable. Se detuvo a unos pasos de ella, guardando una distancia prudencial.
—¿Cómo estás? —preguntó James, con una voz inusualmente suave. No había rastro de la prepotencia de los primeros días—. Valeria me ha escrito esta mañana. Tu madre ha pasado una buena noche en el hospital de Madrid. Los médicos dicen que evoluciona favorablemente.
Estela sintió que un peso enorme se le quitaba de encima al escuchar la noticia. Miró a James a los ojos y asintió.
—Gracias por decírmelo, James. Estoy bien. Un poco mareada por las hormonas, pero lista. ¿Y tú? ¿Cómo te encuentras?
James desvió la mirada por un segundo, carraspeando con incomodidad. No estaba acostumbrado a que nadie se preocupara genuinamente por su salud.
—El dolor ha bajado. Estoy bien. Los médicos dicen que es normal antes de la operación. Hoy es nuestro último día aquí. Mi avión de vuelta a Madrid sale esta tarde; tengo que ingresar en el hospital mañana temprano para preparar el quirófano.
Antes de que Estela pudiera procesar la inminencia de la cirugía de James, el doctor Karalis entró en la habitación con una amplia sonrisa y una carpeta metálica entre las manos.
—Buenos días a ambos —saludó el médico griego con entusiasmo—. Traigo noticias extraordinarias del laboratorio de embriología. Ayer realizamos la microinyección ICSI con la muestra en fresco del señor Fernández y los óvulos de la donante seleccionada. El proceso ha sido un éxito rotundo.
James dio un paso al frente de inmediato, conteniendo la respiración.
—¿Qué significa eso, doctor? ¿Hay embriones viables?
—No solo viables, señor Fernández. Tenemos dos embriones de excelente calidad, clasificados como categoría A. Tienen una división celular perfecta y una fuerza morfológica increíble. Dado que su ventana de oportunidad es única y no podemos arriesgarnos a una congelación, mi recomendación médica es transferir ambos embriones hoy mismo al útero de la señorita Gómez. Esto aumentará drásticamente las posibilidades de que al menos uno implante con éxito. Aunque, por supuesto, existe la probabilidad de un embarazo múltiple. De gemelos.
James miró a Estela. La idea de tener dos hijos de golpe, cuando hace una semana ni siquiera pensaba en la paternidad, le dio un vuelco al corazón. Estela, por su parte, tragó saliva, pero mantuvo la mirada firme en el médico. Dos bebés significaban el doble de responsabilidad, pero también la seguridad absoluta de que la línea biológica de James se salvaría.
—Haga la transferencia de los dos, doctor —dictaminó James con firmeza, mirando a Estela en busca de su aprobación tácita. Ella asintió levemente con la cabeza.
El procedimiento se realizó apenas una hora después en una sala de intervenciones de alta tecnología. James no se separó de ella. Aunque el contrato estipulaba que era un proceso puramente médico, él se mantuvo de pie al lado de la camilla, observando las pantallas donde se veía el delicado proceso. Estela se mantuvo inmóvil mientras el doctor Karalis, guiado por una ecografía, utilizaba un fino catéter para depositar los dos embriones en el fondo de su útero.
—Listo —anunció el doctor Karalis con suavidad, retirando el instrumental—. El milagro está hecho. Ahora, señorita Gómez, debe mantener reposo absoluto durante las próximas dos horas en esta camilla. Después, podrán regresar a su hotel.
James se acercó un poco más a la camilla una vez que el médico salió. Miró a Estela, que permanecía tumbada, con la mirada fija en el techo, asimilando que en su interior ya latía el inicio de una nueva vida.
—Lo has hecho muy bien, Estela —dijo James en voz baja, y por primera vez en todo el viaje, extendió la mano y rozó suavemente los dedos de la chica—. Gracias. Sé que esto no es fácil para ti.
Estela sintió un escalofrío ante el contacto de su piel. Miró la mano de James, grande y fuerte, y luego su rostro. El hombre que tenía delante ya no era el playboy egoísta; era un futuro padre que se marchaba a España a luchar por su propia vida contra un tumor, confiándole su mayor tesoro a una desconocida.
—Cúrate, James —respondió Estela con un hilo de voz, apretando ligeramente sus dedos—. Vuelve a Madrid, entra a ese quirófano y cúrate. Yo cuidaré de ellos aquí mientras tú te recuperas.
James asintió, con una intensidad en la mirada que pareció congelar el tiempo en aquella pequeña sala médica de Atenas. Los dados estaban echados. Dos embriones descansaban en el vientre de Estela, ajenos a la gigantesca mentira, al contrato millonario y a la tormenta médica que estaba a punto de desatarse en España.