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Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Romance / Fantasía LGBT
Popularitas:561
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: El rey del Inframundo

El cuervo de plumas negras atravesó los cielos durante horas.

Voló sobre montañas cubiertas de nieve, mares embravecidos y bosques donde ni la luz del sol lograba penetrar.

Finalmente llegó a una inmensa grieta en la tierra.

Del interior ascendía una neblina gris y un río oscuro recorría el paisaje en absoluto silencio.

Era la entrada al Inframundo.

El cuervo descendió sin miedo.

Las almas de los difuntos caminaban lentamente por senderos de piedra, guiadas por espíritus antiguos. A lo lejos, el ladrido de un enorme perro de tres cabezas hacía temblar las montañas.

Era Cerbero, el guardián del reino de los muertos.

El animal levantó una de sus cabezas al ver al cuervo, pero al reconocer el sello de Eris simplemente volvió a acostarse.

El ave continuó su camino hasta un gigantesco palacio construido con obsidiana negra.

En su interior reinaba un silencio solemne.

No era un lugar cruel.

Era un lugar donde cada alma recibía el descanso que le correspondía.

En el salón principal, sentado sobre un trono de piedra oscura, estaba Hades.

Su expresión era tranquila.

Su corona de ébano brillaba con una tenue luz azulada.

En una mano sostenía un pergamino donde revisaba el destino de las almas recién llegadas.

El cuervo aterrizó frente a él.

Hades levantó la vista.

—Hace siglos que Eris no me envía un mensajero...

El ave dejó caer un pequeño cristal negro.

Al tocar el suelo, la imagen de Eris apareció como una ilusión.

—Saludos, rey del Inframundo.

Hades cerró el pergamino.

—Habla.

—Hay una mortal que está cambiando el destino del mundo.

Hades arqueó una ceja.

—Eso no es asunto mío.

—Dos dioses del Olimpo ya se enamoraron de ella.

Aquellas palabras llamaron ligeramente su atención.

—¿Quiénes?

—Ares... y Afrodita.

Hades guardó silencio.

No era común que los dioses se involucraran emocionalmente con los mortales.

—¿Qué pretendes?

Eris sonrió.

—Solo pensé que te interesaría saberlo.

—No.

La ilusión comenzó a desvanecerse.

Pero antes de desaparecer por completo, Eris añadió:

—La muchacha se llama Sara.

Y el cristal quedó reducido a polvo.

Hades permaneció inmóvil.

—Sara...

No conocía ese nombre.

Sin embargo...

Algo en su interior le decía que aquella historia apenas comenzaba.

En el mundo mortal, ya habían transcurrido veinte días desde el castigo impuesto por Zeus.

Sara continuaba con su rutina.

El pueblo estaba cambiando rápidamente.

Nuevos cultivos crecían en los campos.

Las familias trabajaban juntas.

Incluso los viajeros comenzaban a detenerse allí para aprender cómo habían logrado recuperarse.

Aquella mañana, Sara ayudaba a unos niños a construir un pequeño invernadero.

—Más despacio, Leo.

Si aprietas demasiado el clavo, romperás la madera.

—Perdón.

—No pasa nada.

Todos aprendemos practicando.

Los niños sonrieron.

Trabajar con Sara nunca se sentía como una obligación.

Siempre encontraba la manera de enseñar con paciencia.

Mientras terminaban el techo del invernadero, Daniel llegó corriendo.

—¡Hermana!

—¿Qué sucede?

—Llegó un viajero al pueblo.

Dice que viene desde muy lejos.

Sara dejó el martillo.

—¿Necesita ayuda?

—Creo que sí.

Sin perder tiempo, caminó junto a su hermano hacia la plaza.

En el centro del pueblo había un hombre cubierto con una larga capa negra.

Su rostro permanecía oculto bajo una capucha.

Llevaba consigo un bastón de madera oscura.

Los vecinos mantenían cierta distancia.

No parecía peligroso.

Pero había algo extraño en él.

Sara se acercó lentamente.

—Buenos días.

El desconocido levantó la cabeza.

Sus ojos eran de un intenso color azul oscuro.

Transmitían una serenidad difícil de describir.

—Buenos días.

Su voz era tranquila.

—¿Puedo ayudarlo?

El hombre observó el pueblo.

Las personas trabajaban juntas.

Los niños reían.

Los ancianos conversaban mientras limpiaban herramientas.

—Solo buscaba un lugar donde descansar.

Sara sonrió.

—Entonces ha llegado al sitio correcto.

El viajero pareció sorprendido.

—¿No temes recibir a un desconocido?

—Todos somos desconocidos... hasta que nos presentamos.

Aquella respuesta hizo que el hombre sonriera por primera vez.

—Sabias palabras.

Sara extendió una mano.

—Soy Sara.

Él la observó unos segundos antes de estrecharla.

—Puedes llamarme... Adán.

Había elegido un nombre falso.

No podía revelar que era Hades.

Durante el resto del día, Sara le mostró el pueblo.

Le presentó a don Ernesto.

A Elena.

A Daniel.

Y a varias familias que trabajaban en los cultivos.

Hades observaba todo con atención.

Había esperado encontrar una joven arrogante, consciente de que los dioses la observaban.

En cambio...

Encontró a alguien completamente diferente.

Mientras caminaban, pasaron junto a un árbol donde un pequeño gorrión tenía un ala herida.

Sara se arrodilló de inmediato.

—Pobrecito...

Sacó un trozo de tela de su bolsillo y vendó cuidadosamente el ala del ave.

Después la colocó sobre una rama baja.

—Con un poco de descanso te recuperarás.

Hades observó la escena sin decir nada.

Después preguntó:

—¿Por qué perder tiempo ayudando a un pájaro?

Sara se levantó.

—Porque está sufriendo.

—Pero es solo un ave.

Ella negó con suavidad.

—Para él, su vida es tan importante como la nuestra.

Aquellas palabras sorprendieron al dios del Inframundo.

Había visto a miles de reyes despreciar la vida de los demás.

Pero aquella joven dedicaba tiempo incluso a un pequeño gorrión.

Al caer la tarde, ambos llegaron al puente sobre el río.

Sara apoyó los brazos en la baranda.

—Este es mi lugar favorito.

Hades observó el agua.

—¿Vienes mucho aquí?

—Cuando necesito pensar.

Guardó silencio unos segundos.

—Hace unas semanas conocí aquí a dos personas muy importantes.

Hades la miró de reojo.

—¿Las extrañas?

Sara sonrió con cierta tristeza.

—Sí.

Aunque todavía estoy confundida.

Descubrí que me ocultaban quiénes eran realmente.

Hades comprendió enseguida de quién hablaba.

Ares y Afrodita.

—¿Eso significa que dejaste de apreciarlos?

Sara negó lentamente.

—No.

Solo necesito entender por qué no pudieron confiar en mí.

Hades bajó la mirada.

Él también había ocultado su identidad.

Y, por primera vez en siglos...

Sintió un pequeño remordimiento.

Esa misma noche, en el Olimpo, Zeus observaba el Espejo del Mundo.

De pronto frunció el ceño.

Había una presencia divina en el pueblo.

Pero no era Ares.

Tampoco Afrodita.

Ni Eris.

Era alguien cuya energía apenas abandonaba el Inframundo.

—No puede ser...

Hermes apareció junto a él.

—¿Qué ocurre?

Zeus señaló el espejo.

Hermes abrió los ojos.

—¿Hades?

En la imagen podía verse al supuesto viajero despidiéndose de Sara antes de entrar en la pequeña posada del pueblo.

Zeus apretó con fuerza su cetro.

—¿Qué hace mi hermano en el mundo mortal?

Nadie tenía una respuesta.

Muy lejos del Olimpo, Hades observaba la luna desde la ventana de su habitación.

Había ido al pueblo solo por curiosidad.

Solo quería comprobar si Eris decía la verdad.

Sin embargo...

Después de un solo día, comprendía por qué Sara había cambiado el corazón de tantos.

Y, sin saberlo, acababa de convertirse en una nueva pieza dentro del juego que Eris había comenzado.

Mientras tanto, oculta entre las sombras de un bosque cercano, Eris sonrió satisfecha.

—Excelente...

Ahora el rey del Inframundo también ha conocido a Sara.

Y cuando todos los dioses empiecen a girar alrededor de una sola mortal...

El verdadero caos dará comienzo.

Fin del Capítulo 16.

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