Mateo Rinaldi es el titán tecnológico: frío, metódico y controlador, con un secreto que desentona con su fachada de piedra: unos celos posesivos e invisibles que lo consumen cada vez que alguien osa mirar de más a su esposa.
Valeria Cienfuegos es la reina de la moda y los bienes raíces: brillante, desinhibida y dueña de un humor ácido capaz de dinamitar la seriedad de Mateo en segundos.
Con dos décadas de matrimonio, tres hijos caóticos y las dos empresas más poderosas del país sobre sus hombros, su vida es una guerra constante entre las altas finanzas y la convivencia indomable. Cuando las presiones del mercado amenacen con destruirlos, descubrirán que tras veinte años de rivalidad y pasión, los polos opuestos no solo se atraen: se vuelven indispensables.
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EL AMANECER DE LOS MULTIMILLONARIOS
La tregua del amanecer
Los primeros rayos del sol de las siete de la mañana se filtraban perezosamente a través de los ventanales polarizados, iluminando la escena caótica y apacible de la habitación principal. La ropa de alta costura —incluyendo lo que quedaba del vestido verde esmeralda con incrustaciones de cristales y el esmoquin de diseño italiano con la solapa rasgada— yacía esparcida por el suelo de parqué en un completo desorden, testimonio mudo de una tregua firmada a medianoche tras meses de discusiones soterradas y silencios corporativos.
Mateo yacía boca arriba, con un brazo pesado extendido sobre el colchón de plumas y Valeria cómodamente acurrucada contra su pecho desnudo, usando su hombro como almohada improvisada mientras trazaba círculos distraídos sobre su piel marcada por la noche anterior.
El aire olía a sándalo, a la fragancia costosa de ella y al aroma inconfundible de un nuevo día que amenazaba con devorarlos a ambos.
La interrupción corporativa
El teléfono celular de Mateo, situado en la mesita de noche de caoba, comenzó a vibrar con una insistencia metódica. El zumbido constante rompió la frágil paz del santuario.
El CEO frunció el ceño, abriendo un ojo con pesadez. Estiró el brazo, tomó el aparato y vio la pantalla parpadeando en la oscuridad relativa de las cortinas cerradas:
6:59 AM — Reunión de consejo urgente por adquisición bursátil.
Mateo soltó un suspiro resignado, la sombra del imperio Rinaldi volviendo a nublar su mente. Estaba dispuesto a levantarse, a enfundarse de nuevo en el papel de hombre intocable de Wall Street, pero un movimiento ágil lo detuvo.
Valeria le arrebató el teléfono de las manos con una rapidez felina y, sin siquiera mirar la pantalla, lo arrojó con fuerza hacia el sofá de terciopelo al otro lado de la habitación, donde cayó con un golpe seco.
—Oye —protestó Mateo con voz ronca por el sueño y una media sonrisa de incredulidad, atrapado entre la diversión y el asombro—, esa llamada era del director financiero. Tenemos que abrir la bolsa en cuarenta minutos. Si las acciones de Rinaldi Tech caen tres puntos por una OPA hostil, el consejo me va a devorar vivo antes del almuerzo.
—Que la bolsa espere, o que el director financiero respire hondo y aprenda a tomar decisiones solo —replicó Valeria con una risa traviesa, levantándose ligeramente sobre los codos para mirarlo desde arriba, con el cabello castaño revuelto sobre los hombros y los ojos chispeantes de picardía—. Son las siete de la mañana de un viernes, Mateo Rinaldi. Tenemos tres hijos que van a bajar gritando en cualquier momento, una mansión que mantener en pie y, lo más importante, una apuesta pendiente sobre quién de los dos va a aguantar la respiración más tiempo en la alberca sin hacer trampa.
Obsesión y control
Mateo la observó en silencio durante unos segundos. Sus ojos recorrieron las facciones de su esposa, el brillo en su mirada que ninguna junta directiva ni ningún balance de ganancias había logrado apagar jamás. Verla así, radiante, desinhibida y completamente dueña de su mundo, le recordaba por qué, a pesar de sus manías de control, sus recelos corporativos y sus celos irracionales que a veces rozaban la locura, llevaba dos décadas completamente obsesionado con ella. Ella era la única grieta en su armadura de acero.
—Eres un peligro público, Valeria Cienfuegos —murmuró él con voz profunda, un destello oscuro y apasionado encendiéndose de nuevo en su mirada.
Antes de que ella pudiera responder, Mateo la atrapó de la cintura con un movimiento rápido y la tiró de nuevo sobre la cama, haciéndola soltar una carcajada estridente mientras se cernía sobre ella, inmovilizándola con ternura bajo su peso.
—Pero eres el único peligro que me importa —añadió él a milímetros de sus labios.
El regreso a la realidad
Abajo, en la planta baja, el silencio del ala residencial se rompió de golpe. Se escuchó el estrépito metálico de la puerta de la alacena, el tintineo de la vajilla de porcelana y la voz inconfundible de Lucas gritando a todo pulmón:
—¡Mamá, papá, el chef dice que se quemaron los panqueques otra vez y Sofía le echó sal al café de la abuela!
Valeria sonrió contra los labios de Mateo, sabiendo perfectamente que el imperio corporativo, los celos soterrados de su esposo, las presiones de la alta sociedad y el caos absoluto de la vida familiar volverían a empezar en exactamente cinco minutos.
Pero, por ahora, mientras los dedos de Mateo se enredaban en su cabello y el mundo exterior rugía tras los ventanales blindados, el tiempo se había detenido.
pensé que iba hacer una novela aburrida, Pero me callo la boca Escritora🫥...
Buena redacción.
Buenas ortografía.
Buen balance.
50 y 50 de cada uno.
mismo poder, mismo liderazgo y mismo Lealtismo..
10/10.
es como el vino, estre más viejo, más bueno sabe.