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Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Dejar escapar al amor / Hija rica en bancarrota / Romance oscuro / Completas
Popularitas:9.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Estoy comprometida con Sebastián Salvatierra. El problema es que el único hombre que todavía sabe cómo hacerme perder el control es Gael, su medio hermano… y mi exnovio.
Tres años atrás abandoné a Gael sin despedirme y desaparecí de su vida. Creí que un heredero como él no tardaría en olvidarme.
Me equivoqué.
Para pagar el tratamiento de mi abuela, acepté un compromiso por conveniencia con Sebastián Salvatierra. No había amor entre nosotros, solo un acuerdo que beneficiaba a nuestras familias. Todo debía ser sencillo.
Hasta que Gael regresó de Estados Unidos la noche de nuestra fiesta de compromiso.
Ahora estudia en mi universidad, controla cada lugar al que intento escapar y disfruta llamándome cuñadita mientras se acerca demasiado. Dice que solo quiere vengarse por haberlo abandonado, pero sus manos, sus celos y la forma en que todavía recuerda cada reacción de mi cuerpo cuentan una historia diferente.
Sé que debería mantenerme lejos.
Sé que pertenece a la misma familia del hombre con quien voy a casarme.
Pero cada vez que Gael me toca, recuerdo que antes de convertirme en la prometida de un Salvatierra, fui completamente suya.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7

Cuando regresé a la residencia universitaria ya era tarde y casi todas las luces estaban apagadas.

Abrí la puerta de puntillas para no despertar a mis compañeras. Apenas entré, Camila corrió a abrazarme.

—¡Vale! Tienes que contarnos para qué te llevó Gael.

Daniela se incorporó sobre su cama.

—Te tomó de la mano delante de todos. Se veían demasiado bien juntos. Neta, ya quiero que sean pareja.

—Ese hombre es tan guapo que me hace perder la dignidad —suspiró Camila.

Me aparté con torpeza y evité sus miradas.

—Solo… teníamos que hablar de una cosa. Recuerden que estoy comprometida con su hermano.

—Es verdad. Hasta te llamó cuñadita.

El entusiasmo de Camila se desinfló durante un segundo. Después volvió a iluminarse.

—Pero si te casas con Sebastián, podrás ver a Gael todos los días.

Daniela asintió y me dedicó una sonrisa traviesa.

—Mucho cuidado, cuñadita. No vayas a enamorarte del hermano equivocado solo porque está guapísimo.

No encontré ninguna respuesta segura.

Mis compañeras devoraban novelas románticas en Wattpad y hablaban sin medir las consecuencias. Yo temía que cualquier reacción pudiera revelar mi secreto.

Comencé a ordenar la cama, esperando escapar de las preguntas fingiendo que tenía sueño. Entonces otra compañera, una estudiante aplicada que nunca participaba en nuestros chismes, habló desde su escritorio.

—Los vi comiendo juntos en la cafetería.

El espíritu investigador de Camila resucitó al instante.

—¡Es cierto! La cuenta anónima del campus está que arde. Gael Salvatierra comió en la cafetería de la universidad como un simple mortal.

—Tal vez nunca había probado comida tan mala en su vida —bromeó Daniela.

¿Tan mala era?

A mí me gustaba.

—Quería agradecerle un favor, así que lo invité a comer —expliqué—. Le propuse ir a un restaurante, pero insistió en quedarse en la universidad. Dijo que tenía antojo de comida mexicana casera.

No imaginé que su presencia llamaría tanto la atención como para que alguien nos fotografiara durante el almuerzo.

—¿Cuál es la publicación?

—Esta.

Camila me entregó su teléfono.

—No te preocupes. Ya puse en su lugar a todos los que dijeron que estabas engañando a Sebastián para conquistar a Gael.

—Gracias… creo.

Respiré hondo y abrí la publicación, que ya acumulaba más de mil comentarios.

La fotografía estaba un poco borrosa. Aun así, se distinguía con claridad el perfil firme de Gael, la nariz recta, la piel pálida y el cabello plateado imposible de ignorar.

No estaba comiendo. Apoyaba la barbilla sobre una mano y me observaba con interés mientras yo permanecía inclinada sobre el plato.

Su expresión no se veía bien, pero la imagen transmitía una ternura difícil de explicar.

Qué vergüenza.

Yo había comido como si llevara una semana sin probar alimento y Gael ni siquiera se había reído.

—En realidad, no tiene nada de malo que una futura cuñada coma con el hermano de su prometido —dijo Camila—. Lo raro es el comentario de Mateo.

—No usaba ese perfil desde la preparatoria —añadió Daniela—. Hoy reapareció solo para escribir esto.

El comentario más votado pertenecía a una cuenta con una sola letra como nombre.

*s: Vaya, Gael sí sabe conquistar. Nunca tiene tiempo para comer con sus amigos, pero por una muchacha hasta acepta la cafetería universitaria. Perdón, no debería decir “muchacha”. Quise decir “cuñadita”.*

Fruncí el ceño.

¿Por qué Mateo alimentaba los rumores?

Siempre creí que él y Gael eran muy amigos. Tal vez habían vuelto a pelearse.

Estaba pensando si debía preguntarle a Gael cuando comenzó a sonar mi teléfono.

Sebastián.

A esa hora difícilmente llamaría para algo agradable. Inventé una excusa y salí al corredor.

—¿Qué está pasando entre Gael y tú? —exigió apenas contesté.

Bajé la cabeza. Sabía que, al menos según el contrato, yo también tenía parte de culpa.

—Nos encontramos en la universidad y comimos juntos.

Era la verdad, aunque omitía demasiados detalles imposibles de explicar.

Sebastián soltó una risa llena de desprecio.

—No olvides nuestro acuerdo. Si me haces quedar como un cornudo, te vas a arrepentir.

Guardé silencio.

El contrato decía que ambos debíamos interpretar correctamente nuestro papel. Sin embargo, él había sido el primero en acostarse con otras personas.

Después de una pausa, reuní valor.

—Trasladaron a mi abuela a otro hospital…

Ya no utilizaba su dinero.

Quizá podíamos cancelar el compromiso.

Sebastián me interrumpió.

—Ya lo sé. Fue un equipo de voluntarios de Estados Unidos, ¿verdad? Qué suerte que tantos especialistas estudien exactamente esa enfermedad.

Gael no había filtrado ni una palabra.

—Sí. Voy a devolverte lo que te debo, así que tal vez el contrato podría…

—¿De verdad crees que una comida con Gael significa que ya lo conquistaste?

La burla al otro lado de la línea me dejó helada.

—Sin mi apellido y sin mi posición, él ni siquiera se habría fijado en ti.

Recordar los rumores de la universidad pareció enfurecerlo todavía más.

—Tu propia familia te echó de casa. Yo te hice un favor al aceptar este compromiso, así que deja de fantasear con casarte con un hombre más rico.

Continuó insultándome durante varios minutos. Quizá pensó que había sido demasiado duro, porque terminó ofreciéndome una supuesta muestra de consideración.

—Te digo todo esto por tu bien. Mi hermano está enamorado de su primer amor desde hace años.

Su voz adquirió un tono condescendiente.

—No sabes de qué sería capaz por esa mujer. Herederas de familias mucho más importantes se le han ofrecido y él ni siquiera las mira. Mucho menos se interesaría en alguien como tú.

Cerré los ojos y recordé todo lo que Gael había hecho por mí.

—Lo sé.

Una lágrima me recorrió la mejilla. La limpié antes de que pudiera caer.

—Así me gusta —respondió Sebastián, satisfecho de haber recuperado el control—. Mañana habrá una reunión con varios amigos. Te permitiré acompañarme.

Creía que presentarme junto a él como su futura esposa era un privilegio inmenso.

—Está bien.

No me dejó ninguna posibilidad de rechazar la invitación. Dentro de aquel juego entre familias poderosas, mi opinión no tenía peso.

El contrato solo duraría tres meses.

Me aferré a ese pensamiento.

***

Al día siguiente, Sebastián me envió la ubicación de la reunión. Tomé un taxi hasta la marina y no llevé el traje de baño que había mandado a mi residencia.

La fiesta se celebraba en un yate y, por lo que podía ver, incluía una piscina.

Me puse el mejor vestido que tenía, uno blanco y largo. Dejé el cabello suelto sobre los hombros.

Había mucha gente en el salón principal. Sebastián no salió a recibirme, así que busqué sola el espacio reservado. Mientras caminaba, escuché varias voces.

—¿Quién es? Con ese vestido parece que vino a entregar comida.

—La prometida de Sebastián. Es la hija de los Montes a la que echaron de su casa. Igual de poca cosa que su madre; con razón las abandonaron.

—Ahora consiguió aferrarse a los Salvatierra. ¿De verdad creen que Sebastián vaya a casarse con ella?

Las risas fueron especialmente crueles.

Al oírlos insultar a mi madre, apreté la falda y me dispuse a volverme.

Un grito estalló detrás de mí.

Una copa cayó desde el segundo nivel y golpeó con precisión la cabeza del hombre que acababa de hablar. Después se hizo añicos contra el piso.

La sangre comenzó a correrle por el rostro.

El salón se convirtió en un caos.

Desde la baranda superior llegó una risa baja.

—Perdón —dijo una voz masculina—. Se me resbaló.

Era Gael.

Vestía un traje completamente negro y descansaba con pereza contra la baranda de cristal. Apoyaba la barbilla en una mano y sonreía con una inocencia casi perfecta.

De cerca, cualquiera habría visto el frío homicida de sus ojos entrecerrados.

—¿Quién fue el imbécil que aventó eso? —rugió el herido—. ¿Saben quién soy?

La sangre no le permitía abrir bien los ojos. Sus amigos se apresuraron a taparle la boca.

—Cállate. Es Gael Salvatierra.

Todos conocían al heredero imposible de controlar. Si en Estados Unidos hacía lo que quería gracias al poder de su familia materna, en México también contaba con el apellido Salvatierra. Nadie allí se atrevería a desafiarlo.

Me quedé paralizada. La sangre y los cristales me habían asustado. Levanté la mirada hacia el segundo piso.

La distancia no me permitía distinguir su expresión, pero la presión fría que lo rodeaba se sentía desde abajo.

Gael me encontró entre la gente.

En cuanto nuestras miradas se cruzaron, toda aquella amenaza desapareció. Inclinó la cabeza y sonrió. Después levantó los dedos para saludarme y formó con los labios una palabra silenciosa.

*Bebé.*

¿Cómo podía cambiar de rostro tan rápido?

Levanté la mano con cautela. Antes de que alcanzara a devolverle el saludo, la voz de Sebastián llegó desde el otro extremo del salón.

—¿Qué sucede aquí?

Caminó hacia mí con rapidez.

—Debiste asustarte, bebé. Justo venía a recibirte.

Extendió el brazo para rodearme los hombros. Me aparté sin llamar la atención y no me atreví a mirar la reacción de Gael.

—Estoy bien, gracias.

—No tienes que ser tan formal conmigo.

Sebastián había olvidado convenientemente los insultos del día anterior. Delante de los invitados volvía a interpretar al prometido perfecto.

Miró de reojo hacia el segundo piso y se colocó en un ángulo muy preciso.

—No te muevas. Tienes algo en el cabello.

Me quedé quieta.

Sebastián cubrió mi cuerpo con el suyo y acercó lentamente una mano a mi cabeza.

Desde la perspectiva de Gael parecía que íbamos a besarnos.

Sus dedos se cerraron en un puño. La baranda de cristal pareció crujir bajo la fuerza de su mano y la ira oscureció sus ojos.

Gael era el amante oculto. No tenía un lugar reconocido a mi lado ni derecho a demostrar sus celos delante de todos.

En su mente, naturalmente, la culpa era de Sebastián.

Valeria seguía siendo su princesa bondadosa e ingenua, incapaz de reconocer a un hombre despreciable. Sebastián era el oportunista que aprovechaba cualquier ausencia de Gael para intentar arrebatársela.

*Bebé, voy a encargarme de cada hombre sin escrúpulos que trate de acercarse a ti.*

*En esta vida solo puedes pertenecerme a mí.*

***

Subí al segundo piso junto a Sebastián.

—¿Trajiste el traje de baño que te compré? —preguntó con una sonrisa—. La fiesta en la piscina comenzará en un rato.

Sus ojos recorrían mi vestido blanco, intentando imaginar las formas escondidas debajo. El deseo evidente de verme con poca ropa me produjo rechazo.

—No sé nadar…

—No importa. Yo puedo enseñarte. Solo tendrás que sujetarte de mis manos.

Bajó la voz para convertir la propuesta en una insinuación.

Sebastián me contempló como si yo fuera una estudiante inocente y fácil de engañar. Quizá pensaba que acostarse conmigo una vez sería una buena manera de entretenerse.

—No. Yo…

No me dejó terminar. Abrió la puerta del salón privado y me hizo entrar.

—Llegamos tarde. Les presento a mi prometida, Valeria Montes.

El lugar estaba lleno de humo. Sus amigos bebían y jugaban cartas mientras me observaban de arriba abajo.

—Claro que la conocemos. La heredera Montes comprometida con el futuro director del Grupo Salvatierra.

—Cuando Sebastián se quede con el grupo, tú serás la señora Salvatierra.

—Qué bonita pareja. Se ven hechos el uno para el otro.

Los elogios sonaban falsos y ligeramente burlones. Compuse una sonrisa educada, aunque cada mirada me hacía sentir más incómoda.

Entonces vi al hombre sentado en silencio en una esquina.

Gael también estaba allí.

Permanecía con las piernas cruzadas, ajeno al ruido. No había levantado la vista del teléfono desde que entramos. El cabello plateado ocultaba sus ojos y sus labios apretados no revelaban ninguna emoción.

No sabía con qué identidad enfrentarlo. Yo seguía siendo la prometida de Sebastián y debía representar aquel papel.

Aparté la mirada con una punzada amarga en el pecho.

El humo me hizo toser.

Fue un sonido muy bajo, pero Gael lo detectó de inmediato. Alzó los ojos con fastidio, tomó una botella de agua y la lanzó hacia el grupo.

—Apaguen los cigarros.

Parecía estar de un humor especialmente peligroso.

Los amigos de Sebastián eran mucho mayores que Gael. No les agradó recibir órdenes de un joven de veintiún años, pero ninguno podía permitirse enfrentarlo.

Uno soltó una risa desdeñosa antes de apagar el cigarro.

—Sebastián, tu hermanito impone más que tú. Deberías aprenderle algo si de verdad quieres dirigir la familia.

Gael ni siquiera le concedió una mirada. Volvió al teléfono, completamente indiferente a la fortuna de los Salvatierra.

Sebastián, en cambio, tuvo que tragarse la humillación y responder con una sonrisa rígida.

—Claro. Tienes razón.

La competencia por la herencia lo obligaba a soportarlo.

Recogió la botella y se la ofreció a Gael.

—Cuando te invité dijiste que no vendrías. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

Parecía una pregunta casual, pero en realidad quería saber por quién había ido.

Gael entendió el desafío. Dejó que sus ojos descansaran sobre mí durante varios segundos antes de responder:

—De pronto tuve tiempo.

Ni siquiera se molestó en inventar una excusa.

La sonrisa fría con la que miró a Sebastián estaba cargada de provocación. Sin embargo, cuando volvió los ojos hacia mí, toda su agresividad se desvaneció.

—Cuñadita —saludó con una dulzura excepcional—. Qué casualidad encontrarte otra vez.

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