NovelToon NovelToon
Me enamoré del hijo de mis padrinos

Me enamoré del hijo de mis padrinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor platónico
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21: Hermano (por primera vez, de verdad)

Valentina bajó a desayunar a las nueve y media de un domingo con el pelo húmedo y los ojos hinchados de haber dormido once horas seguidas. Once horas de sueño profundo, sin sueños, sin pesadillas, sin camionetas ni niños corriendo — como si su cerebro hubiera decidido que, después de catorce años de reconstrucción, merecía un descanso industrial.

Santiago estaba en la cocina. De pie junto a la estufa, con un sartén en la mano y un mandil gris que Rosario le había amarrado antes de irse a misa. Estaba haciendo huevos revueltos con epazote — el olor verde y terroso llenaba toda la planta baja.

—Buenos días —dijo Valentina.

—Buenos días.

Normal. Tono plano, espalda recta, atención en el sartén. Santiago Montero: el hombre que anoche le cerró los dedos sobre la mano como quien guarda algo valioso, ahora revolviendo huevos con una espátula de madera como si el mundo no hubiera cambiado de eje seis horas antes.

Pero algo había cambiado. Valentina lo notó en los detalles que Santiago no podía controlar: la forma en que su cuerpo se orientó hacia ella cuando entró, el milímetro extra que se abrieron sus hombros, la manera en que sus ojos la encontraron antes de volver al sartén. No era tensión. Era lo contrario de la tensión. Era la relajación microscópica de alguien que lleva años apretando los dientes y por fin puede soltar la mandíbula.

—¿Café? —preguntó él.

—Por favor.

Le sirvió una taza sin preguntar cómo lo quería. Lo sabía: con leche, dos de azúcar, en la taza azul que estaba en el segundo estante. Valentina se sentó en el banco de la isla y tomó un trago. Estaba perfecto. Siempre estaba perfecto. Antes, eso la irritaba. Ahora entendía que la perfección no era control — era atención. Catorce años de atención comprimidos en una taza de café con la proporción exacta de leche.

Isabel apareció quince minutos después con su bata de seda y una expresión que oscilaba entre la curiosidad y la alarma maternal.

—Buenos días, familia.

Se sirvió su té de manzanilla. Se sentó frente a Valentina. Los miró. Primero a uno, después al otro, con la precisión de un escáner que procesa datos en tiempo real.

—¿Qué pasó entre ustedes? —dijo.

Santiago siguió revolviendo los huevos.

—Nada, tía —dijo Valentina.

—Están raros. Raros BIEN, pero raros.

—Estamos normal.

—Estás sonriendo, Vale. Y Santi está cocinando. Eso no es normal. Eso es un milagro de domingo.

Santiago apagó el fuego y puso el sartén sobre la tabla de cortar. Sirvió tres platos: huevos revueltos, frijoles refritos, tortillas de maíz que Rosario había dejado envueltas en un trapo. Se sentó al lado de Valentina — no enfrente, al lado — y empezó a comer sin comentar nada.

Isabel los observó durante todo el desayuno con la concentración silenciosa de alguien que sabe que algo importante pasó pero que ha aprendido, después de años de convivir con Santiago, que presionar no sirve de nada. Si él quería hablar, hablaba. Si no, podías esperar sentada hasta que los limoneros dieran frutos.

A la mitad del desayuno, Valentina extendió el brazo y le robó un pedazo de tortilla del plato a Santiago. Él la miró. Ella le sostuvo la mirada masticando su tortilla robada con la expresión inocente de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.

Santiago no dijo nada. Pero la comisura derecha de su boca subió un milímetro — el equivalente, en el idioma corporal de Santiago Montero, de una carcajada.

—Gracias, hermano Santi —dijo Valentina.

La palabra salió distinta. Las mismas sílabas, la misma combinación de consonantes y vocales, pero con un peso diferente. Antes, "hermano" era un escudo — algo que ponía entre los dos para definir el territorio, para recordarse a sí misma y a él que existían límites. Ahora, la palabra se sentía como lo que era: un hecho biográfico, no biológico. Una historia compartida que no necesitaba etiqueta porque la etiqueta nunca iba a ser suficiente para contener lo que realmente eran.

Santiago dejó de masticar por un segundo. Un segundo completo — Valentina lo contó porque ya había desarrollado la habilidad de medir las pausas de Santiago con la precisión de un relojero. Después tragó, tomó un sorbo de café, y dijo:

—De nada.

Isabel los miró a los dos con los ojos entrecerrados y la taza de té suspendida a medio camino de la boca.

—Raros —murmuró.

---

Por la tarde, Isabel decidió que la despensa necesitaba surtirse.

—Santi, lleva a Vale al Superama de Polanco. Necesito leche deslactosada, limones, cilantro, y lo que se les antoje para la cena.

—Puedo ir solo.

—Puedes. Pero no vas a saber elegir los aguacates. Rosario dice que siempre compras los que están duros como piedra.

—Los aguacates duros maduran en dos días.

—La cena es hoy, genio.

Santiago miró a Valentina. Ella se encogió de hombros.

—Yo sí sé elegir aguacates —dijo.

Fueron en la Suburban. Santiago manejó por Reforma con la ventana medio abierta y la radio en una estación de jazz que Valentina no conocía pero que le gustó — algo con trompeta y piano que llenaba el coche sin exigir conversación. El tráfico dominical de CDMX era casi civilizado: pocos coches, muchos ciclistas en la ciclovía, familias con carriolas avanzando por las banquetas de Polanco con el paso lento de quienes no tienen prisa.

El Superama estaba medio vacío. Santiago agarró un carrito y Valentina lo dirigió por los pasillos con la autoridad de alguien que ha ido al supermercado con su madre desde los cinco años.

—Limones —dijo, parándose frente a la sección de frutas.

—¿Orgánicos o normales? —preguntó Santiago, señalando dos montones que se veían idénticos.

—Normales. Los orgánicos están caros y saben igual.

—No saben igual.

—¿Cuándo has probado un limón directo, Santiago? Tú los usas para el agua, no para comerlos.

—Los he probado.

—¿Cuándo?

—Cuando era chico.

—Eso no cuenta.

Discutieron durante tres minutos sobre la justificación económica de los limones orgánicos mientras una señora con carrito los rodeaba con expresión divertida. Santiago argumentó que la diferencia de precio era marginal si se consideraba el rendimiento por unidad. Valentina le dijo que sonaba como un reporte de Limontech. Él no lo negó.

Compraron los normales.

Siguieron por los pasillos. Valentina tiraba cosas al carrito — cilantro, jitomates, chiles serranos, crema, queso Oaxaca — y Santiago las acomodaba con la meticulosidad de alguien que optimiza el espacio como si el carrito fuera un problema de logística. Ella tiraba, él ordenaba. Ella sugería, él calculaba. Un sistema que funcionaba sin instrucciones, sin negociación, sin fricción.

Al pasar por el pasillo de los congelados, Valentina se detuvo. No por el helado ni por las pizzas congeladas sino por el reflejo en la puerta de cristal del refrigerador. Santiago estaba detrás de ella, empujando el carrito, un poco inclinado hacia adelante, y ella estaba frente a él con una bolsa de chiles en la mano. La imagen en el cristal los mostraba juntos — uno al lado del otro, con un carrito entre los dos, como cualquier pareja joven haciendo las compras de la semana en Polanco un domingo por la tarde.

"Parecemos pareja", pensó Valentina.

El pensamiento llegó sin aviso y sin filtro, como un dato que el cerebro procesa antes de que la conciencia tenga tiempo de censurarlo. Parecemos pareja. No hermanos. No amigos. Pareja. La chica de la chamarra de mezclilla y el tipo alto de negro empujando un carrito por un supermercado como si vivieran juntos, como si esto fuera su vida normal, como si el hecho de discutir sobre limones fuera parte de una rutina construida a lo largo de años de domesticidad compartida.

Valentina apartó la vista del reflejo. Metió los chiles al carrito y siguió caminando.

No dijo nada. Pero la imagen se quedó. Guardada en algún cajón del cerebro que no tenía llave.

---

Esa noche, acostada en su cuarto del segundo piso con la luz de la lámpara y el celular en la mano, Valentina le escribió a Lucía.

"Me acuerdo de todo."

La respuesta llegó en cuarenta segundos. Lucía era la clase de persona que tiene el celular en la mano a las once de la noche un domingo.

"¿¿¿DE TODO??? ¿La camioneta? ¿Lo de que corrió? ¿TODO?"

"Todo. Carmen vino y nos contó."

"Ay, Vale. ¿Estás bien?"

"Estoy bien. Rara. Pero bien."

"¿Y?"

"¿Y qué?"

"¿Y qué vas a hacer con eso?"

Valentina miró el techo. Las sombras de los árboles del jardín se movían sobre la pared con el viento nocturno, lentas, como algo que respira.

"No sé."

"¿Cómo que no sabes? Ese hombre te buscó catorce años, te becó sin decirte, tiene una carpeta con tus boletas de calificaciones, corrió detrás de una camioneta cuando tenía diez años, y tú no sabes qué hacer."

"No es tan simple, Lu."

"Es exactamente así de simple. Lo complicado es lo que tú le estás agregando."

Valentina no contestó. Se quedó mirando la pantalla hasta que las letras se volvieron manchas luminosas sin sentido.

Lo complicado no era lo que ella le estaba agregando. Lo complicado era la palabra "hermano" que seguía ahí, entre los dos, ocupando un espacio que cada vez le quedaba más chico. Como un zapato de la infancia que ya no le queda pero que no se atreve a tirar porque durante mucho tiempo fue lo único que la mantenía en pie.

Apagó la lámpara. Se acurrucó de lado. Cerró los ojos.

Al otro lado del pasillo del tercer piso, Santiago probablemente estaba despierto también, sentado en su escritorio, revisando algo de Limontech con la disciplina de siempre. O quizás — solo quizás — estaba acostado en la oscuridad mirando el mismo techo, pensando en la misma palabra, sintiéndola igual de pequeña.

No lo sabía. Quería saberlo. Le daba miedo saberlo.

Se durmió con el dije de limón entre los dedos, y soñó con un supermercado vacío donde un hombre de negro acomodaba limones en un carrito con las manos de alguien que sabe exactamente dónde va cada cosa.

1
Equipo Motorola
buenos días escritora, enamorada de tu historia, felicitaciones
Lineth: bonito
total 1 replies
Equipo Motorola
excelente historia felicitaciones escritora
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play