Un grupo de amigos y una policía encubierto arriesgan sus vidas, tratando de acabar con la corrupción que azota la ciudad.
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CAPÍTULO 16
Alonso dió un paso hacia atrás. Todo fue tan rápido que los hermanos no tuvieron tiempo de reaccionar. Cuando Diógenes sintió la primera puñalada ya era tarde. La sangre salió a borbotones, como expulsada por un tubo. Solo atinó a querer cubrir la herida intentando detener la sangre que se le escapaba junto con la vida.
Alfonso tardó unos segundos en reaccionar, cuando lo hizo, lanzó un grito desgarrador e intentó ayudar a su hermano, quien lo miraba con los ojos desorbitados, preso del pánico y el asombro.
—¡La puta que lo parió!... ¡Qué hizo! ¡Apuñaló a mi hermano!... ¡Hagan algo... ¡Se está desangrando!...
Nadie se movió, ni siquiera Darío desvió su mirada para ver qué estaba pasando. Permaneció allí, impávido, como si nada tuviera que ver con él.
Álvarez y Gutiérrez tampoco se movieron. Contuvieron la respiración solo algunos segundos, luego volvieron a la normalidad.
Alfonso había abrazado a su hermano, sollozando, pero nada pudo hacer por él. Diógenes exhaló su último hálito de vida, y allí quedó, como una piltrafa humana.
Alonso se acercó otra vez y limpió la sangre de la sevillana en el sillón.
Gutiérrez lo miró serio, el desgraciado estaba cagando con sangre todo su sillón nuevo, pero no se atrevió a recriminarle nada. Seguramente su jefe le compraría otro juego de sillones nuevos.
—Ahora tratá de calmarte, Alfonso... Tuve que hacerlo... espero que lo entiendas...
—¡Qué quiere que entienda, viejo desgraciado!.. Asesinó a mi hermano, ¡hijo de puta!
—¡Sí! ¡Y vos asesinaste a los chinos!
¡Tomaste la decisión de hacerlo para no dejar cabos sueltos y que pudieran incriminarte en nada! ¡Puedo llegar a respetar esa decisión! ¡Con tu hermano tuve que hacer lo mismo!
—¡Pero no es lo mismo! ¡Es mi hermano!...
—Quiero que entiendas algo. En este negocio no nos podemos casar con nadie, sinó estamos fritos. El que se manda una cagada irremediable, se muere. Tu hermano se mandó una cagada irremediable. La policía encontró la colilla del pucho que se fumó en la tienda de los chinos. A esta hora la deben estar analizando, y cuando descubran a quién pertenece el ADN allí encontrado no habría cueva donde pudiera esconderse. Solo sería cuestión de tiempo antes de que cayéramos todos, vos incluido...
—Pudimos haber pensado en otra cosa…¡No matarlo!
Alfonso se había levantado del sillón, tenía su cara tapada con las manos. De vez en cuando miraba a su hermano muerto, y sollozaba.
—Te aseguro que no había nada más que se pudiera hacer... ya lo había pensado mucho, y definitivamente no encontré otra solución...
—¿En... entonces usted ya traía la idea de matarlo desde que cruzó esa puerta?...
—¡Noo! Te juro que fue muy difícil la decisión... Dudé hasta el último segundo... —Alonso aprovechó que Alfonso no lo estaba mirando en ese momento, y le hizo una guiñada cobarde a Álvarez.
—¿Que voy a hacer sin mi hermano?
¡Ahora si que me quedé sólo en este mundo de mierda!
—Tranquilo, no estás sólo —Alonso se acercó al joven y pasó un brazo sobre su hombro, de manera paternal.
—Te apoyaremos... vas a salir adelante.
Álvarez trató de alentarlo también.
—¿Que vamos a hacer con el cuerpo de mi hermano? —Alfonso estaba totalmente desmoronado, se notaba que a duras penas podía articular palabras.
—Como entenderás, no podemos hacerlo visible ni sepultarlo en un cementerio. Tendríamos que dar explicaciones de las cuales saldremos mal parados, muy mal parados diría yo.
—Que sugiere que hagamos... Tengo que enterrar a mi hermano...
Alonso caminó hacia el centro de la habitación. Se detuvo a un par de metros de sus secuaces, luego se volvió y miró a Alfonso con su cara disfrazada de pena.
—Por lo pronto te sugiero que lo sepultes aquí, en el predio de Gutiérrez —giró su cabeza y miró al dueño del campo —¿Que decís? ¿Habrá algún rinconcito para darle cristiana sepultura al joven Diógenes?
El tono de Alonso era frío, perverso. Hablaba de sepultar a una persona con la misma indiferencia que si estuviera charlando sobre el pronóstico del tiempo.
—Sí — se apresuró a contestar Gutiérrez— Podemos llevarlo al monte, cerca del arroyo. Es una zona tranquila y alejada de todo.
—Pero no puedo enterrar a mi hermano en un monte!...
—Calma... solo será por un tiempo. Después pensaremos qué hacer. Por lo menos vas a saber dónde está y podrás llevarle flores... ¿De acuerdo?
—Si, creo que no hay otro remedio...
—Bien... Darío te acompañará a sepultarlo. Gutiérrez te conseguirá las herramientas para hacerlo, lo mejor será que lo hagas vos mismo, ¿te parece bien?...
—Si... bien... yo quiero sepultarlo, así puedo despedirme de él...
—Me parece justo. Gutiérrez, ¿tenés herramientas a mano para facilitarle a Alfonso?
—Si, Héctor. Tengo picos y palas en el galpón...
—Bien. ¡Darío, acompañá al muchacho! ¡Dale una mano en su tarea!
Darío, el gorila de Alonso refunfuñó algo inaudible. Dejó su puesto junto a la puerta de donde no se había movido ni un solo segundo, y se acercó a su jefe.
—¿Quiere que lo ayude a enterrar a su hermano?
—¡Exacto! ¿Te animás?
—Claro que sí, jefe...
—Bien, vayan entonces...
Gutiérrez salió en primer lugar, luego salió Alfonso, cuando el gorila también estaba a punto de salir, Alonso lo detuvo.
—¡Darío! Vení un momento...
Este volvió sobre sus pasos y se paró frente a su jefe.
—Diga...
—Cuando terminen de cavar la fosa pegale un tiro. Enterrarlos a los dos juntos...
Álvarez se sobresaltó al escuchar esto.
—Pensé que le ibas a dar otra oportunidad. Pero veo que me equivoqué...
—Si, Álvarez, te equivocaste. No podemos dejarlo vivo. Lo más probable es que quiera vengarse por lo de su hermano, y a esta altura no tengo tiempo para estar lidiando con un loco vengativo. Lo mandamos a descansar con su hermano y así nos evitamos futuros quilombos...
—Tenés razón, Héctor. Muerto el perro se acabó la rabia...
—¡Andá, Darío! No me falles por favor...
—Quédese tranquilo, patrón ¡je!... De todas maneras esos pendejos no me caían bien...
Darío salió, Alonso y Álvarez se quedaron solos e intercambiaron miradas cómplices, pero ninguno dijo nada.
En ese momento Gutiérrez entraba otra vez a la casa.
—Ya está, les conseguí las herramientas a los muchachos. Cuando vuelvan, ¿qué hago con Alfonso? Tendrá que permanecer aquí en mi casa por un tiempo, ¿no?
Alonso miró a Álvarez, luego volvió su vista hacia Gutiérrez.
—No te preocupes más por Alfonso... No va a volver, ya te solucioné ese tema...
—¿Como que no va a volver? No me digas qué...¡Oh noo!, ¡carajo, Alonso! ¡Lo mandaste a matar!...
—¡Dame otra solución ya, y mando detener la ejecución! ¿Qué querías que hiciera? ¿Querés arriesgarte a que el tipo un día se encabrone y te mate? Yo por mi lo dejo, total va a dormir y vivir en tu casa.
—Alonso tiene razón —intervino Álvarez —Dejarlo vivo sería firmar nuestra sentencia de muerte. Tenemos que hacer esto aunque nos pese... Es lamentable, pero ... la vida continúa, estimado Gutiérrez...
Gutiérrez no contestó, dando a entender que estaba de acuerdo con lo que sus compinches le decían.
—En cuanto al sillón que se cagó con sangre, no te preocupes, prendelo fuego nomás. Voy a hacer que te traigan unos nuevos — dijo Alonso, como si un sillón manchado con sangre fuera lo más importante en ese momento.
—Bueno, ¿nos vamos? —-preguntó Álvarez, mientras miraba su reloj.
—Nos vamos...—contestó Alonso —¿Por donde andarán Jairo y el Rony?
—¡Aquí estamos!... —los dos hombres entraban justo en ese momento.
—Perfecto, vamos saliendo...
Todos salieron fuera de la casa. Cuando ya estaban entrando a la camioneta Alonso llamó a Gutiérrez, el cual se había quedado parado en la puerta.
—Gutiérrez, disculpá la joda... Esta situación se nos ha ido a todos un poco de las manos.
—Es cierto, pero por suerte se pudo remediar a tiempo, ¿no?
—Si, por suerte... Te encargo un trabajito más, cuando vuelva Darío de su faena, llamame o pasame un mensaje poniéndome al tanto de todo, principalmente para avisarme que todo salió de acuerdo a lo planeado, ¿ok?
—Quedate tranquilo, Héctor, te aviso...
—Gracias... Haa, me olvidaba Dale mi saludo y mis respetos a tu mujer.
—Cuando vuelva mañana de la casa de su madre se los daré, no te preocupes...
—Bien, Gutiérrez. Esperemos que la próxima vez que nos veamos sea en un ámbito más tranquilo, hoy fue todo una mierda...
—Esperemos que si, Héctor, esperemos que sí...
—-Hasta luego, nos vemos —Alonso se despidió y los demás lo imitaron, saludando con sus manos levantadas.
Se alejaron rápidamente de la casa, mientras Gutiérrez permanecía parado en la puerta, hasta que se perdieron de vista...
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si hubiera ido con el pelo suelto lo hubiera llamado roquero drogadicto?
café con leche descremada
ojalá no mueran