Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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Lo que se supone que quiero
Alessia
Entro de puntillas a la sala y suspiro cuando no veo a nadie aparte de los guardias.
Vuelvo a tomar la foto sobre el piano.
—¡No toques eso!
Salto con el grito que escucho a mi espalda y la foto resbala de mi mano.
Una mujer de unos cincuenta años, cabello castaño con algunos mechones grises, vientre abultado y una palidez en su piel, camina rápidamente y golpea mis manos con un mantel.
—Mira lo que hiciste —sisea mientras me empuja bruscamente—. Es la foto de mi niña —se lamenta—. No te quedes ahí y ayuda a recoger el desastre que hiciste —ordena mientras saca la foto entre el desastre de vidrios rotos.
—Lo siento —me disculpo.
—Una disculpa de una Castelli no tiene valor en esta casa —masculla—. ¡Recoge el desastre que hiciste!
—Sí… lo siento —titubeo nerviosa y me arrodillo para recoger los pequeños trozos de vidrios.
Estoy tan nerviosa que me hago un corte en la rodilla y otro en la palma de mi mano.
—¿Pero eres idiota o qué? —me grita y vuelvo a dejar caer los trozos de vidrios al suelo—. ¡Vete de aquí!
—¡Viola!
Ambas nos giramos hacia la voz furiosa de Fabiano.
—Lo… Lo siento —digo mientras gateo sobre el vidrio en el suelo.
—¡Estás manchando las fotos de Cloe! —me regaña la mujer antes de empujarme con sus manos.
—¡Viola basta! —sisea Fabiano antes de acercarse furioso.
Su belleza violenta me deja sin habla y sin movimiento.
—Vete de aquí —sisea. Trato de ponerme de pie—. No tú —dice mirándome—. Tú —espeta mirando a la mujer que enrojece de ira.
—Rompió las fotos de mi niña.
Fabiano me ayuda a levantarme y su rostro se endurece cuando ve el reguero de sangre.
—Fue un accidente, Viola —dice—. Vete.
—Pero…
—Vete —masculla con voz mortalmente fría.
La mujer lanza una mirada envenenada en mi dirección antes de desaparecer.
—No quise…
—¿Estás bien? —pregunta mientras revisa el corte en mi mano.
—Mejor de lo que merezco —digo mirando el desastre a mis pies—. Rompí tus fotos.
Sus ojos negros se clavan en los míos.
—Son fotos, Less. Solo fotos —dice sin dejar de mirar los cortes en mi mano y rodilla—. Tenemos las copias digitales y si no las tuviéramos… esos recuerdos están en mi mente —murmura recogiendo la foto y mirándola con anhelo.
—¿Qué edad tenías cuando conociste a tu novia?
—¿Novia?
—La chica en la foto. Cloe, ¿verdad?
Fabiano sonríe mirando la foto.
—Cloe es mi hermana —dice y mi boca se abre en un jadeo insonoro—. Mi gemela.
Le quito la foto de la mano y sonrío.
—Sabía que se parecían… pero pensé… Ya sabes, hay parejas que se parecen —callo cuando recuerdo que esa mujer está en las manos de mi hermano—. ¿Por qué se la llevó Lucio?
—Porque no sabe perder —responde incorporándose.
En un movimiento estoy en sus brazos.
—¡Ey!
—Tenemos que curar esos cortes.
—Estoy bien —digo mientras me muevo para que me suelte. —Odio ser tan fácil de trasladar.
Sonríe. —Eres muy pequeña.
—No lo soy.
—Sí lo eres.
—Mido un metro cincuenta y cinco —digo con orgullo.
—Vaya —devuelve—. ¿Y dónde está tu diploma de duende?
Golpeo su brazo antes de que me siente sobre el enorme mueble del baño.
Abre un cajón y saca un botiquín.
—¿Qué vas a hacer?
—¿No pretenderás que te deje desangrarte?
—No es para tanto.
—Lo es. Quédate quieta —ordena y toma mi mano.
Lo veo mientras saca pedacitos de vidrio con una pequeña pinza.
Respiro profundamente cuando mi mano quema.
—El último —dice satisfecho cuando quita el último pedazo—. Ahora la rodilla.
Jadeo cuando pasa sus dedos al lado del corte.
Quema como un demonio.
—Me duele.
—La próxima vez no gatees sobre vidrio.
—Me asusté.
—Viola tiene ese poder. Cloe y yo pasamos gran parte de nuestra niñez escondiéndonos de ella.
Muerdo mi mano sana cuando quiero gritar por el dolor punzante en mi rodilla.
—Ya casi —susurra mientras saca cada pequeño trozo de vidrio con paciencia y con cuidado, y estoy odiando todo el proceso.
—¿Dónde está Mattheo? —pregunto para distraerme.
Una sonrisa divertida aparece en su rostro.
—¿Por qué quieres saber?
Me encojo de hombros mientras lucho contra un sonrojo.
—Llámalo curiosidad.
—Te gusta.
Muerdo mi labio. —Un poco sí —respondo—. Pero ¿acaso existe una mujer capaz de resistirse a esos encantos… a esa sonrisa… a esos ojos?
—No olvides su olor.
—Cómo olvidarlo.
Fabiano ríe.
—Mattheo sin duda sabe cómo causar una buena primera impresión.
—¿Todas se avergüenzan en frente de él como acabo de hacerlo?
—Todas menos Cloe —responde con una sonrisa tirando de sus labios—. La única mujer que ha podido resistirse a sus encantos es ella… y gracias a Dios. No me gustaría ver a mi hermanita babeando detrás de Mattheo.
—No babeamos —digo mientras paso mis dedos al lado de mis labios, solo chequeando—. No lo hacemos.
—Como digas, pequeña Castelli.
—¿Tu hermana es ciega?
—No.
—Lo parece.
—Conoce a Mattheo desde que éramos unos niños… imagino que no puede dejar de verlo como el niño que se burlaba cada vez que fallaba un tiro.
Mis cejas se levantan en sorpresa.
—¿Tu hermana sabe disparar?
—Sí. Y sabe pelear. ¿Tú no?
Niego con mi cabeza.
—Papá no me hubiese dado permiso para entrenar. No le gustaba que nadie aparte de ellos me rondara.
—Suena opresivo.
—Extremadamente protector —digo y suspiro—, pero me amaba.
—Conocí a tu padre. Vino al funeral de mis padres. Fue un gran hombre. Tenía valores. No como…
—No como Lucio —termino por él—. Siento lo que le hizo a tu hermana. ¿Sabes por qué la quiere tener a su lado?
Su rostro pierde cualquier rastro de ternura y diversión.
—¡No! —digo cuando entiendo—. Lucio no sería capaz…—me callo cuando me doy cuenta de que estaba a punto de decir una mentira—. Ya no conozco a mi hermano. Cambió desde que papá murió.
—Listo —declara antes de incorporarse y lavarse las manos.
Miro mi mano y rodilla, y me sorprendo cuando veo apósitos cubriendo los cortes.
Imagino que no hay mejor anestésico que la distracción.
Guarda el botiquín en el cajón y permanece unos segundos de espaldas a mí.
—Gracias —murmuro mientras bajo del mueble.
Asiente sin girarse.
Camino hasta la puerta, pero me detengo con la mano sobre la manilla.
—Fabiano. —Esta vez sí se vuelve. Respiro hondo—. Espero que Cloe vuelva a tu lado. —No responde, solo me mira—. De verdad lo espero.
Sus ojos se suavizan apenas un instante.
—Yo también.
Asiento.
Y entonces comprendo algo que hasta ahora había evitado pensar.
Si Cloe vuelve... Yo tendré que irme.
El pensamiento me golpea con tanta fuerza que por un segundo olvido respirar.
Eso es lo que se supone que quiero.
Volver.
Entonces... ¿Por qué siento que estoy perdiendo algo?