Hace veinte años, ella le salvó la vida. Hoy, él por fin la encontró... pero ella no recuerda quién es. Mientras el pasado vuelve para destruirlos, Adrián deberá luchar contra quienes hicieron todo para separarlos. Porque esta vez, pase lo que pase... no piensa perderla otra vez.
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Capítulo 24: El hermano oculto
La voz volvió a escucharse desde las profundidades.
—Por fin vinieron a buscarme.
Emma permaneció inmóvil.
Había imaginado cientos de veces cómo sería conocer a un hermano que jamás supo que existía.
Pero nunca imaginó que ocurriría de aquella manera.
Debajo de la mansión.
Dentro de una cámara secreta.
En medio de una conspiración que llevaba veinte años destruyendo a su familia.
Alexander apretó su mano.
—No bajes todavía.
Emma lo miró.
—Es mi hermano.
—Precisamente por eso.
—Papá, llevo toda mi vida perdiendo personas que amo.
No voy a quedarme arriba mientras él está ahí abajo.
Alexander la observó durante unos segundos.
Finalmente asintió.
—Entonces iremos juntos.
Gabriel se colocó a su lado.
—Yo voy primero.
Adrián levantó el arma.
—No.
Esta vez voy yo.
Gabriel lo miró.
—Seguís sin confiar en mí.
—Después de todo lo que pasó, sería extraño que confiara.
Gabriel sonrió ligeramente.
—Bien.
Entonces caminaremos juntos.
La escalera parecía no tener final.
Las paredes estaban cubiertas de antiguas inscripciones.
Emma iluminó una de ellas con la linterna.
Había tres símbolos.
Una estrella.
Un lobo.
Y una corona.
Daniel se acercó.
—¿Qué significan?
Alexander respondió:
—Las tres partes del legado.
—¿Cuál representa a Nicolás?
Alexander señaló la corona.
—El poder.
Emma frunció el ceño.
—¿Y yo?
—La estrella.
—¿Daniel?
—El lobo.
Adrián preguntó:
—¿Y yo?
Alexander lo miró.
—Vos no sos una de las tres partes.
Sos quien debe mantenerlas unidas.
Adrián permaneció en silencio.
Por primera vez comprendía realmente lo que significaba ser el protector.
No había sido elegido para heredar.
Había sido elegido para impedir que los tres herederos fueran utilizados.
Llegaron a una enorme puerta metálica.
En el centro había tres espacios.
Emma colocó la mano en el primero.
Daniel en el segundo.
La puerta permaneció cerrada.
Adrián observó el tercero.
—¿Necesita a Nicolás?
Alexander asintió.
—Sí.
Entonces la voz volvió a escucharse.
—No necesitan a Nicolás para abrirla.
Todos quedaron inmóviles.
Emma se acercó a la puerta.
—¿Quién sos?
—Tu hermano.
Emma sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—Quiero verte.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque primero quiero saber si puedo confiar en ustedes.
Alexander dio un paso adelante.
—Nicolás...
El silencio fue inmediato.
Después la voz respondió:
—Papá.
Alexander cerró los ojos.
Habían pasado veinte años.
Y finalmente escuchaba nuevamente la voz de su hijo.
—Pensé que estabas muerto —dijo Alexander.
—Yo también pensé que ustedes estaban muertos.
—Intenté encontrarte.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque alguien me estuvo observando durante años.
Emma miró a Gabriel.
—¿Quién?
La respuesta llegó desde el otro lado.
—Elena.
Todos se miraron.
—Ella sabía dónde estaba —continuó Nicolás—.
Pero nunca vino por mí.
Porque necesitaba que yo creyera que estaba solo.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque quería que aprendiera a controlar el sistema.
Daniel frunció el ceño.
—¿El sistema del legado?
—Sí.
Nicolás continuó:
—Cuando tenía ocho años me llevaron a un lugar donde había una computadora conectada al archivo de Helios.
Me enseñaron los códigos.
Las rutas.
Los nombres.
Todo.
Emma sintió tristeza.
—Eras un niño.
—Lo sé.
Pero aprendí.
Y cuando crecí...
dejé de obedecer.
La puerta comenzó a emitir un sonido.
Una luz verde apareció.
—Puedo abrirla —dijo Nicolás.
—Entonces hacelo —respondió Adrián.
—Todavía no.
—¿Qué falta?
—Quiero que Emma responda una pregunta.
Emma se acercó.
—Preguntame.
—Si abrís esta puerta...
Vas a descubrir cosas sobre nuestra familia que quizá jamás puedas olvidar.
¿Seguís queriendo conocerme?
Emma no dudó.
—Sí.
—¿Aunque descubras que fui parte de Helios?
Emma respiró profundamente.
—Sí.
—¿Aunque descubras que hice cosas que no querías que hiciera?
Emma respondió:
—Sí.
Nicolás guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Por qué?
Emma sonrió entre lágrimas.
—Porque sos mi hermano.
No necesito que seas perfecto.
Necesito saber quién sos.
La puerta comenzó a abrirse.
La habitación era enorme.
En el centro había un joven sentado frente a una consola.
Tenía el cabello oscuro y los ojos verdes.
Emma se quedó sin respiración.
No necesitaba ninguna prueba.
Era su hermano.
Nicolás se levantó lentamente.
Durante unos segundos se observaron.
Ninguno sabía qué decir.
Finalmente, Emma dio un paso.
—Hola.
Nicolás sonrió.
—Hola.
Emma comenzó a llorar.
Nicolás también.
Se acercaron lentamente.
Cuando finalmente se abrazaron, Emma sintió algo extraño.
No era como conocer a un desconocido.
Era como encontrar una parte de sí misma que había estado perdida durante toda su vida.
—Te busqué sin saber que existías —susurró Emma.
Nicolás cerró los ojos.
—Yo te esperé sin saber si algún día vendrías.
Alexander se acercó.
Nicolás lo miró.
—Papá.
Alexander lo abrazó con fuerza.
Durante unos segundos no hubo conspiraciones.
Ni Helios.
Ni enemigos.
Solo un padre recuperando a su hijo.
Victoria observaba la escena llorando.
Daniel se acercó a Nicolás.
—Entonces vos sos el famoso tercer heredero.
Nicolás sonrió.
—Y vos sos Daniel.
—Sí.
—Te recuerdo.
Daniel abrió los ojos.
—¿De verdad?
—Éramos muy pequeños.
Pero recuerdo tu voz.
Adrián se acercó.
Nicolás lo miró.
—Y vos sos Adrián.
—Sí.
—El protector.
Adrián sonrió.
—Eso parece.
Nicolás extendió la mano.
—Entonces supongo que vamos a necesitarte.
Adrián estrechó su mano.
—Siempre.
Pero el momento de felicidad duró poco.
Una alarma comenzó a sonar.
Nicolás corrió hacia la consola.
—Tenemos un problema.
Alexander se acercó.
—¿Qué pasa?
—Alguien entró al sistema.
Emma frunció el ceño.
—¿Elena?
Nicolás negó.
—No.
—¿Entonces quién?
Nicolás mostró la pantalla.
Había una conexión activa.
Una dirección desconocida.
—No sé quién es.
Pero tiene acceso de administrador.
Gabriel palideció.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque solo tres personas tienen ese nivel de acceso.
Nicolás lo miró.
—Yo soy una.
Alexander es otra.
Y la tercera...
Gabriel quedó en silencio.
Emma preguntó:
—¿Quién?
Nicolás levantó lentamente la mirada.
—Victoria.
Todos giraron hacia ella.
Victoria quedó paralizada.
—No...
Alexander la observó.
—Victoria, ¿qué hiciste?
Ella negó desesperadamente.
—Yo no hice nada.
La consola comenzó a mostrar nuevas líneas.
ACCESO AUTORIZADO.
USUARIO: VICTORIA VOLKOV.
Emma retrocedió.
—Mamá...
Victoria comenzó a llorar.
—No soy yo.
—Entonces ¿quién está usando tu identidad?
Nicolás revisó rápidamente el sistema.
Su rostro cambió.
—Ya sé.
—¿Quién? —preguntó Adrián.
Nicolás señaló la pantalla.
—Alguien que tiene exactamente la misma autorización genética que Victoria.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Quién podría tenerla?
Nicolás respondió:
—Una hija.
Victoria quedó completamente inmóvil.
—Eso es imposible.
—No.
Nicolás negó lentamente.
El sistema acaba de identificarla.
USUARIA: ISABELLA VOLKOV.
Emma miró a su madre.
—¿Quién es Isabella?
Victoria no respondió.
Alexander bajó la cabeza.
Y entonces Elena apareció en una pantalla.
Su rostro estaba cubierto por una sonrisa.
—Finalmente.
Ahora sí están todos reunidos.
Emma se acercó a la pantalla.
—¿Quién es Isabella?
Elena respondió:
—Tu hermana.
El mundo de Emma volvió a detenerse.
Pero esta vez...
Victoria no negó nada.
Continuará...