A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 27
Dejé a Sócrates y a Renzo conversando y salí de ahí; no quería charla, saber que aquella maldita boda estaba fijada me arruinó el día. Pero preferí ignorarlo, ni siquiera quise saber la fecha, después pienso en esa mierda. Ahora quiero ir a casa y ver cómo van los preparativos de otra boda.
Desde que pasó todo, casi no paro en casa, y ni tuve tiempo de hablar con mi cuñada y saber cómo se siente respecto a esta boda. Puedo decir que la estoy adorando, y de verdad espero que mi hermano sea feliz. Aunque esta boda sea medio forzada, sé que Sócrates no la eligió por casualidad, ni tampoco por mi empujoncito.
—Por fin apareces en casa, Beatriz Grizantemo.
—Hola para ti también, papá. —Sus ojos desbordaban rabia.
—No voy a perder mi tiempo peleando contigo; supe que la boda está fijada, así que, independientemente de que tu hermano te trate como si no fueras una mujer de esta familia, me alegra que vayas a cumplir con tu papel.
Ignoré a mi padre, porque si me quedaba un segundo más ahí íbamos a pelear, y entonces la cosa se complicaría, ya que cualquier cosa que yo haga mi padre se la echa en cara a Sócrates, por la forma en que me trata.
Subí las escaleras dejando a mi padre hablando solo y fui directo al cuarto de Sócrates, donde me enteré de que mi cuñada se estaba quedando. Toqué la puerta y, poco después, se abrió.
—Hola, cuñada. Vine a hablar contigo y a saber cómo van las cosas para la boda. ¿Ya elegiste tu vestido de novia? —dije entrando y sentándome en la cama—. A propósito, soy Beatriz, la hermana de Sócrates, aunque supongo que eso ya lo sabes, ¿no?
—Sócrates no mintió cuando dijo que eras un huracán. —dijo cerrando la puerta y acercándose a mí, haciéndome soltar una carcajada con su comentario.
—Mi hermano exagera un poco. Yo solo soy espontánea. Pero cuéntame, ¿cómo van los preparativos de la boda más esperada del siglo?
—Por lo que le oí decir a tu padre, la boda más esperada no es precisamente esta que dices.
—Ay, amiga, sin ánimos para lidiar con eso; enfoquémonos en lo que importa, que es tu boda. En la mía pensamos después; capaz hasta aprovechamos que tenemos que comprar vestidos y compramos ya de una dos negros, para representar el luto. —Soltó una risa incómoda—. Pero anda, dime, ¿cómo va todo con tu boda con mi hermanito?
—Giordana y doña Isabel dijeron que me traerían algunas revistas para inspirarme. —Se encogió de hombros.
—¿En serio, revistas? De verdad, dos ancianas, y después se quejan cuando les digo que se están poniendo viejas. —dije riendo, sabiendo que nunca lo dije con falta de respeto, sino como broma; ellas son las viejitas de mi corazón.
—Voy a buscar mi notebook, espérame aquí. —dije saliendo, y enseguida volví con él bajo el brazo.
—¿No tienes celular? —pregunté apenas entré de nuevo al cuarto.
—No tengo. Tu hermano dijo algo al respecto, pero creo que se le olvidó, aunque está bien.
—Ah, pero no está bien para nada; o él te compra un celular o mañana mismo salimos y te compramos uno.
—Bueno, pero volviendo al tema, ¿cómo te imaginas tu boda?
—Nunca pensé mucho en eso, creía que no me casaría. —Traté de ignorar el comentario—. Pero una vez vi una película con mi madre y en ella salía una boda llena de rosas rojas y me pareció muy bonita. —Hasta suspiró imaginando la boda de aquella película.
—Rosas rojas, anotado. ¿Y qué más?
—La novia usaba un vestido muy bonito con un escote discreto y abierto en la espalda. Solo que no sé si me quedaría bien a mí.
—¿Y por qué no te quedaría bien? Ya quisiera yo tener todo eso de busto, mujer; imagínate un escote en semejantes pechos, estás loca, mi hermano va a quedar embobado. —Vi cómo abría mucho los ojos con mi comentario y recién ahí caí en la tontería que dije—. Perdón, no quise ser invasiva.
—Está bien. —Estaba incómoda, pero de a poquito la veía soltarse un poco más.
—Podemos salir a ver tu vestido; también podemos contratar a una organizadora para ayudarnos a que todo sea perfecto. —Ella esbozó una sonrisa triste.
—¿Qué pasa? ¿No te gustó la idea?
—No es eso, es solo que… no quiero parecer ingrata, pero es que ustedes están haciendo tanto y gastando tanto en mí, y yo no tengo cómo pagar por todo esto.
—Ay, linda, no te preocupes por eso, usamos la tarjeta black de mi hermano y que él se las arregle para pagar después. —Abrió mucho los ojos y yo solté una carcajada—. Tranquila, de verdad, el dinero nunca fue un problema para nosotros. Quizá lo fue mucho en el pasado, pero desde que tengo memoria vivimos muy bien y no tenemos que preocuparnos por eso. Ahora eres una Grizantemo, y debes comportarte como tal.
—Está bien, entonces.