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Madrastra por contrato, esposa de verdad

Madrastra por contrato, esposa de verdad

Status: Terminada
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Padre soltero / Completas
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.

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Capítulo 20

Capítulo 20 — ¡Es mi esposa!

El ascensor subió en silencio. Damián no me soltó la mano en ningún momento. Yo miraba nuestros reflejos multiplicados en los espejos y no reconocía a la mujer de la mejilla arañada.

—Damián, de verdad, no vale la pena —murmuré—. Es una... es una modelo cualquiera. Hago la entrega otro día y ya.

Él no contestó. Su mandíbula era una línea de piedra.

Las puertas se abrieron en el piso de la suite. Caminó, y yo con él, arrastrada por esos dedos que no me soltaban.

Cuando entramos, el enjambre seguía ahí. Yaqui se retocaba el labial frente al espejo, riéndose de algo con la peluquera. El fotógrafo levantó la vista, y el hombre de producción, el mismo que había frenado la escena antes, se puso blanco y dio un paso atrás.

—Se... señor Valcárcel —tartamudeó, y se encogió como si quisiera desaparecer dentro de su propia camisa.

*Ahí supe que ese era el que me había empujado contra el biombo. Reconoció a Damián y se le fue el color de la cara de golpe.*

Yaqui se dio vuelta con la sonrisa de recibir a un patrocinador. Vio a Damián, y la sonrisa se le agrandó. Vio que yo iba de su mano, y la sonrisa se le congeló.

—¿Es esta? —me preguntó Damián, sin mirarla a ella, mirándome solo a mí—. ¿Fue esta mujer?

Miré a Yaqui. Las garras rojas. Las mismas con las que me había abierto la cara.

—Fue ella —dije.

Damián soltó mi mano. Caminó hasta la mesa donde había una bandeja con copas servidas para la sesión. Tomó una copa de vino tinto, llena hasta el borde.

Yaqui empezó a entender.

—Señor Valcárcel, hubo un malentendido con la empleada, ella me faltó el res...

No la dejó terminar.

Sin alzar la voz, sin un solo gesto de furia, con la calma con que un hombre riega una planta, le volcó la copa entera encima. El vino le cayó sobre la coronilla y bajó, rojo y espeso, por el pelo, por la frente, por las pestañas postizas que se le despegaron y quedaron colgando, por el vestido de diseñador que se manchó como una herida abierta.

Un grito ahogado recorrió la suite. Alguien dejó caer un pincel de maquillaje. Yaqui se quedó con la boca abierta, chorreando, sin creerlo.

—Tu contrato con el Grupo Boreal —dijo Damián, dejando la copa vacía en la bandeja con un tintineo suave— queda cancelado a partir de este segundo. La campaña se hace con otra. —Se limpió una gota de vino del puño con un pañuelo—. Tienes veinticuatro horas para desaparecer de San Martín. Yo que tú no las desperdiciaría discutiendo.

—Pero... pero mi agencia... el contrato está firmado... —balbuceó ella, con el rímel bajándole por la cara.

—El contrato lo firmé yo. Y lo rompo yo.

Después se volvió. Despacio. Barrió con la mirada a todo el enjambre: los maquilladores, los asistentes, el fotógrafo, el hombre encogido en la camisa. Y habló para todos, para que a nadie le quedara duda.

—Para que quede bien claro, y que salga de esta habitación y se sepa en toda la ciudad —dijo, y puso la mano en mi hombro—. Esta mujer es la esposa de Damián Valcárcel. El que le ponga un dedo encima, el que le levante la voz, el que la mire mal siquiera, se las verá conmigo. Y yo no perdono dos veces.

Silencio. Un silencio de tumba, con el goteo del vino cayendo de la barbilla de Yaqui al piso de mármol.

*Esta mujer es la esposa de Damián Valcárcel. Lo dijo con la mano en mi hombro, delante de doce desconocidos, sin una pizca de vergüenza. Y a mí, que había entrado a esa suite con la cabeza gacha, algo se me enderezó en la espalda.*

Damián me tomó de nuevo la mano.

—Vámonos. —Y a Yaqui, sin girarse—. Veintitrés horas y cincuenta minutos.

Salimos. Yo iba flotando, aturdida, con la mejilla ardiendo y el pecho lleno de un calor que no sabía dónde meter.

En lugar de subir directo al auto, Damián frenó en una farmacia de la esquina. Volvió con una bolsita: antiséptico, algodón, unos bastoncillos, gasas.

Me abrió la puerta de atrás del auto.

—Sube.

Se sentó a mi lado en el asiento trasero, dejó la bolsita en el medio y empezó a abrir el frasco de antiséptico con esas manos grandes que yo solo había visto firmar papeles y dar órdenes.

—Damián, puedo hacerlo yo. —Estiré la mano hacia el algodón—. Dame, me lo curo sola en casa.

—Quieta.

—En serio, no hace falta que tú...

—Si no te portas bien —dijo, sin levantar la vista del bastoncillo que estaba empapando—, cancelo la inversión de tu agencia. La campaña de la filial. Con una llamada.

Me quedé de piedra.

*¿Ese hombre me acababa de amenazar con arruinarme el trabajo... para que lo dejara curarme la cara? ¿Qué clase de lógica retorcida era esa?*

Pero cerré la boca. Y me quedé quieta.

Me tomó la barbilla con dos dedos, con un cuidado que no le pegaba al tamaño de las manos, y me giró la cara hacia la luz de la ventanilla. Empezó a pasar el algodón por los arañazos, despacio, siguiendo cada surco. Ardía. Yo aguantaba sin quejarme, mirando cualquier cosa menos a él, porque tenerlo tan cerca, con su aliento en mi mejilla y sus dedos sosteniéndome la cara, era más difícil de soportar que el escozor.

Él limpiaba en silencio. Cambiaba el algodón sucio por uno limpio. Volvía a empezar. Le temblaba apenas el pulso, y eso me desconcertó más que todo lo demás.

—¿Por qué no me llamaste? —dijo de pronto, sin dejar de curarme—. Tienes mi número. Estoy a diez minutos de ese hotel. ¿Por qué no me llamaste?

No supe qué contestar.

—¿Por qué no le dijiste a esa mujer quién eres? —siguió—. Una palabra. "Soy la esposa de Damián Valcárcel." Una palabra y no se te habría acercado. —Apretó la mandíbula—. ¿Llamarme te cuesta tanto? ¿Requiere pensarlo tanto?

*Porque no quería deberte nada más. Porque cada favor tuyo es una cadena. Porque aprendí que quien te salva después te lo cobra.*

Pero eso no se lo dije. Bajé los ojos y me quedé callada.

Damián terminó de limpiar, aplicó una gasa pequeña sobre la marca más honda y me soltó la barbilla. Se recostó en el asiento, cansado de golpe, y me miró de reojo.

—Cada vez que te miro —murmuró, casi para sí—, pareces una sobreviviente de guerra.

Yo no podía saber lo que pasaba dentro de él en ese momento. Lo entendí mucho después. Pero esa tarde, en el asiento trasero de ese auto, Damián Valcárcel sintió algo que no supo explicarse: al ver los tres surcos rojos en mi cara, algo se le había apretado dentro del pecho, un puño frío, y le había nacido la necesidad, feroz e inmediata, de defenderme. No como se defiende un apellido. Como se defiende algo propio.

Y como no supo qué hacer con eso, hizo lo que hacen los hombres como él: lo guardó en una caja con una etiqueta falsa. *Solidaridad entre camaradas*, se dijo. *Compañeros de contrato. Vive bajo mi techo, cuida a mi hijo, lleva mi apellido. Es cuestión de decencia, nada más. Nada más.*

El auto arrancó. Él manejaba ahora, y yo iba adelante, con la gasa en la mejilla, mirando por la ventanilla cómo desfilaban las luces de San Martín.

*Me defendió delante de todos. Me curó la cara con sus propias manos. Me llamó "mi esposa" sin que le temblara la voz.*

Suspiré contra el vidrio, y el vidrio se empañó un poco.

*Pero también dijo que era por el honor de la familia Valcárcel. Que era cuestión de decencia. Siempre hay una etiqueta. Siempre hay una excusa. Nunca soy yo. Nunca es por mí.*

Cerré los ojos.

Lo que no vi fue que, en ese instante, Damián me miró de reojo. Vio mi perfil recortado contra las luces, la manera en que la comisura de mi boca se curvaba hacia abajo, resignada, con una tristeza vieja.

Y algo en esa curva le detuvo el aire.

Por un segundo, uno solo, le pareció ver otra cara. Otra sonrisa. La de una muchacha de hacía muchos años, en un lugar que él creía haber olvidado, una chica que le había sonreído así, con esa misma tristeza dulce, y a la que nunca había podido encontrar.

Los dedos se le cerraron sobre el volante hasta ponerse blancos.

*No —se dijo, y sacudió la cabeza como para espantar un fantasma—. No es ella. No puede ser ella.*

El auto siguió subiendo hacia la montaña, hacia la Villa, con los dos en silencio y un secreto entre los dos que ninguno sabía todavía que compartía.

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