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La maestra que será nuestra madrastra

La maestra que será nuestra madrastra

Status: Terminada
Genre:CEO / Padre soltero / Reencuentro / Donde hubo fuego cenizas quedan / Completas
Popularitas:580
Nilai: 5
nombre de autor: Eli Priwanti

Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.

Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.

Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…

¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?

NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

A la mañana siguiente, el sol recibió a la capital con una calidez amable. Aurora estaba de pie frente al espejo, arreglándose el cabello con esmero. Aunque tenía el rostro todavía un poco pálido, decidió ir a dar clases ese día porque sentía que estaba mucho mejor tras descansar toda la noche.

Dalia, que preparaba el desayuno en la mesa de su casa alquilada, se puso las manos en la cintura apenas vio a su amiga ya lista con su uniforme de maestra.

—¡Auro, qué cabezota eres! Apenas te mejoraste un poquito y ya te empeñas en volver a dar clases —la regañó Dalia, con una preocupación evidente en la cara—. Acuérdate: no te canses demasiado ni vuelvas a exigirte de más. Si en el colegio te sientes mareada, pide permiso enseguida y vete a la enfermería, ¿entendido?

Aurora rió por lo bajo al ver la atención de su nueva amiga.

—Sí, Dalia querida… No me voy a exigir de más, tranquila. Además, ya falté dos días; siento que tengo una gran responsabilidad.

*

*

En la avenida bastante congestionada, la noticia de que Aurora había vuelto a clases ese día llegó de inmediato a oídos de Alejandro a través de su informante. Lejos de tranquilizarlo, la inquietud lo carcomía cada vez más. Sabía muy bien cómo era Aurora: siempre anteponía sus deberes de maestra a su propia salud.

Esa mañana, mientras llevaba a Mateo y a Martina al colegio en su auto, Alejandro giró de pronto el volante hacia una pastelería de lujo de la ciudad, célebre por su variedad de postres saludables, orgánicos y bajos en azúcar. Tras elegir un rato, decidió comprar un bizcocho de jengibre tibio y un postre de pera al vapor, una combinación excelente para reponer fuerzas y aliviar la garganta después de una gripe.

En cuanto volvió al auto con una bolsa de papel con el logo de la tienda, se la pasó al asiento trasero.

—Niños, cuando lleguen al colegio, por favor denle este postre a la profesora Aurora. Es que ayer estuvo enferma —dijo Alejandro con un tono que hizo lo posible por sonar de lo más neutro, aunque no dejaba de mirar por el retrovisor central para observar la reacción de sus hijos.

Mateo y Martina se sobresaltaron al oírlo. Se miraron con los ojos muy abiertos.

—¿Eh? ¿La profesora Aurora está enferma, papá? ¿Cómo así? —preguntó Martina, con la voz de pronto teñida de pánico—. ¿Acaso… acaso es porque se agotó, papá, por tener que darnos clases particulares en casa el sábado pasado?

Alejandro soltó un suspiro breve, fingiendo un asentimiento culpable.

—Parece que sí, cariño. Yo también me siento culpable ahora. Por eso, ese postre es para ayudarla a recuperarse.

Al oírlo, la culpa cubrió de golpe el corazón de los gemelos. Le pidieron a su padre que acelerara porque querían asegurarse cuanto antes del estado de su maestra querida.

Al llegar al estacionamiento frente a las rejas del colegio, Alejandro no dejó bajar de inmediato a sus hijos. Se dio el gusto de salir del auto un momento y recorrer los alrededores con la mirada, buscando a la persona que llevaba un buen rato inquietándole el pensamiento.

Poco después, una motoneta que conocía muy bien entró despacio en el estacionamiento del colegio. En cuanto la conductora se quitó el casco, apareció el rostro de Aurora. Alejandro soltó al instante un suspiro de alivio.

Apoyado contra la puerta de su auto, siguió contemplando a Aurora con una mirada honda, serena y cargada de una nostalgia inmensa. Mateo, que en ese momento acababa de salir del auto, sorprendió sin querer la dirección de la mirada de su padre. Reparó en cómo los ojos de su papá brillaban de una manera nada habitual al contemplar a su tutora.

*Parece que… hay algo raro con papá*, pensó Mateo, receloso, empezando a intuir que su padre escondía algo.

Pero la preocupación por la profesora Aurora venció a su curiosidad.

—¡Vamos, Martina! ¡Vamos a ver a la profesora Aurora! —la apuró Mateo.

Mateo y Martina echaron a correr hacia Aurora, que acababa de estacionar su moto, con la bolsa del postre que les había dado su padre. Antes de que llegaran, Aurora alcanzó a mirar de reojo hacia Alejandro, que seguía de pie a lo lejos. Sin que él lo esperara, le dedicó una sonrisa leve, pero muy dulce.

Al recibir de Aurora un gesto tan tierno de buena mañana, el corazón de Alejandro se estremeció con fuerza. Sin poder evitarlo, contuvo una sonrisa de felicidad. Como no quería que la sospecha de Mateo se hiciera más honda, Alejandro volvió a subirse al auto a toda prisa y arrancó rumbo a su empresa con el ánimo por las nubes.

En el corredor del colegio, Aurora recibió a los gemelos, que llegaban un poco sin aliento por la carrera.

—¡Profesora! Perdónenos, por tener que darnos clases particulares ayer usted se enfermó así —dijo Martina con el ceño fruncido, aguantando una culpa enorme.

Aurora sonrió con calidez. Se acercó y le acarició con suavidad la cabeza a Martina, cubierta por la gorra del colegio.

—Aquí no hay a quién culpar, Martina. Ya venía yo un poco floja los días anteriores, y fui yo la cabezota que se empeñó en seguir dando clases.

—Pero, de todos modos, profesora, nos sentimos mal… —añadió Mateo, que solía cuidar mucho su imagen y ahora también ponía cara de culpa. Enseguida le tendió la bolsa que llevaba en la mano—. Ah, sí, profesora Aurora. Aquí hay un postre de parte de mi papá. Dice que es muy bueno para usted, que acaba de pasar una gripe fuerte.

Aurora recibió la bolsa con las dos cajas de postre saludable. El tacto tibio del jengibre y el aroma de la pera al vapor parecían escaparse de su interior y le trajeron de vuelta el recuerdo de la confesión sincera de Alejandro en su casa el día anterior. Se le entibió el corazón.

Aurora miró a Mateo y a Martina alternativamente, con los ojos radiantes.

—Vaya, muchas gracias. Cuando su papá los llame o cuando lleguen a casa, por favor denle las gracias de mi parte, ¿de acuerdo? —dijo, regalándoles la sonrisa más dulce, que hizo que los gemelos también sonrieran aliviados.

*

*

Esa mañana, en el rascacielos del distrito financiero, el ambiente de la planta ejecutiva se sentía de pronto distinto. Alejandro entró en las oficinas con paso firme, enfundado en un traje formal que le sentaba a la perfección. Por lo general, el presidente se mostraba frío, rígido y sin expresión, como un témpano capaz de encoger el ánimo de cualquier empleado. Pero esa mañana una sonrisa luminosa no se le borraba del apuesto rostro.

Iván, su fiel asistente personal, que lo seguía con una tableta digital en la mano, no podía sino negar con la cabeza sin creérselo. Contempló la espalda de su jefe con un brillo divertido en los ojos.

—La fuerza del amor sí que es poderosa —murmuró Iván muy bajito, para que no lo oyera, esbozando una sonrisa de alivio—. El señor Alejandro, que en estos doce años parecía un muerto en vida, ahora resucita. Y todo gracias a la profesora Aurora… Menos mal. ¡Mi trabajo de lidiar con este oso polar se me va a hacer mucho más liviano de ahora en adelante!

Mientras caminaba hacia el despacho principal, Iván empezó a leerle la agenda y las reuniones importantes que Alejandro debía atender ese día. Pero, a media explicación del itinerario, Alejandro se detuvo de golpe justo frente a la puerta de su oficina. Se dio la vuelta hacia su asistente.

—Iván, ¿te puedo preguntar algo? Es al margen del trabajo —dijo Alejandro, con la voz algo torpe y un punto nervioso.

Iván bajó de inmediato la tableta y se irguió.

—Adelante, señor. ¿Qué desea preguntarme? Intentaré responderle.

Alejandro carraspeó suavemente y se ajustó el nudo de la corbata para disimular su incomodidad.

—Si… si una persona que al principio se mostraba muy fría, arisca y siempre guardaba las distancias, de pronto hoy se comporta con amabilidad… hasta el punto de dedicarle una leve sonrisa a alguien a quien solía tratar con sequedad… Según tu análisis, ¿por qué suele ser eso?

Al oír aquella pregunta de consulta amorosa de su gran jefe, Iván contuvo la risa de golpe. Una sonrisa divertida se le dibujó con claridad en la cara.

—Vaya… según mi análisis, eso es señal de que el rencor y el rechazo que hasta ahora amurallaban el corazón de esa persona empiezan a desvanecerse, señor —respondió Iván con aplomo. Hizo una pausa a propósito y luego miró a Alejandro con picardía—. Esta pregunta… ¿tiene algo que ver con cómo va lo suyo con la profesora Aurora?

Alejandro tragó saliva.

De forma instintiva, se le escapó al oír lo certera que había sido la conjetura de Iván. El poderoso magnate se rascó de pronto la nuca, que no le picaba en absoluto. Su rostro, por lo general imponente, se transformó en el de un adolescente al que acaban de descubrir que le gusta alguien.

—Parece que… ya sabías la respuesta antes de que yo te lo contara, ¿eh? —murmuró Alejandro, resignado.

Iván rió por lo bajo, sintiéndose victorioso.

—Señor, llevo años a su lado y lo conozco bien. En todo este tiempo, la única mujer de la que usted me habla a menudo y cuyos pasos sigue conmigo es, sin duda, la profesora Aurora. Así que, viendo su sonrisa de esta mañana, me atrevo a apostar a que lo suyo con la profesora Aurora va cada vez mejor.

Al oír aquella franqueza de su asistente de confianza, la fachada reservada de Alejandro se vino abajo al instante. Volvió a sonreír de oreja a oreja, hasta enseñar la hilera de dientes. Alejandro incluso se ruborizó solo, frente a la puerta de su despacho, cuando en su cabeza se reprodujo de nuevo la imagen de la sonrisa leve y dulce que Aurora le había dedicado en el patio del colegio esa mañana. Sus pasos hacia el escritorio se sentían ahora livianísimos, cuajados de flores de esperanza para el futuro.

*Continuará…*

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